Mira, te cuento lo que le pasó a Ana, que cuando lo piensas, te encoge el corazón. El hospital donde estaba ingresada le resultaba insoportable, la ponía nerviosa. Cerraba los oídos con las manos para no escuchar el llanto constante de los recién nacidos en la habitación de al lado. Solo quería salir corriendo de ahí, olvidarlo todo y que aquello no fuera más que una pesadilla…
Anita, hija, aunque sea mírala un poquito le suplicaba la comadrona mayor, la tía Inés. ¡Si es que parece tu reflejo en un espejo!
¡No! ¡Dejad de insistir, por favor! ¿Que si he firmado el papel? Sí, ya lo he hecho. ¿Qué más queréis de mí? casi lloraba la chica. ¡No tengo dónde llevarla! ¿Pero no veis que no puedo?
Baja la voz, que vas a asustar a la niña. ¿Cómo que no tienes dónde? ¿Acaso eres una sin techo? le lanzó una mirada inquisitiva la comadrona. Dime, ¿tienes madre? ¿padre?
Sí, una madre mayor, pero la pobre necesita que la cuiden, no puede ayudarme. No puedo aparecerme en el pueblo con un bebé. ¡Las vecinas me van a machacar a cotilleos!
¡Y qué más da que hablen! ¡Eso significa que tienen tiempo libre y salud! se rió la tía Inés. Pero te digo una cosa: la gente chismorrea y se olvida, pero si dejas a esta pequeñina, te vas a arrepentir toda la vida No hay noche que no recuerdes algo así.
Ana se tapó la cara con las manos y rompió a llorar. Inés Ortega vio que la tenía casi convencida, solo faltaba un último empujón.
Mírala Tiene tu naricilla, esa redonda tan mona. Y te aseguro que con esos ojazos será una belleza, igual que su madre.
Pero… si no tengo ni una mísera mantita para ella. ¿De qué vamos a vivir cuando llegue a casa? ¿Con qué dinero, Inés? Ana ya empezaba a flaquear.
¿¡Dinero!? Eso ni lo nombres Te ayudaremos. Hay una asociación que reparte ayudas, te daremos lo necesario y un ajuar para tu niña, eso lo organizo yo. Incluso te llevo a la estación si hace falta. Anda, dime, ¿cómo quieres llamarla?
Clara…
Qué bonito, le va estupendo. Venga, toma a Clarita en brazos, dale de comer, y en un rato me paso a verte.
Con un suspiro, Inés le puso la niña en los brazos. Ana la cogió con tanto cuidado, temblando de emoción. No pudo evitar que las lágrimas le rodasen por la cara. En ese instante, apretando a su hija contra su pecho, supo que jamás sería capaz de dejarla sola en este mundo.
¿Qué, lo logramos? preguntaba un médico al pasar. ¿Va a quitar la renuncia?
¡Sí! contestó Inés con una sonrisa, limpiándose una lágrima discreta.
Ya en el andén de la estación, a Ana le parecía que acababa de despertar de una pesadilla horrible. No soltaba a su hija ni un segundo, no fuera a ser que se la quitasen. Inés Ortega cumplió su promesa y la acompañó hasta el tren.
Gracias Me da vergüenza admitir que estuve a punto de dejarla confesó Ana.
Tu situación no es fácil, es cierto. Pero los malos momentos pasan, y a una hija así puedes perderla para siempre Yo cometí un error en su día, y todavía lo estoy pagando suspiró Inés.
¿Qué error, Inés? Siempre pensé que tú eras bueno, un ejemplo.
Viví lo mismo, pero ni madre, ni casa, ni nada. Decidí no seguir adelante con ese embarazo, y los médicos no quisieron ayudarme; era peligroso. Acabé recurriendo a una curandera y desde entonces, ya no he podido tener hijos.
¿Nada de nada? ¿Ninguna solución?
Nada, hija negó su cabeza Inés. El hombre al que quería era bueno, pero se marchó cuando supo que no podríamos tener una familia Inés rompió a llorar.
Lo siento mucho, de verdad Con toda la vida rodeada de niños y sin poder tener los tuyos.
Ana, cuida de Clara. Y si alguna vez necesitas algo, sabes dónde puedes encontrarme.
Se abrazaron como una familia de toda la vida. Llegó el tren y Ana no dejó de mirar por la ventana, saludando a Inés hasta que se perdió de vista. Ella seguía allí, en el andén, secándose las lágrimas.
