Conocí a Jaime en el instituto. Teníamos los dos 15 años y, al poco de empezar, ya éramos novios. En penúltimo curso llegó una chica nueva, Lucía. Al terminar aquel año, él, haciendo gala de su habitual despiste, se dejó el móvil olvidado y allí, por accidente, acabé leyendo mensajes suyos con ella. De pronto, todo empezaba a encajar: siempre que a Lucía le pasaba algo, corría a llorar en sus brazos y yo, ilusa, pensaba que solo eran amigos.
Era tan joven y tenía tanto miedo a perder al único chico que pensaba que me quería, que me callé tantas cosas… Así pasaron los meses, y justo cuando me decidía a dejarlo, ¡zas! Descubro que estoy embarazada. Llanto, drama, Shakespeare y todas sus tragedias juntas. Veía venir el tsunami: mis estudios en pausa, mis padres a punto de mandarme de peregrinación a Santiago y yo más perdida que nunca.
Terminamos el instituto y nació nuestra hija, Paula. Jaime empezó la universidad y venía a casa de uvas a peras; yo allí, sola y espatarrá, atrapada en el papel de madre y poco más. Ingenuamente creí que al graduarnos se acabaría el asunto Lucía, pero qué va, que la chica es como el gazpacho en verano: siempre vuelve. Diez años después, seguía dándonos la lata. Ella le buscaba y, lo más irritante, él respondía siempre con una amabilidad que ni un camarero en la Plaza Mayor. Cuando había bodas, bautizos o comuniones, mil excusas: que si no hay con quién dejar a la niña, que si mejor tú en casa… Pura farsa, solo quería ir a su aire y verse con ella.
Sé que nunca hubo infidelidad física no por falta de ganas, sino porque a Lucía le gustaba el arte de la seducción y, justo cuando Jaime caía rendido, ella lo plantaba sin miramientos. Yo, harta de encontrar mensajes, discutir, escuchar promesas que se las llevaba el viento, en 2021 dije basta: Hasta aquí hemos llegado. Me puse en manos de una psicóloga, trabajaba online y, por fin, pasaba más tiempo con Paula.
Cuando cortamos, creí que era el final del culebrón. Le dije a Jaime que yo ya había cerrado esa puerta (y tirado la llave al Manzanares). Pero él, cabezota, volvió al ataque. Tras medio año de cortejo digno del Romancero, le di otra oportunidad y, para medir si se lo tomaba en serio, le propuse irnos a vivir juntos. Ahorramos nuestros eurillos y nos preparamos el piso.
Al principio fui feliz. Los tres juntos, como una familia normalita y hasta con nuestra vajilla de IKEA. Pero en febrero de 2025, una noche, me metí en la cama con la mosca detrás de la oreja. No sabía exactamente por qué, pero era como una alarma interna. Así que, ni corta ni perezosa, cogí su móvil.
Eso sí que fue tragedia. Entré de rebote a un chat apenas visible y sin buscarlo adrede me saltó la conversación: llevaban meses escribiéndose y, para rematar, Jaime le insistía en quedar. Luego descubrí otra joya: dos meses antes de compartir piso, en una reunión con antiguos alumnos, bailaron juntos toda la noche y, al dejarla en su portal, él le pidió un beso; Lucía, fiel a su guion, le dijo nones. Lo peor fue un correo que le mandó en diciembre de 2024, una oda romántica que ni Garcilaso: le confesaba que el instituto fue bonito por ella, que de tres mil noches, más de dos mil pensó en ella, que habría querido vivir como pareja, dejar la ropa abandonada y hacer el amor de verdad. Admitía que nada de eso había pasado porque él decidió ser padre y quedarse conmigo, la madre de Paula.
Me quedé como una estatua de sal. No podía dejar de temblar, tenía frío y sentí que era el plan B de su vida. Al lado del correo, vi 15 minutos de audios que ni me atreví a escuchar. El tembleque me despertó del shock y, siendo fiel a mi drama interior, le eché de casa a medianoche.
Los días siguientes hice vida normal: a currar, cuidar a Paula que ya tiene 9 años y a fingir que en mi mundo no pasaba nada, mientras él iba por casa como un autómata. Se disculpó mil veces, empezó terapia y yo, por arte de las segundas oportunidades (o cabezonería ibérica), le perdoné y decidimos remar juntos. Aclaramos temas pendientes y, aunque algo mejoró, aquello me dejó hecha polvo. La autoestima se me cayó al suelo y aún hoy me cuesta reconocerme en el espejo.
Salimos más que antes, cenamos de tapas, paseos por el retiro, risillas y esas cosas, pero siento que algo en mí ya no funciona bien. No sé si es protección o puro miedo, pero el fuego interior ya no chisporrotea igual y creo que a Jaime ni le preocupa. Vivimos juntos, discutimos poco y, si pasa, lo solucionamos rápido (ambos con iniciativa, como buenos castizos). Pero nada revive ese sentimiento perdido.
Hoy, somos una pareja estable y cariñosa; él trabaja muchísimo, tiene metas y cuida de nuestra hija como si fuera la infanta de España. Juega, escucha, nos invita al parque, cenamos juntos, compartimos gastos y algún capricho extra. Pero yo, sinceramente, sigo sintiéndome vacía. Once años viviendo con el corazón encendido y, desde hace uno, con la llama titilando. No sé dónde me he quedado, pero ahora mismo, me siento más perdida que nunca.





