Gente distinta
Mira, te voy a contar la historia de Lucía, que nunca fue una niña sencilla. Tanto su padre, Esteban, como su madre, Carmen, sabían que ellos tenían la culpa de que fuese tan exigente, tan mimada Pero ¿cómo no la iban a consentir? Tan bonita, tan delicada, y además les costó muchísimo tenerla. Carmen no conseguía quedarse embarazada, y mira que probaron de todo. Visitaron a todos los médicos de Valladolid, incluso fueron a Madrid. Pero todos, sin excepción, decían que todo estaba bien.
¿Pero cómo iba a estar todo bien si no venía el bebé? Una vez, un médico ya mayor les recomendó probar remedios tradicionales. Y eso hicieron. Fueron a buscar a una curandera que vivía en un pueblecito de la provincia y que le dio a Carmen un brebaje apestoso para tomar cada día. Carmen lo bebía poniendo mala cara, pero obedecía Y fíjate, se quedó embarazada. Aquel fue el día más feliz de sus vidas. Esteban saltaba de alegría y hasta los vecinos lo oían gritar de pura felicidad.
El embarazo fue tan difícil que Esteban pensó más de una vez que Carmen no lo lograría. Siempre estaba mareada, le daban náuseas incluso con los olores; las manos y los pies se le hinchaban como si llevara botas de madera. Apenas salía a la calle y dormía fatal. Cuando por fin empezaron las contracciones, Esteban creyó que ya se solucionaría todo, pero los problemas solo acababan de empezar. Estuvieron más de diez horas en el hospital y al final tuvieron que hacerle una cesárea. Lucía nació débil y Carmen perdió mucha sangre; pasó dos días entre la vida y la muerte. Pero salieron adelante. Cuando, después de un mes ingresadas las dos en el hospital infantil, Carmen y Lucía volvieron a casa, Esteban estaba que no cabía en sí de felicidad y no las soltaba en brazos.
Pensó que por fin iban a tener una vida tranquila, la familia de verdad que él siempre había soñado.
Cuando Lucía cumplió cinco años, Esteban un día llegó a casa, se sentó delante de Carmen y le dijo:
Hay que construir una casa. ¿Cómo vamos a estar los tres en este piso pequeño? Ahora Lucía es una cría, pero pronto querrá su espacio. Y una niña tiene que tener su propio cuarto.
Carmen de primeras se quedó muda. ¿Y de dónde iban a sacar el dinero?
No te preocupes, tiene solución. dijo Esteban. Si no lo hacemos todo de golpe, podemos ir levantándola poco a poco. Sin prisas, que todo irá saliendo.
Carmen vio que tenía razón. Tener una casa grande era el sueño de cualquier familia. Pero el destino tenía otros planes. Seis meses después, Lucía enfermó gravemente. Empezó siendo un catarro cualquiera, luego se le pasó a los oídos, luego a otras cosas Carmen y Lucía vivieron en hospitales; las trasladaron de Salamanca a Madrid, luego a Sevilla. Acabaron metidos en un buen lío de deudas, pero, tras tres años de médicos y tratamientos, Lucía volvió a andar. Esteban guardó su sueño de la casa en un rincón, total, con lo que debían, mejor pensar en pagar primero las deudas.
Carmen empezó a trabajar en una fábrica; pagaban más y, si los dos echaban horas, igual algún día Esteban podía hacer realidad su sueño. Cuando Lucía tenía ya catorce años, por fin pudieron saldar hasta el último euro que debían. Pero la niña crecía, y cada año necesitaba cosas nuevas: ahora quería el vestido de moda, ahora un abrigo como el de su amiga Andrea. Además, el fin de curso estaba a la vuelta de la esquina y había que ahorrar para la fiesta de graduación. Pensaban que, en cuanto Lucía terminara el bachillerato e hiciera la maleta para irse a la universidad, podrían empezar con la casa pero la vida volvió a sorprenderles.
Lucía fue a la universidad, sí, fuera de la provincia, y Esteban, poco a poco, logró levantar las paredes de la casa durante dos años. No era gran cosa, aún con tablas en vez de ventanas, pero ya era un hogar. Dos años después
Fue un domingo por la tarde. Carmen y Esteban acababan de volver de la obra, exhaustos pero contentos porque habían instalado las primeras ventanas. De repente suena el timbre. Carmen abre y se encuentra a Lucía en la puerta, embarazadísima, y detrás, un chico delgado, con el pelo larguísimo, que se movía nervioso.
¿Lucía, pero qué?
Ay, mamá, no seas dramática. Estoy embarazada, sí, y este es Dani, mi novio. Vamos a vivir juntos y nos casamos.
El tal Dani asentía sin parar, mascando chicle, como si eso le quitara importancia.
Carmen notó que Esteban se acercaba por detrás. Pasaron todos al salón y fue Esteban el que empezó a hablar:
¿Por qué no nos habías dicho nada?
