Diario de Pablo, 14 de junio
Desde que me casé con Carmen, creí que había tocado el cielo con las manos. Carmen es la mejor esposa que podía soñar: cariñosa, trabajadora, siempre escuchándome y dándome su apoyo. Pero la felicidad perfecta parece inalcanzable, y la sombra de mi suegra, Doña Teresa, empezó a nublar todo.
No tardé en notar que a Doña Teresa siempre la había gustado mandar, con ese apego tan español a lo suyo y a sus normas. Imaginé enseguida que, si llegábamos a vivir bajo su techo, acabaríamos todos asfixiados en su ámbito de control. Por eso, Carmen y yo decidimos alquilar un piso en el centro de Segovia, para tener nuestro espacio y tranquilidad.
Poco después, el destino jugó una mala pasada: el padre de Carmen falleció de cáncer. Fue un golpe durísimo para todos, pero especialmente para ella. Con la herencia quedó a su nombre una finca preciosa a las afueras, en un pueblo de Castilla. Siempre nos habían gustado las labores del campo, así que nos pareció natural mudarnos allí. Soñábamos con un huerto propio, con noches tranquilas y aire puro.
Al principio todo fue de maravilla, pero un día apareció Doña Teresa sin avisar. Entró en casa, la recorrió entera, y al rato soltó que merecía quedarse con la finca, que nosotros podríamos tener a cambio una habitación en un piso en Valladolid. Yo me negué de plano. Entonces montó una escena que retumbó por toda la casa, y se fue dando un portazo.
Al cabo de unas horas, recibí una llamada de Carmen, angustiada. Me dijo que había hablado con mi madre y que le había dicho que yo la había humillado y gritado. Lo peor es que mi madre se inventó toda una historia que no tiene ni pies ni cabeza, y Carmen, mi mujer, se siente traicionada porque piensa que no la defiendo ni la creo. En este momento no sé cómo hacer que comprenda la verdad ni cómo evitar que todo esto destruya nuestro matrimonio.
Hoy he aprendido que, por mucho que la familia nos ate, tengo que apoyar y defender a la mujer que elegí. Porque el amor no puede sobrevivir si se siembra la duda donde debería haber confianza.




