La parte más extraña de crecer, como en un sueño de neblinas y relojes derretidos en una callejuela de Toledo, es contemplar cómo tu madre envejece entre los pliegues secretos de la realidad.
Tan a menudo la escuchamos hablar, y su voz resuena entre los azulejos floreados, como si la misma casa respirara con sus palabras. Protestamos porque sus palabras llueven y a veces son demasiado, porque se mete en todo, porque sus exigencias parecen un manto demasiado cálido en pleno agosto madrileño.
La madre castiza nunca se descuelga de la ventana que da al alma de sus hijos. Su amor es tan hondo, tan hondo, que a veces confunde querer con aguantar. Aguanta gritos por los pasillos, tempestades de gestos, la puerta que se cierra de golpe y clava su eco en la memoria. Y aun así, en el sueño, sigue siendo la primera en proteger a quienes más fácilmente la desgarran.
Existen madres que callan tanto que las palabras se les anudan en el pañuelo que siempre llevan, ocultando dolores que nadie sospecha. Mientras el resto corre por las plazas y la vida, ella se encorva en su rincón favorito, sumando silencios tras silencios, con un corazón cargado de duros ajenos.
Pero, cuando la madre ya no estácuando se ha ido flotando entre los cipreses de un cementerio manchegoaparecen flores caras, de esas que casi duelen en euros cuando te las cobran en la floristería de la esquina. Se contrata el mejor cuarteto de cuerdas para la despedida. Las lágrimas, por fin, caen a raudales, pero entonces ya no hay regazo donde puedan secarse.
Entonces nos asalta la pregunta, como un claro en el sueño: ¿Por qué aguardamos a la última campanada para entregarlo todo? ¿Por qué no la valoramos cuando aún su sombra cruza los umbrales de nuestro mundo?
No esperes a que tu madre se desdibuje del mosaico de tu vida para darte cuenta de que tejió su existencia alrededor de la tuya. Ámala hoy, bajo este cielo castellano. Escúchala hoy, aunque su voz sea un eco suave. Abrázala hoy, que aún hay tiempo y tacto. Porque, aunque crecer duela, duele mucho más ser testigo de cómo ella envejece en soledad, sin el calor de nuestro amor.