¿Para aguantar vuestros sermones?
¿Y la universidad?
Me da igual, papá. Si a Dani le va de maravilla sin estudiar nada Se salió el primer año y mira, vive tan ricamente.
Esteban miró al chico, que volvió a asentir. Se atrevió a preguntar:
¿Y en qué trabaja Dani, por cierto?
Papá, déjalo, aún está buscando su vocación.
La conversación se fue tensando hasta que Esteban finalmente no pudo más:
¿Y de qué vais a vivir, si ninguno de los dos trabaja y viene un niño en camino?
Lucía puso cara de qué pregunta más estúpida:
Bueno, para algo tengo padres, ¿no?
Esa noche, Esteban le propuso a Carmen mudarse a la casa. Arreglarían una habitación y se quedarían allí mientras los jóvenes se quedaban el piso céntrico como regalo de bodas. Carmen dudó menos de un segundo. Los chavales, encantados. Así que cogieron un par de muebles y les dejaron el resto.
La casa no tenía ni calefacción ni agua corriente. Pero Carmen, tozuda, volvía de la fábrica, hacía la comida, fregaba en tinajas, cargaba agua de la fuente y ayudaba a Esteban con la obra. Lucía, cada vez que venía, era para pedir algo de dinero.
Hasta que un día, durante una visita, Esteban estalló:
¿Y Dani, sigue sin trabajar?
Papá, no hay trabajo digno en ningún lado. No tiene por qué matarse en una obra por cuatro duros, ¿no?
Pero hija, tendrá que espabilar, trabajamos para vosotros hasta que podamos, pero no somos eternos.
Cuando terminaron la charla, Carmen le dio a escondidas unos billetes a su hija, que no le dejó ni rechistar. Y claro, Lucía lo notó, pero muchas veces es mejor callar que discutir.
A la semana, Dani encontró trabajo, aunque de ayudante en una oficina, mal pagado, pero algo era. Esteban y Carmen suspiraron aliviados, no por el sueldo, sino porque al menos el chico empezaba a entender lo que es trabajar.
A menudo un niño del barrio, Iván, de unos once años, se quedaba mirando cómo trabajaban Esteban y Carmen. Vivía con su abuela, Pilar, en una casita tapada por manzanos. Una tarde, ya cansados, Esteban lo invitó a merendar. Carmen preparó té y unas galletas.
¿Te llamas?
Iván.
Charlaron un rato y resultó que el pobre chico era huérfano, vivía solo con su abuela porque sus padres murieron siendo él pequeño. Esteban le preguntó si quería ayudarle con la obra, y él aceptó encantado.
Al día siguiente, Iván ya estaba esperando a Esteban con ilusión para echar una mano. Aprendía rápido y Esteban bromeaba con Carmen:
Nada, mujer, tú vete, que ya tengo ayudante de verdad, no como tú que no distingues un ladrillo de una piedra.
Carmen, con el ceño fruncido, se fue a charlar con Pilar, la abuela. Le preguntó si le parecía bien que Iván ayudara en la obra, y Pilar, encantada:
Niña, mientras aprenda algo y esté ocupado, bendito sea. Mejor a tu lado que correteando por ahí.
Poco después, Lucía dio a luz. Esteban y Carmen corrieron al hospital, compraron regalos, ropita, hasta Dani apareció con flores. Celebraron en la casa con vecinos y, para sorpresa de todos, Dani empezó a espabilar un poco.
Carmen solía ir a ayudar a su hija, pero una vez escuchó a Dani decirle a Lucía:
¿Por qué viene tu madre tanto? ¿No sabes cuidar tú sola de la niña? Tenemos nuestra familia, ya no somos niños para que nos vayan diciendo cómo vivir.
Carmen se lo contó a Esteban, y él fue claro: déjalo, ya nos llamarán cuando quieran algo.
Iván se volvió como de la familia; no había tarea que no ayudara, y hasta Carmen se sorprendía de lo atento que era el muchacho. Cuando llegó la hora, entre Esteban y Carmen decidieron ayudarle a estudiar lo que él quisiera, aunque Iván, que ya trabajaba por las tardes, apenas aceptaba nada y hasta llevaba detalles a sus segundos padres cada vez que iba.
Pero un día Carmen cayó enferma. Empezó a adelgazar e ir perdiendo fuerzas. Esteban se desesperó; con apenas sesenta años, le llegó la peor noticia de su vida: cáncer. El médico fue tajante, quedaba medio año, como mucho.
Esteban llamó a su hija:
Lucía, tu madre está muy grave. Si quieres venir a verla
Pues no sé si podré, papá, tengo mucho lío en casa Mañana me paso si eso.
