Mi amigo, con 42 años, encontró esposa hace poco. Me comenta orgulloso que es una excelente ama de casa, limpia muy bien y cocina de maravilla, y lo demás no le preocupa para nada.
Conozco a Tomás desde que éramos niños. Crecimos jugando juntos en el mismo barrio de Salamanca y, naturalmente, forjamos una amistad de las de toda la vida. Cuando llegamos a la adolescencia, simplemente salíamos en grupo a pasear por el centro. Caminábamos por la Gran Vía o nos sentábamos en algún banco, charlando de cualquier cosa. Las relaciones con chicas no eran nada serio para nosotros entonces, era más cuestión de impresionar a los amigos: nadie quería quedar en ridículo delante de los demás.
Después, a mí me tocó hacer el servicio militar, mientras Tomás logró escaquearse de alguna manera. Al regresar, conseguí un trabajo y pronto me casé. Viví con mi esposa durante diez años, tuvimos dos hijos, pero llegó el día en que los dos nos dimos cuenta de que éramos completos desconocidos. Las discusiones se volvieron el pan de cada día hasta que entendimos que no tenía sentido seguir juntos. Al poco tiempo, nos divorciamos.
Dos años después, ya rehecho y libre, coincidí accidentalmente con Tomás. Habían pasado doce años desde la última vez que le vi y el cambio fue notable: había ganado bastante peso.
Nos sentamos en una cafetería de la plaza Mayor y nos pusimos al día. Me contó que él también estaba divorciado y andaba detrás de otra mujer. Pasó un año y, por fin, me enamoré de una mujer increíble; al cabo nos casamos.
De nuevo, me crucé con Tomás por casualidad y también él había encontrado una compañera. Pero la suya no me convencía nada: era una mujer muy, muy corpulenta.
¿Qué te gustó de ella? le pregunté directamente.
Tomás me explicó que era una gran ama de casa y una cocinera de primera.
Además, me da tranquilidad. Puedo tomarme una caña viendo el fútbol o salir al bar con los amigos cuando me apetece. No me pone pegas nunca. Para mí, es la mujer perfecta. No me prohíbe nada, siempre hay paz en casa.
Aquello me chocó mucho. Yo, personalmente, veo la pareja de otra manera. Por supuesto, es importante que en casa haya buena comida y limpieza, no lo niego. Pero para mí lo esencial es quererse de verdad.
Hay quien prioriza el orden y la buena mesa, pero yo necesito que mi pareja y yo hablemos el mismo idioma del corazón, sentirnos uno. Nos tenemos que respetar, entender, y compartir intereses. Mi esposa y yo solemos cocinar y limpiar juntos, ese rato compartido nos une mucho más.
Al fin y al cabo, cuando dos personas pedalean en la misma dirección, en una bicicleta, llegan mucho más lejos que cada uno por su lado.
¿No crees tú también? Esta experiencia me ha enseñado, sobre todo, que cada uno busca en la pareja lo que más valora, pero la verdadera felicidad está en caminar juntos y comprenderse de verdad.





