Durante diez años trabajé como cocinera en la casa de mi hijo y jamás recibí un agradecimiento
María Antonia se jubiló como maestra a los 55 años y, desde entonces, vivió diez años en casa de su hijo, en Madrid, junto a su familia. Hace poco nos hemos encontrado y me ha contado, con alegría, que ha “vuelto a jubilarse” por segunda vez.
Recuerdo muy bien cuando, tras dejar la escuela, se mudó al piso de su hijo, dejando el suyo cerrado, sin alquilarlo. Quizás por temor, yo qué sé.
La convivencia con su nuera, Elena, fue siempre buena. Nunca hubo discusiones ni peleas, y lograron organizar el día a día de manera sorprendentemente pacífica.
Personalmente, pienso que María Antonia hizo un verdadero sacrificio. Se instaló con ellos cuando su nieto, Pablo, cumplía apenas un año y terminó viviendo allí casi una década.
Elena empezó a trabajar, y sobre la abuela recayó todo el peso de las tareas del hogar. Y, claro, el cuidado del pequeño Pablo. De sol a sol, María Antonia era niñera, cocinera y limpiadora. Los jóvenes llegaban a casa pasadas las siete de la tarde, y solo entonces ella podía descansar un poco antes de volver a empezar al día siguiente.
Cuando el nieto empezó a ir al colegio, no fue fácil: ¡el trayecto en autobús! Siempre lo acompañaba y lo recogía, durante casi toda la primaria. Sin dejar de lado, por supuesto, las tareas domésticas.
Me confesó que, a veces, por la noche, ni siquiera conseguía ver la televisión del agotamiento; se quedaba dormida en el sofá.
Sin amigas, sin ocio. Cuando había algún día de fiesta, su hijo y Elena salían con amigos; y ¿Quién se quedaba con Pablo? Por supuesto, ella.
Hoy Pablo tiene casi diez años y, probablemente, María Antonia seguiría en esa rutina, pero una casualidad le dio su libertad.
Un día, escuchó de refilón a Elena decirle a su hijo: “Tu madre debe echar mucho detergente cuando lava la ropa, por eso huele tan fuerte. Díselo tú, pero con cuidado”. ¡Diez años lavando la ropa y ahora esto!
María Antonia tragó saliva y se esforzó en no darle importancia.
La segunda ocasión no tardó; Elena sugirió dejarle la habitación a Pablo ya que estaba más grande, y que ella se mudara al pasillo. Fue entonces cuando entendió que era momento de marcharse.
Tomó sus cosas y volvió a su piso. Lo limpió, lo aireó y ahí sigue. Lo curioso fue que su hijo y nuera se molestaron de verdad por su marcha; parecía que esperaban que siguiera allí, trabajando eternamente, hasta el final de sus días. Estaban demasiado acostumbrados.
Lo triste de todo esto es que, en realidad, nadie la valoró. Todo era como si fuese lo normal: limpiar, cocinar, lavar… Pensaban que nunca se cansaba, que no tenía vida propia.
Molestos, incluso dejaron de hablarle. Pero María Antonia es una optimista. Cree que algún día volverán a acercarse.
Y ahora, por fin, siente verdadera alegría. Vive para ella misma. Sin prisas, sin presiones. ¿Y qué necesita una para sentirse plena?
Así, a los sesenta y cinco, disfruta de una segunda juventud. ¿Recuerdan esa canción? La segunda juventud llega a quien cuida la primera.
Ha experimentado la magia de la libertad: el derecho de vivir para sí misma. El auténtico descanso de todas las obligaciones.
Puede sonar elegante, pero es realmente un acto de generosidad.
Me pregunto quién sabe valorar algo así. Ni siquiera nuestros propios hijos; enseguida se acostumbran a que alguien limpie, cocine, ponga la mesa y recoja los platos, coloque la ropa limpia en su sitio, cuide bien de sus hijos, les dé de comer y los acueste. Y haga con ellos los deberes. ¡A eso se acostumbra cualquiera en un abrir y cerrar de ojos!







