Servicio para su madre
Alejandro, entiendo perfectamente, pero yo no me apunté a ser la cocinera de tu madre le solté en voz baja, indignada, mientras metía una lata de guisantes en el carrito de la compra. Me dan ganas de dejarlo todo, subir al coche y volverme a casa. Nos prometieron una noche tranquila en familia, los tres juntos, y ahora estamos aquí cocinando para una tropa de familiares, mientras tu madre se está sentada. ¿De verdad esto es normal?
Alejandro bajó la cabeza, encogiéndose de hombros y fingiendo que le interesaba muchísimo la composición de los palitos de cangrejo. Parecía un perro que acaba de ser descubierto en plena falta.
Carmen, baja la voz, por favor, que la gente nos mira murmuró él, intentando tomarme del codo. Pero retiré el brazo bruscamente. Mi madre no calculó bien, nada más. Nos puede pasar a cualquiera. Compraremos todo y volveremos, acabamos los dichosos ensaladas y ya está. Hazlo por mí, por favor. Y por el día.
No calculó bien. Qué bonita manera de decirlo.
Crucé los dientes de rabia. Yo sí sabía que mi suegra, Encarnación, lo había calculado todo perfectamente.
Todo empezó hace una semana con una llamada. Encarnación llamó para felicitarnos el Año Nuevo y, de repente, se le ocurrió invitarnos a su casa.
Mis niños nos dijo con una voz tan dulce que podía subir el azúcar solo de escucharla, ¿por qué no venís a casa por Navidad? Os echo mucho de menos. Nos sentamos los tres como familia, recordamos viejos tiempos, charlamos Estoy muy sola aquí en estas cuatro paredes.
En ese momento, sentí un nudo en el estómago. Mi instinto me advertía. Esas “veladas tranquilas” siempre terminaban con el mismo interrogatorio: el tema de los nietos.
La primera vez que Encarnación sacó el tema, Alejandro ni siquiera era mi marido.
Carmen, ¿has pensado ya en tener hijos? me preguntó, aprovechando que estábamos a solas.
Me pilló desprevenida.
Bueno empecé con inseguridad, buscando una respuesta. Sí, quiero hijos, pero no ahora mismo. Alejandro y yo todavía solo salimos juntos.
Ay, Carmen, que el matrimonio no es impedimento para los niños rebatió. Pero la edad los relojes no paran, tú no rejuveneces. Y yo tampoco Así me moriré sin ver nietos.
Al principio me quedaba en silencio o me reía para quitarle importancia, luego empecé a contestarle de mala gana. Ya sin darme cuenta, empecé a evitar ir a ver a la suegra para no perder los nervios.
Así que apenas nos conocíamos y no hablábamos mucho. Y si por mí fuera, seguiríamos igual, pero Alejandro intervenía. Es demasiado buen hijo para negarle algo a su madre.
Carmen, vamos, solo una vez, por mí, los dos juntos me suplicaba él, mirándome a los ojos. Si es tan mayor, y está sola. Solo una vez, te lo pido por favor.
Alejandro, si quieres ir, adelante. Yo no celebro la Navidad, lo sabes.
Pero piensa en esto no como una Navidad, sino una cena familiar de cualquier día insistía él. Mi madre quiere mejorar la relación contigo. Somos familia
Me resistí mucho, pero al final cedí. Pensé que sería suficiente con una sonrisa y una merienda con tarta. ¡Qué equivocada estaba!
Las cosas se torcieron el día anterior. Encarnación exigía que llegásemos a las ocho de la mañana para aprovechar el día. Me negué rotundamente: quería dormir en mi único fin de semana libre. Al final, arranqué una hora extra y conseguimos llegar a las diez.
Y así, aún medio dormidos, cruzamos el umbral de su casa y nada. Ni olor a comida ni aceite chisporroteando. Encarnación nos recibió en bata y rulos.
¡Ya era hora! ¡Por fin llegáis! exclamó en lugar de darnos los buenos días. ¡Son las diez y media! Hay invitados por llegar y está todo sin hacer. ¡Tendréis que ayudarme!