Lucía la visitó en el hospital una sola vez. Y cuando Carmen volvió a casa, ya no podía ni moverse. Esteban, como pudo, la cuidó todo el tiempo. Cuando necesitó ayuda de verdad, llamó de nuevo a su hija:
Lucía, ven, necesito ayuda para bañar a tu madre.
¿Otra vez, papá? ¿No puedes solo? respondió, resoplando. Mira, haré lo que pueda, pero no prometo nada.
Esteban lo comprendió, ya ni se enfadó. Lo que criáis, eso recogéis. Así es la vida.
A los pocos meses, Carmen falleció. Iván lloró en su habitación, Esteban también. Iván ya tenía que buscarse la vida, pero no iba a dejar que un chaval tan bueno acabara en un centro de menores. Consiguió convencer a los servicios sociales para que le dejaran quedarse como tutor del chico. Y así fue. Iván era ya más hijo que Lucía, y siempre estaba pendiente de ayudar, de llevarle la compra a Carmen o acompañar a Esteban.
Los años pasaron rápido. Esteban se jubiló, e Iván entró en la universidad, trabajando además cuando podía para no ser carga. Todos los fines de semana iba a ver a Esteban, que no podía estar más orgulloso. Lucía apenas aparecía, y casi siempre era para pedir dinero.
Al final, Esteban también enfermó. Se notaba flojo, el corazón no le respondía, se ahogaba. Tomaba pastillas porque la vecina se las recomendaba, hasta que Iván le obligó a ir al médico y estuvo ingresado unos días. Iván y su novia, Clara, iban a verle siempre. Clara, que era enfermera, le preparaba la comida y le cuidaba con cariño.
Un día, cansado de todo, Esteban le pidió a Iván que buscara a un notario que pudiera ir a casa. Iván se asustó un poco, pero obedeció, y Esteban arregló todos sus papeles.
Al terminar, escribió una carta:
Iván, si estás leyendo esto, ya no estoy aquí. A Clara y a ti os quiero con locura. Este es tu hogar, y aquí tienes un sitio para formar tu familia. No acepto un no por respuesta. Este ha sido tuyo casi tanto como mío.
Puso la carta y una foto de Carmen y él en un sobre.
El día que Iván y Clara fueron a casa, Esteban yacía en el sofá con la foto en las manos y una expresión tranquila. Iván lloró como nunca, y Clara lo acompañó en silencio.
Luego llegó Lucía, acompañada de Dani, que no hacía más que pasear por la casa con un metro en la mano. Iván le entregó la carta a Clara, y ella la leyó con atención. Se la enseñaron a Lucía:
Tu padre te ha dejado la casa a ti, ¿no? preguntó Lucía.
No, es para mí dijo Iván.
Lucía, roja de ira, gritó:
¡Viejo loco! ¡Ya podía haberse muerto antes, así lo arreglábamos de otra manera! ¡Menudo lío nos ha dejado!
Y salió corriendo de la casa, destilando rabia, mientras Iván solo podía apretar el sobre y pensar en lo distintos que pueden llegar a ser algunos hijosIván no respondió. Tan solo miró a Lucía, luego a la casa, a las paredes levantadas a pulso, y a la foto de Esteban y Carmen sobre la mesa. Sentía tristeza, sí, pero también una gratitud imposible de explicar con palabras.
Clara le apretó la mano. “Tranquilo”, susurró. La tormenta de Lucía pasó, saliendo de la casa con portazos, mientras Dani la seguía en silencio.
Esa noche, Iván encendió la chimenea y sacó dos tazas de té. Invitó a Pilar, la abuela, que llegó riendo, diciendo que Esteban seguro les retaba por dejar la leña fuera del cobertizo. La casa olía a pan tostado, a madera y a recuerdos.
Cuando el sol asomó al día siguiente, Iván se sentó en el porche. Miró el pequeño huerto, el sendero de piedra que él mismo ayudó a poner, y las flores silvestres creciendo entre las grietas. Clara se le acercó, con la carta en las manos. Se sentaron juntos, en silencio.
“No hace falta más familia que quien se queda”, pensó Iván.
Al poco, Pilar y algunos vecinos llamaron para ayudar con los preparativos de la comida. Los niños correteaban por el jardín. Iván, por primera vez en su vida, sintió que todo estaba en su sitio. Cada ladrillo, cada recuerdo, cada persona.
Y así, en aquella casa construida con esperanza, sacrificio y segundas oportunidades, la vida siguió. Nadie preguntó más por Lucía ni por Dani. Pero cada noche, al encender la luz del salón, Esteban y Carmen parecían volver a sentarse allí, orgullosos, viendo cómo el verdadero hogar no es de quien lo hereda, sino de quien lo cuida.
De fondo, la risa de Clara, el cariño de Pilar, y la promesa silenciosa de que, pase lo que pase, siempre habrá en el mundo un rincón para la gente distinta.





