EL HOMBRE CON EL REMOLQUE
Aún lo tengo grabado en la memoria, aquella tarde de noviembre. La lluvia mezclada con nieve azotando los cristales, el viento aullando por la chimenea como un lobo hambriento, y mientras tanto, en el consultorio, la estufa crepitando y el calor envolviendo la salita. Yo ya estaba recogiendo, cuando de repente la puerta chirrió y apareció Gregorio Salcedo. Un hombre grande, ancho de hombros, pero su porte era como si el propio viento pudiera tumbarle. Llevaba en brazos un pequeño bulto, su hija, Lucía.
La dejó cuidadosamente sobre el diván y se apartó hacia la pared, rígido como una estatua de piedra. Al mirar a la niña, noté mi corazón dar un vuelco. Carita encendida, labios secos y agrietados, el cuerpecito temblando apenas, susurrando sin cesar: “Mamá mamita”. No llegaba ni a cinco años. Le tomé la fiebre: madre mía, ¡rozando los cuarenta grados!
Gregorio, ¿cómo has esperado tanto? ¿Desde cuándo está así? le pregunté seria, mientras mis manos iban rápidas rompiendo la ampolla y preparando la jeringuilla.
Él callaba. Miraba al suelo, los músculos tensos bajo la barba incipiente, las manos tan cerradas en puños que los nudillos parecían de mármol. Como si no estuviera allí conmigo, sino atrapado en una pena infinita. Entonces comprendí que no sólo debía curar a la niña; la herida más grave la llevaba el padre dentro. Un dolor viejo, hecho jirones.
Inyecté el medicamento, le di friegas. Poco a poco, Lucía se calmó, la respiración se le hizo más suave. Me quedé a su lado, acariciándole la frente ardiente. Susurré a Gregorio:
Quedaos aquí esta noche. Con este temporal no podéis salir. Usted acuéstese en el sofá, que yo vigilaré a la niña.
Asintió, pero se quedó en el rincón, de pie, sin moverse, como un centinela silencioso. Pasé la noche entre compresas y cucharadas de agua para Lucía. Y no dejaba de pensar
En el pueblo siempre se hablaba de Gregorio. Un año hacía que se le ahogó la mujer, Catalina. Era bella y alegre como una fuente. Desde entonces, Gregorio era pura sombra: trabajaba el triple, tenía la casa impecable y cuidaba de la niña, pero sus ojos estaban vacíos, muertos. No cruzaba palabra si podía evitarlo, apenas murmuraba el saludo.
Las malas lenguas decían que se pelearon aquel día en la orilla del río, que él, bebido, le había dicho algo cruel y que ella, por desesperación, se lanzó al agua, y ni la detuvo. Desde entonces, ni probó gota de vino. Pero el remordimiento, ese, dicen, es peor veneno que cualquier licor. Así miraba el pueblo a Gregorio y su hija: no como a un padre con niña, sino como a un hombre arrastrando un remolque y ese remolque no era Lucía, sino la desgracia que nunca le dejaba.
Por la mañana, Lucía parecía mejor, la fiebre había bajado. Abrió los ojos tan azules como los de su madre y me miró, luego al padre; los labios le temblaban. Gregorio se acercó y le rozó la mano torpe, como si se quemara. Le tenía miedo, ¿entendéis? Porque veía en la niña todo el reflejo de su Catalina, de su dolor.
Les mantuve conmigo otro día más. Hice un caldo de pollo, le di cucharadita a cucharadita a Lucía, que comía callada, dócil. Casi nunca hablaba desde la tragedia; respondía sólo con monosílabos: “sí”, “no”. Y el padre, aún menos. Le servía la sopa, le cortaba pan, todo en silencio. Le trenzaba el pelo con dedos grandes y toscos, en silencio. El aire de la casa chirriaba de tanta pena callada.
Así siguió la vida. Lucía se repuso, pero yo no los perdía de vista. A veces les llevaba empanadillas o un tarro de mermelada con cualquier excusa. Observaba cómo vivían, dos extraños bajo el mismo techo. Entre ellos había un muro de hielo imposible de romper.
Con la primavera llegó al pueblo una nueva maestra, doña Olalla. Venía de la ciudad; tranquila, elegante, con una tristeza en la mirada. A saber qué historia arrastraba tras dejar la ciudad por nuestra comarca. Se puso a enseñar a los pequeños, y Lucía entró en su clase.
A veces ocurre así: un rayo de sol atraviesa la penumbra. Olalla se fijó en Lucía, sintió el dolor silente de la niña. Y poco a poco empezó a derretir el hielo. Un día le llevó un libro ilustrado, otro día unos lápices de colores. A veces la retenía después de clase y le leía cuentos. Lucía comenzó a acudir a ella.
Un día fui al colegio a tomarle la tensión al director y me topé con Lucía y Olalla solas en clase. Olalla le leía mientras la niña, acurrucada a su lado, escuchaba con una paz en el rostro que no había visto en mucho tiempo.
Gregorio veía esto con recelo. Iba a recoger a Lucía y al verlas juntas se le ponía la cara como una piedra. Gruñía: “Vamos a casa” y la arrastraba de la mano. Ni un saludo para Olalla. En la bondad de la maestra sólo veía lástima, y esa humillación era para él peor que un golpe.
Una tarde coincidieron en la tienda. Olalla y Lucía salían comiéndose un helado cuando Gregorio apareció. Al verlas, frunció el ceño. Olalla sonrió:
Buenas tardes, don Gregorio. Estábamos mimando a su hija con un helado.