Me quedé paralizada, sin tiempo ni de dejar el abrigo.
¿Pero qué invitados? pregunté con desconcierto.
Pues cómo que La Loli y Manolo venían de paso de Salamanca; no iba a dejarlos fuera. La tía Encarna del tercero también vendrá. Mi sobrina prometió pasarse… ¿Qué iba a hacer? ¡No se rechaza el convite! ¡Venga, basta de charla, todos a la cocina, que nos queda poco tiempo!
Entonces entendí el desastre: no nos invitaban como invitados, sino como mano de obra gratuita.
La celebración se transformó en un tormento. Encarnación pasó de ser anfitriona a general, blandiendo un paño y repartiendo órdenes. Ella no cocinó ni una patata. Es más, a la hora de cocinar, faltaban ingredientes. Al final, nos mandó a Alejandro y mí a hacer la compra.
Me planteé de verdad huir, pero aguantaría por mi marido.
Volvimos y cada uno a su sitio: yo a la tabla de cortar, él al barreño de patatas. En vez de un ambiente festivo tuvimos una lista de tareas. Trabajamos cinco horas sin parar.
Sobre las cuatro empezaron a llegar los invitados. Elegantes, perfumados, risueños. Alejandro y yo sudando, con las caras rojas y la ropa manchada. Nos sentamos a la mesa arrastrándonos, agotados. Ni ganas de celebrar, ni de vivir.
Encarnación, en cambio, había tenido tiempo de arreglarse y pintarse los labios. Sentada a la cabecera, recibía elogios.
Encarnación, eres increíble ¡Qué pedazo de anfitriona, cuántos platos ricos! decía una mujer desconocida para mí, sirviéndose ensaladilla rusa hecha por mí.
Se hace lo que se puede, todo por los invitados, por vosotros respondía mi suegra con humildad, sonriendo.
Y en medio del banquete, Encarnación volvió al tema de los niños, brindando con un discurso sobre los relojes biológicos. Si Alejandro no me hubiera apretado la pierna bajo la mesa, habría estampado el bol de vinagreta sobre la mesa.
Esta ha sido la última vez le dije a él, ya de camino a casa por la noche. No vuelvo a pisar la casa de tu madre. Si quieres ayudarla, hazlo tú solo. Yo estoy harta.
Alejandro ni discutió. Asintió en silencio.
Pasaron tres meses. A mí dejó de dolerme la espalda pero el malestar siguió. Cuando, a principios de marzo, Alejandro soltó que su madre nos invitaba, apreté la mandíbula.
Nos invita el ocho de marzo. Dice que esta vez sí será solo nosotros tres. Bueno, quizás la tía Luisa pase a saludar, pero solo un momento comentó Alejandro. Al ver mi cara, añadió. Pero no tienes por qué ir. Solo te aviso.
Alejandro se preparó para el drama. Pero yo miré por la ventana y
Está bien. Dile que iremos.
¿En serio, Carmen? Si dije
Sé lo que dije. Pero si me niego, empezará a llamar y a presionar Quiero acabar con esto. Hazme caso: si no quieres pasarte otra vez la tarde peleando con la cocina, déjalo en mis manos.
Él prefirió no preguntar nada más.
El ocho de marzo, a pesar de las expectativas de Encarnación, no empezó con prisas ni cocina. Nos quedamos en la cama viendo una serie tonta y comiendo helado. Nada de ropa ni maquillaje ni preparativos.
A mediodía, Encarnación empezó a llamar.
Hola, Encarnación. No te lo vas a creer acabamos de despertar le respondí, fingiendo pesar en mi voz. Anoche salimos y nos hemos dormido.
¿Cómo puede ser, Carmen? Os estoy esperando contestó con disgusto. El ganso se enfría.
Estamos en ello, en una horita máximo estamos allí le prometí y volví a la serie.
Alejandro me miraba, nervioso, pero no decía nada. Mejor la cama caliente que la cocina de la suegra.
