—¿Acaso estoy sola? —respondía ella—. ¡No, hombre, tengo una familia enorme! Recuerdos con alma: la …

Pero, ¿cómo voy a estar sola? respondía ella con una sonrisa, ¡Qué va! ¡Si tengo una familia enorme!

Regalos con historia

Clara llevaba ya varios años viviendo sola en una casita pequeña a las afueras de un pueblito castellano. Pero cada vez que escuchaba algún comentario de ese tipo, le entraba la risa.

Pero, por favor, ¿cómo voy a decir que estoy sola? ¡Claro que no! ¡Con la familia tan grande que tengo!

Las vecinas del pueblo sonreían y asentían cortésmente, aunque luego se miraban entre ellas como diciendo está un poco chiflada, ¿familia dice? Si ni marido, ni hijos, solita como un hongo.

Pues era a esos hongos a los que Clara llamaba familia. Y la verdad, le daba absolutamente igual lo que pensaran en el pueblo. Para muchos, tener animales solo se justificaba si era para sacarles partido: vacas, gallinas, un perro para vigilar la casa y un gato cazando ratones. Nada más.

Pero Clara tenía cinco gatos y cuatro perros. Y todos ellos ¡sorpresa! vivían dentro de la casa, no en el corral, como decían las vecinas.

A veces murmuraban a sus espaldas que era inútil tratar de razonar con la rara del pueblo: ella se reía ante cualquier comentario.

¡Qué va, qué va! Bastante calle han visto ya, en casa estamos todos mucho mejor.

Hace cinco años, Clara perdió a su marido y a su hijo el mismo día: volvían de pescar cuando un camión se cruzó en su camino en la carretera.

La tristeza le pudo, y un día decidió que no podía seguir viviendo en ese piso en la ciudad, donde todo le recordaba a los que había perdido. No podía ni pasear por las mismas calles, ni ir a los mismos comercios. Menos aún soportar las miradas compasivas de los vecinos.

Medio año después, vendió el piso y, junto a su gata, Dulce, se mudó a un pueblito de la provincia de Valladolid, comprando una casita en las afueras. En verano se dedicaba a la huerta, y cuando llegó el invierno, se puso a trabajar en el comedor escolar del pueblo vecino.

Sus animales los fue recogiendo de aquí y de allá. Alguno lo rescató en la estación del tren, y otros aparecieron por la puerta del comedor buscando un poco de comida.

Y así, su familia fue creciendo con almas afines, solitarias y rotas, hasta que el cariño de Clara les curaba las heridas, y ellos le correspondían igual.

El amor y el calor nunca faltaban, aunque a veces la comida llegaba justita. Clara sabía que no podía seguir acogiendo animales, y mil veces se prometió que ese sería el último.

En marzo, después de unos días de calorcito y sol, el invierno regresó de golpe con un temporal de nieve de los de Castilla: la ventisca barría las calles y el frío se metía en los huesos.

Clara corría a coger el último autobús de las siete a su pueblo. Del brazo llevaba bolsas con la compra para ella y su tropa peluda. Imaginaba a sus animales esperándola en casa, y eso le quitaba todo el frío.

Pero, ya sabes lo que dicen, lo esencial es invisible a los ojos, y su corazón le forzó a parar justo a unos metros de la parada.

Allí, bajo un banco, había una perra tirada. Miraba a Clara con unos ojos apagados. Llevaba tanto tiempo allí que la nieve ya casi la cubría.

La gente pasaba por al lado, con prisas y encogidos bajo los abrigos. Clara no pudo más: se olvidó del autobús y de cualquier promesa. Soltó las bolsas y se agachó junto a la perra.

¡Ay, por suerte sigues viva! susurró Clara . Ven, bonita, venga, ven conmigo

La perra no se movía, pero tampoco se resistió cuando Clara la sacó de debajo del banco. Se quedó allí, a merced del frío del mundo.

Después, Clara ni recordaba cómo consiguió cargar con la perra y las bolsas hasta la estación.

Se sentó con ella en un rincón de la sala de espera, y la frotó fuerte, dándole calor y masajeando las patitas heladas entre sus manos.

Venga, guapa, reacciona, que nos queda camino Vas a ser nuestra quinta perra, para que haya número redondo le decía, sonriendo.

Sacó del bolso una croqueta, y se la ofreció. Al principio, la perra ni se inmutó, pero cuando entró en calor y aceptó, los ojos le cambiaron por completo.

Al cabo de una hora, allí estaban las dos pidiendo autostop en la carretera. El autobús ya se había marchado hacía rato. Clara improvisó un collar con su cinturón, aunque la perra, a la que ya había puesto el nombre de Linda, no hacía falta ni llevarla atada: iba pegadita a sus piernas.

A los diez minutos, un coche paró milagrosamente y les dió un aventón.

¡Ay muchísimas gracias! No se preocupe, llevo la perra en mi regazo y no ensuciará nada decía Clara con nervios.

Ni se moleste. Que viaje en el asiento, pobrecilla, que no es pequeña le contestó el conductor.

Pero Linda se hizo un ovillo sobre las piernas de Clara, temblando, y se acomodó como pudo.

Así estamos más calentitas sonrió ella.

El hombre asintió, lanzando una mirada a la correa improvisada, y puso la calefacción al máximo. El viaje transcurrió en silencio mientras Clara abrazaba a Linda y se perdía mirando llover copos sobre el parabrisas iluminados por los faros.

El conductor no pudo evitar observar el perfil tranquilo y dulce de Clara, con la perra rescatada entre los brazos. Entendió al instante que la acababa de salvar de la calle.

La llevó a casa, salió a ayudar con las bolsas y tuvieron que empujar juntos para abrir la verja, que con la nevada se vino abajo.

No se preocupe, suspiró Clara , hace mil años que necesito arreglarla.

Desde casa se oía una orquesta de ladridos y maullidos. Clara abrió la puerta y toda su tribu salió corriendo a recibirla.

¿Veis? ¡Ya estoy aquí!, ¿creíais que os iba a dejar? Mirad, os presento a la nueva.

Linda asomó tímida detrás de las piernas de Clara, mientras los demás olisqueaban curiosos las bolsas que aún llevaba el hombre.

Pero bueno, pasad, no os cortéis. Si no os asusta la familia numerosa, os invito a un té, ¿os apetece?

El conductor entró a dejar las bolsas pero no se quedó mucho:

Es tardísimo, mejor me marcho Alimenta a tu familia, que te estaban esperando.

Al día siguiente, casi a la hora de comer, Clara oyó golpes en el patio. Al salir, allí estaba el conductor de la noche anterior, que traía las herramientas y unos tirafondos nuevos para arreglar la verja rota.

Nada más verla, se presentó con una sonrisa:

¡Buenos días! Soy Javier, por cierto. Ayer se me dio por romperte la verja, así que he venido a arreglarla. ¿Tú eres Clara, no?

Sí, lo soy respondió ella, sorprendida.

La tropa de cuatro patas revoloteaba alrededor, olisqueando y recibiendo caricias.

Clara, no te quedes al fresco. Métete en casa que enseguida acabo. Y esta vez no me escapo del té. Por cierto, llevo tarta en el coche y unos regalitos para esa familia tan bonita que tienes.

Por si acaso quieres seguir escuchando historias chulas, no dejes de pasarte por aquí y deja un comentario. O manda un me gusta, que no puedo pedir más.

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