Mira, te voy a contar lo que le pasó el otro día a la tía Asunción en el pueblo, que esto parece de chiste pero es la vida misma. Resulta que a la tía Asunción se le murió el gato. Pero no un gato cualquiera, ¿eh? Era un gato con solera, de esos que llevan más vidas que los políticos. Tenía más peleas ganadas y más ratones cazados que años tenía el campanario. Pero claro, ya era viejillo, veinte años sin pasar por el veterinario y aguantando carros y carretas.
Total, que la tía Asun, como buena castellana, envolvió al bicho en una sábana blanca, pilló la azada y hala, se fue detrás del corral a enterrarlo. Su marido, Justo Fernández, anda por la bodega, enredado entre tinajas, arreglando una fuga de vino y echando pestes por lo bajini como hace siempre.
La cosa es que después de enterrar al minino, la tía Asun vuelve con la azada llena de barro colgando y justo se cruza con su vecina, la Remedios, que era de Madrid y aún no se enteraba mucho de cómo van las costumbres del pueblo.
¡Buena tarde, Asunción hija! saluda Remedios soltando un poco por cumplir. ¿Y tú qué andas haciendo con la azada?
Pues mira, le cuenta la tía Asun. Mi Pepe ha acabado su camino, pobre. Se lo ha llevado Dios. Le he llorado un poco y lo he enterrado detrás del corral.
Remedios se quedó flipando. ¡Si ayer mismo había visto a Justo en la tienda comprando azúcar, Ducados y media botella de tinto!
¡No puede ser! ¿Justo se te ha ido así, sin avisar? Si le vi ayer más fresco que una lechuga
Ya ves, dice la tía Asun. Ayer tan campante, se zampó toda la merluza que había y nos echamos hasta una partida de dominó antes de cenar.
Remedios empieza a abrir los ojos como platos.
Y hoy por la mañana, que si le duele aquí, que si está cansao Se tumbó en el banco, soltó un resoplido y se fue.
Remedios, casi sin darse cuenta, se persignó.
Qué cosas tiene la vida murmura. Ayer estaba y hoy ya no ¿Y la azada para qué era entonces?
¡Pues para enterrarlo detrás del corral, ya te lo he dicho! Lo envolví en una sábana limpita y le puse una rama de olivo, para no olvidarme dónde está.
Remedios, pobrecilla, no acababa de pillar las costumbres. Le parecía rarísimo que Asunción enterrara así a su Justo, con una rama y todo detrás del corral.
Pero hija, qué apañada eres Pero, ¿no se supone que hay que llamar al juzgado de paz o al menos al médico para que de fe del fallecimiento?
Ahora la tía Asun la miró como si estuviera loca.
¡Vaya cosas que se te ocurren! se echó a reír. Justo era un fenómeno, sí, pero ¿tú te crees que por cada Justo que se muere va a venir el alguacil? Si acaso, que venga el fiscal jefe en persona ¡Anda ya!
Remedios se calla, y la tía Asun cambia la azada de hombro.
Igual en Madrid hacéis esas cosas, vosotras que sois muy finas y lo arregláis todo con abogados y jueces. Aquí en el pueblo es sencillo: se muere Maximino y hale, a cavar detrás del corral, que sitio hay de sobra.
Ay madre musitó Remedios. Creo que aún me quedan muchas cosas por aprender de aquí. Pero, ¿por qué detrás del corral y no en el cementerio con los demás cristianos?
A la tía Asun ya le empezaba a hervir la sangre.
¡¿Y dónde quieres que lleve yo el cuerpo?! ¿Al camposanto con los buenos cristianos? Ni lo sueñes, bastante honor es. Aquí de siempre se han enterrado detrás del corral, faltaría más.
La Remedios va y se sienta en un tronco, descuadrada y mirando a la azada como si la fuera a morder. Se le iban las fuerzas por los pies.
Pero bueno, mujer, ¿es que acumulas allí a todos? ¿Cuántos has enterrado detrás del corral ya?
Pues unos cuantos, si te digo la verdad. Antes de Justo tuve a Manolo, que era un bendito pero menudo bribón en el fondo. Se metía en mi cama por las noches y por la mañana la sábana empapada, fíjate. Y antes estuvo Severino, él sí era cariñoso, pero también le llegó la hora. Vamos, que los he ido cambiando según la vida.
Pega un azadonazo al suelo, marcando bien el punto.
Ahora los tengo a todos en fila detrás del corral: Justo, Manolo, Severino Menudos galanes he tenido. Pero tranquila, que la Toñi me ha prometido traerme uno jovencito cualquier día. ¡Si será por fauna!
Y justo cuando Remedios ya no sabía ni qué pensar, aparece Justo el marido lleno de barro, con los pelos de punta y más mosqueado que una monja en fiesta.
¡Pero qué ganas tienes de matarme, bruja! le suelta. Me has dejado medio enterrado, gritando ahí abajo sin que nadie me oiga. Me ha costado Dios y ayuda salir y tú aquí de charleta.
Le quita la azada de mala leche y remata:
Dame eso, que tengo que rescatar mis botas y la bota de vino que me has dejado ahí abajo.
Y claro, en ese momento Remedios, la pobre, se quedó blanca y cayó redonda sobre el tronco. Menos mal que la bota de vino vino de perlas para espabilarla.