A la una volvió a llamar. Aguanté unos segundos antes de responder.
Ya estamos casi saliendo, Encarnación. Vamos a pedir taxi y vamos volando canturreé, sin levantarme.
Otra hora más y la historia cambió.
Un coche ha chocado con un autobús, toda la calle cortada le conté bajando el volumen de la tele. Un atasco increíble. Pero seguro que se despeja pronto.
Casi a las cuatro, Encarnación ya perdió la paciencia.
¡¿Dónde estáis?! gritó, olvidando el tono dulce de por la mañana. ¿Pero cuánto se tarda?! ¡A pie hubierais llegado ya!
Y justo escuché risas y voces de fondo. Entrecerré los ojos.
Encarnación, ¿no está sola? le pregunté.
Sola, acompañada ¿qué más da? replicó irritada. Los familiares han venido a felicitarme. ¿No los iba a echar? ¿Vais a llegar o qué? ¡Estoy agotada de estar sola!
Quedó claro: Encarnación contaba con mano de obra gratuita otra vez. Pero esta vez le tocaba cocinar sola.
Pues no vamos contesté calmada.
¿Cómo?!
Me he mareado, creo, y vamos a casa.
Se hizo el silencio. Después, Encarnación explotó.
¡¿Con qué derecho?! ¡Malagradecida! ¡Para quién he cocinado toda la mañana?! ¡Para quién?! ¡Lo haces adrede! ¡Si me da algo ahora! ¡Alejandro! ¡Pásame con Alejandro!
Él escuchaba, pero ni movía un músculo. Yo, después de pensarlo, apagué el móvil.
Lo que yo sospechaba le dije. Había gente allí y nos esperaban para servir. Que tu madre se apañe sola con sus invitados.
Por la tarde fuimos a casa de mis padres.
La diferencia era palpable. Había movimiento también, pero otro ambiente. Nadie esperaba personal de servicio. Mi madre buscando espacio para una ensaladera gigante, mi padre cortando pan.
¡Eh, la juventud ha llegado! se alegró al vernos. Alejandro, trae sillas del dormitorio, que no hay sitio.
Alejandro fue a por ellas y yo ayude a mi madre a poner la mesa.
Aquí ayudábamos, sí, pero era diferente. Nadie obligaba, cada uno aportaba lo justo, como familia.
Ya sentados, viendo a mi madre sonreír y a Alejandro charlando animadamente con mi padre, sentí cómo la tensión desaparecía poco a poco. Por fin justicia. Quizá a costa de un escándalo, pero Encarnación no volverá a engañarnos. Los puentes entre ella y yo se han quemado, pero prefiero eso a ser criada en la casa de otro durante su fiestaA medida que la cena avanzaba, la conversación fluyó sin juicios, sin relojes ni reproches. Alejandro, relajado, reía con mis hermanos y mi madre me guiñaba un ojo al ver que terminaba mi copa de vino. Y entonces, en ese pequeño milagro cotidiano, entendí que la familia es la que se elige, y el verdadero hogar es donde uno puede dejarse ser, donde ayudar no cansa, donde el cariño no se cobra.
Al final de la noche, Alejandro me tomó la mano en el sofá, mientras la televisión murmuraba y mis padres discutían amistosamente sobre qué película ver. Me miró, sonriendo por primera vez en mucho tiempo, y susurró:
Carmen, gracias por traerme aquí.
Respondí con una sonrisa sincera. Ese día, sin grandes discursos ni escándalos, había aprendido a poner límites y a elegir la compañía. Y supe, por fin, que no tenía que ganarme el derecho a ser parte de una familia.
En ese momento, pensé: si algún día tenemos hijos, será en una mesa como esta, rodeados de gente que sabe celebrar y compartir. Y esa, sí, sería una tradición digna de repetir.
Así, entre risas y platos vacíos, se cerró el ciclo. Dejé atrás la cocina de Encarnación y abrí la puerta a mi propia paz.