El viaje se le hizo eterno a Ana. Al fin llegó al pueblo y, con la niña en brazos y el gran paquete de ropa que le habían regalado de la asociación, avanzó hacia su vieja casa. No sabía qué pensar, no sabía cómo reaccionaría la madre.
¿Anita? ¿Tú eres? salió la vecina detrás del seto.
Sí, tía Rosa, ¿está mi madre?
¿No lo sabías? Hace más de medio año que tu madre falleció.
Quizá fue lo mejor pensó, que no tuviera que pasar la vergüenza de ver a la hija volver con una nieta. ¿Esta es tu niña? señaló a Clara.
Sí, la mía respondió Ana con firmeza y un poquito de orgullo.
Avanzó al patio como en trance, las piernas flojas, ahogando las ganas de gritar y llorar. Pero llevaba una hija en brazos y no podía perder el control. No pasa nada, pequeña, ahora ya somos dos. Estoy contigo y podremos con todo, ya lo verás, susurró apretando fuerte a Clara.
***
Pasaron diez años, así, volando, ¿eh? Ya era casi Navidad. Ana trajinaba en la cocina y Clara miraba por la ventana cómo nevaba en el jardín.
Mamá ¿por qué yo no tengo abuela? Mis amigas van cada Navidad a casa de sus abuelos, les dan regalos y los esperan con ilusión preguntó Clara, un poco triste.
La nuestra se fue hace mucho, cariño. Ni siquiera llegó a conocerte respondió Ana con nostalgia.
¿Y la otra abuela?
¿La otra? preguntó Ana, sin entender.
Sí, todas mis amigas tienen dos abuelas. ¿Por qué no yo?
Bueno, hay una segunda abuela, sí. ¿Por qué no vamos a visitarla y le llevamos unos dulces? Trabajaba en el hospital cuando naciste, es muy buena y te va a encantar sonrió Ana, pensando en Inés.
Dicho y hecho. Al día siguiente, Ana y Clara tomaron el autobús a la ciudad. En el hospital preguntaron por Inés Ortega.
Hace tiempo que no viene, está jubilada, problemas de salud contestó una auxiliar.
¿De verdad? Venimos de lejos para verla, ¿podría darnos su dirección o un número de teléfono?
Eso no se puede dar a cualquiera respondió estricta la señora. ¿Qué parentesco tenéis?
Soy su sobrina mintió Ana, porque sabía que si no, no les iban a dar nada. Hace mucho que no voy a su casa, y he perdido la dirección. Por favor, ayúdenos rogó.
¡Queremos ver a nuestra abuela! intercedió Clara, haciendo pucheros.
Bueno, intentaré buscarla aceptó la auxiliar, al fin.
Al cabo de un rato volvió con un papelito y les deseó suerte, diciéndoles que dieran recuerdos a Inés.
Gracias, se los daremos contestó Ana, ilusionada.
Cogieron un taxi y en nada estaban en el tercer piso del edificio. El corazón casi se le salía del pecho de Ana, pensando, que no lleguemos tarde. Llamó y enseguida abrió la puerta una Inés Ortega todavía fuerte.
¡Buenas tardes! saludó Ana.
La anciana la reconoció poco a poco.
¿Ana? ¿Eres tú?
¡Sí! Y esta es Clarita, ¿te acuerdas de ella?
¡Como si fuera ayer! se reía Inés. ¿Pero qué hacéis en la puerta, pasad, pasaos!
En media hora ya estaban en la mesa, contándose la vida. Clara jugaba con la gata mientras veía dibujos animados.
Ana, quedaos conmigo. Estoy sola, y vosotras también. Puedo ayudaros, aquí hay buenos colegios para Clara, buscarás trabajo y estaremos juntas.
No sé Me cuesta dejar la casa del pueblo, ¿y si venís vos conmigo? Podríamos tener gallinas, hasta una vaca, el campo es precioso, el aire limpio, el río cerca Nada como eso.
¡Uff! Siempre soñé con una huerta pequeña, hasta con una vaca, imagínate. se rió Inés, con los ojos chispeando de ilusión.
¡Pues venga, decidido! ¡Os venís!
¿De verdad vas a quedarte con nosotras, abuela Inés? se abrazó Clara a la anciana, rebosando alegría.
Claro, siempre quise una nieta tan maravillosa.
Al día siguiente, con maletas hasta arriba, las tres pusieron rumbo al pueblo. Cada cual feliz a su manera: Ana, tranquila por tener familia y apoyo; Inés, encantada de estrenar una nueva vida rodeada de amor y naturaleza; y Clarita, por fin, orgullosa de poder presumir con sus amigas de tener también una abuela que la adora.




