17 de noviembre de 2025
Hoy me he despertado con la sensación de que algo está a punto de romperse. No puedo evitar recordar una frase que dije hace unos días, mientras el sonido de la llora de mamá se colaba entre los cristales del apartamento de la calle Gran Vía: «Papá, no vuelvas a venir». La razón era simple, pero el miedo, tan profundo como el ruido de la ciudad en la madrugada, se quedó grabado en mi pecho. Cuando mi padre se marchaba, María siempre empezaba a sollozar hasta que el alba nos encontraba despiertos y exhaustos, y yo, de ocho años, me preguntaba si esas lágrimas eran sólo un resfriado o algo más. Ahora entiendo que no hay resfriado que convierta la voz en un susurro de llanto.
Ayer, en el Café de la Luz, con sus mesas de mármol y la luz que entra por la ventana del Paseo de la Castellana, mi papá, Antonio, estaba sentado frente a mí. Mezclaba con una cucharilla diminuta el café que ya estaba tibio, servido en una tacita blanca que parecía una lupa. Delante mío, sobre un plato de cerámica, había una obra de arte: bolitas de colores cubiertas por una hoja de menta y una cereza, todo bañado en chocolate. Cualquier niña de seis años se habría lanzado al festín, pero yo, Lucía, apenas había tocado el helado. Desde el viernes pasado había tomado la decisión de hablar serio con papá.
Él guardó silencio, un silencio que se alargó como la fila del metro en hora pico, y finalmente rompió el hielo:
¿Qué vamos a hacer, hija? ¿ Dejar de vernos? ¿Cómo viviré sin ti?
Yo jugué con mi nariz, que heredé de mamá, un poco como una patata chiquita, y después respondí:
No, papá. Yo tampoco podré vivir sin ti. Propongo lo siguiente: llama a mamá y dile que cada viernes, al salir del cole, vienes a recogerme. Así podremos pasear, y si te apetece un café o un helado, nos quedamos en el café. Yo te contaré todo lo que hacemos en casa.
Después de una pausa, añadí:
Y si quieres ver a mamá, la grabaré con el móvil cada semana y te mandaré fotos. ¿Te parece?
Papá me miró, sonrió levemente y asintió:
De acuerdo, viviremos así, hija
Sentí una oleada de alivio y me lancé a mi helado. Pero la conversación no había terminado; había algo más que decir. Mientras lamía los colores de los confites que se habían pegado a mis bigotes, mi semblante se volvió serio, casi adulto. Pensé en él, en su cumpleaños de la semana pasada. Le había dibujado una gran cifra «28» en la guardería, con los lápices de colores. Miré a papá con una expresión que decía más que mil palabras:
Me parece que deberías casarte
Y, sin poder evitarlo, añadí:
Aunque todavía no eres tan viejo
Papá, con una mezcla de sorpresa y ternura, replicó:
Eso también lo diría yo
Yo, animada, seguí:
¡Mira, el tío Sergio! Ese que ha venido dos veces a casa de mamá, ya está calvo
Señalé con la mano la frente, alisando mis rizos. Papá me miró directamente a los ojos, como si acabara de descubrir un secreto guardado por mamá. Entonces, ambos llevamos las manos a los labios y abrimos los ojos como quien ha visto algo inesperado.
¿Tío Sergio? exclamó papá, casi en voz alta, haciendo eco en todo el café. ¿Qué tío es ese? ¿Es el jefe de mamá?
Yo, tartamudeando:
No lo sé quizá sea el jefe. Me trae caramelos y pastel. Y, bueno dudé si debía contarle que mamá le lleva flores.
Papá, con los dedos entrelazados sobre la mesa, se quedó pensativo. Sentí que, en ese preciso instante, estaba tomando una decisión crucial para su vida. Yo, que todavía era una niña, comprendía que los hombres tardan en decidir y que, a veces, es la mujer quien los impulsa. Entonces, después de un largo silencio, papá soltó un profundo suspiro, deshizo el nudo de sus dedos y, con un tono que recordaría a Otelo preguntando a Desdémona, dijo:
Vamos, hija. Ya es tarde, te llevaré a casa y, de paso, hablaré con mamá.
No pregunté de qué quería hablar, pero intuí que era importante. Terminé mi helado con prisa, pues sentí que lo que él había decidido superaba cualquier dulce. Lanzé la cuchara sobre la mesa, me levanté de la silla, limpié mis labios con el dorso de la mano y, mirándolo fijamente, dije:
Estoy lista. Vámonos
No caminamos, corrimos. Papá me tomó del brazo con fuerza, como si fuera una bandera que lleva el general en una batalla histórica. Al entrar al edificio, el ascensor se cerró lentamente, llevándose a algún vecino arriba. Papá me miró, desconcertado, y yo, decidida, le pregunté:
¿Y ahora qué? ¿A quién esperamos? Estamos en el séptimo piso
Sin dudar, papá me levantó en brazos y subió los escalones como si fueran la montaña de la sierra.
Cuando la puerta del apartamento se abrió de golpe, mamá apareció con la cara roja de sorpresa. Papá, sin perder un segundo, empezó:
¡No puedes hacer eso! ¿Quién es Sergio? Yo te quiero, y tú eres mi Lucía.
Sin soltarme, abrazó a mamá y a mí, y yo cerré los ojos, sintiendo el calor de sus cuerpos. En ese instante comprendí que, aunque los adultos a veces se besan y discuten, el amor sigue siendo el hilo que nos une.
Hoy, mientras escribo estas líneas, sé que el futuro será incierto, pero al menos ahora sé que, con papá y mamá a mi lado, podré enfrentar cualquier tormenta.
Lucía.