Él la miró de reojo, le arrebató a Lucía el helado y lo tiró a la papelera.
Basta ya. No se meta en lo que no le llama. Nosotros nos bastamos.
La niña rompió a llorar. Olalla se quedó paralizada, dolida. Gregorio dio media vuelta, arrastrando a Lucía sollozando. Se me partió el alma al verlo. Ay, Gregorio, qué necio eres; te destruyes y arrastras a la niña contigo.
Esa noche vino a buscarme, pidiendo una pastilla para el corazón. “Me aprieta”, dijo. Le serví un vaso de agua y me senté frente a él.
No es el corazón lo que te ahoga, Gregorio. Es tu pena. ¿Crees que por callar proteges a tu hija? La matas lentamente. Ella necesita cariño, palabras dulces, calor y tú la llevas como un trozo de hielo. La ternura no está en una sopa caliente, está en una mirada, un toque. Tienes que dejar marchar a Catalina, Gregorio. Los vivos tenemos que seguir viviendo.
Él bajó la cabeza y me escuchó en silencio. Levantó la mirada y la pena que vi en sus ojos me cortó la respiración.
No puedo, señora Manuela. No puedo
Y se fue. Me quedé mirando por la ventana largo rato. A veces, amigos, perdonar a los demás es más fácil que perdonarse a uno mismo.
Pero luego llegó el día en que todo cambió. Era finales de mayo, todo florecía, olía a tierra húmeda y azahar. Olalla se quedó con Lucía en el porche de la escuela, pintando. Lucía hizo un dibujo: una casa, un sol, una gran figura su padre y al lado, una mancha negra, redonda, pintada con rabia.
Olalla vio el dibujo y algo dentro de ella se rompió. Tomó a Lucía de la mano y fueron a casa de los Salcedo.
Justo pasaba yo por allí, y vi a Olalla dudando frente a la verja, sin atreverse a entrar. Dentro, Gregorio cortaba leña, furioso.
Finalmente, Olalla cruzó al patio. Gregorio apagó la sierra, se giró con el rostro oscuro.
Ya le pedí
Perdón, dijo Olalla en voz baja no vengo por usted. Sólo traigo a Lucía. Pero quiero que escuche algo.
Y comenzó a contarle. Habló suave, pero seguro que todos en la calle podían oírla. Le contó su historia: cómo tuvo un marido al que amaba con locura, que murió en un accidente. Cómo pasó un año sin salir, las cortinas cerradas, mirando el techo, deseando morir.
Yo también me culpaba, le tembló la voz pensaba “si no le hubiera dejado marchar ese día si le hubiera pedido quedarse”. Me hundía en mi propio dolor, Gregorio. Y casi me ahoga. Hasta que entendí que, aferrándome al dolor, traicionaba su memoria. Él amaba la vida, habría querido que viviera. Me obligué a levantarme y a respirar, por él, por su recuerdo. No se puede vivir con los muertos cuando hay vivos que te necesitan.
Gregorio la miraba atónito, la coraza empezó a resquebrajarse. De pronto se cubrió la cara con las manos y empezó a temblar. No lloraba, era todo su cuerpo sacudido de sollozos.
Yo fui el culpable musitó, ronco pero aquel día no discutimos estábamos riendo. Ella, como una chiquilla, se tiró al río. El agua estaba helada. Le grité y ella se reía. Luego resbaló con una piedra, se golpeó la cabeza Grité, me tiré tras ella pero ya era tarde. No pude salvarla.
En ese instante Lucía salió de la casa al porche. Seguramente, había escuchado todo. Miró a su padre no había miedo en su mirada, solo ternura y amor infinito. Se acercó y abrazó sus piernas con sus bracitos, y con claridad le dijo lo que no le había oído en todo un año:
Papá. No llores. Mamá está en una nube. Nos mira. No está enfadada.
Gregorio cayó de rodillas, abrazó a su hija y rompió a llorar como un niño, desconsolado. Lucía le acariciaba la mejilla áspera, el pelo, y le repetía: “No llores, papá, no llores”. Olalla lloraba también, pero esas eran lágrimas diferentes, las que limpian y sanan el alma.
El tiempo pasó, el verano dejó paso al otoño y después a una nueva primavera. Y en nuestro pueblo de Valdelarco nació una familia más. No de papel, de verdad.
Un día, sentado junto a la puerta de casa al sol, vi a los tres pasear por el camino. Gregorio, Olalla y Lucía caminaban despacio, de la mano. Lucía ya no era una sombra: reía, charlaba, y su risa repicaba como campanillas en la cuesta.
Gregorio ¡qué cambio! Caminaba erguido, con luz en los ojos. Miraba a Olalla y a su hija con una sonrisa sincera, de esas que sólo tienen los que han encontrado su tesoro.
Al llegar a mi altura, se pararon.
Buenas tardes, doña Manuela dijo Gregorio, y su voz tenía tanto calor que podría encender brasas.
Lucía corrió y me dio un ramillete de margaritas.
¡Para usted!
Tomé las flores, con lágrimas en los ojos. Y al mirarles, mi corazón saltó de gozo. Al fin, se había librado del peso que arrastraba. O quizá le ayudamos a soltarlo. Porque fue el amor, tanto infantil como de mujer, quien lo curó.
Siguieron camino hacia el río. Y pensé que, por fin, ese río para ellos sería sólo un río donde sentarse, contemplar el agua correr y dejar que se lleve las penas.
Y ustedes, queridos míos, ¿creen que uno puede salir solo del pozo del dolor, o siempre hace falta quien te tienda la mano?




