¿Eres tú, Nacho, hijo?
Sí, mamá, soy yo. Perdona por llegar tan tarde
La voz de su madre, quebrada de preocupación y cansancio, resonó desde la penumbra del recibidor. Vestida con una bata desgastada y una linterna en la mano, parecía que lo hubiera estado esperando toda la vida.
Nachito, mi corazón, ¿dónde has estado hasta estas horas? El cielo ya está negro y las estrellas brillan como ojos de zorros en el campo
Mamá, estaba con Luis estudiando. Los deberes, la preparación para el examen Perdí la noción del tiempo, lo siento. Debería haberte avisado. Últimamente duermes fatal
¿No habrás ido a ver a alguna chica? dijo de pronto, entrecerrando los ojos con picardía. ¿A que te has enamorado, eh?
¡Mamá, qué cosas dices! rió Nacho, descalzándose. Nadie me espera a la puerta. ¿Quién iba a querer a un jorobado, con estos brazos largos como los de un mono y esta cabeza alborotada como un cardo?
Pero en los ojos de su madre se asomó el dolor. No dijo que, para ella, él nunca fue un monstruo, sino el hijo al que había criado en la pobreza, el frío y la soledad.
Y es que Nacho, para qué engañarse, no era un galán. Apenas medía un metro sesenta, encorvado, con unos brazos largos que casi rozaban las rodillas. Tenía la cabeza grande, llena de rizos rebeldes. De niño, le decían monete, duende del bosque o fenómeno. Pero al crecer, fue mucho más que un simple hombre.
Él y su madre, Eugenia Cortés, habían llegado a aquel pueblo manchego con apenas diez años. Huyeron del escándalo y la pobreza de Madrid: al padre lo metieron preso y la madre fue abandonada. Solo quedaron ellos dos. Dos frente al mundo.
Ese Nacho no llegará a adulto murmuraba la vecina, Doña Rosa, mirando al chaval débil. Desaparecerá sin dejar rastro.
Pero Nacho no desapareció. Se aferró a la vida como una encina a la roca. Creció, respiró, trabajó. Y Eugenia, su madre de carácter de hierro y manos destrozadas de tanto amasar pan, alimentó medio pueblo desde el obrador. Diez horas al día, año tras año, hasta que el cuerpo le falló.
Cuando cayó enferma, Nacho se convirtió en hijo, hija, enfermero y compañía. Limpiaba el suelo, cocinaba arroz con leche, leía en voz alta revistas viejas. Cuando ella se apagó silenciosa como brisa entre los olivos, Nacho permaneció junto al ataúd, mudo, con los puños cerrados. Ya no le quedaban lágrimas.
Pero la gente no se olvidó de él. Los vecinos trajeron comida, mantas, palabras de consuelo. Y luego, casi sin darse cuenta, empezaron a visitarle. Primero los chicos, apasionados de la radio y electrónica: Nacho trabajaba en la radio municipal, arreglando transistores, reparando antenas y soldando cables. Sus manos eran torpes, pero de oro.
Más tarde comenzaron a venir chicas. Al principio solo a merendar, a charlar. Después, se quedaban más tiempo, reían y hablaban. Un día, notó que una de ellas, Berta, nunca era la primera en marcharse.
¿No tienes prisa? le preguntó Nacho, cuando la casa se quedó en silencio.
No tengo a dónde ir respondió ella, mirando al suelo. Mi madrastra me odia, mis tres hermanos son molestos y crueles. Mi padre bebe; y yo, simplemente, soy un estorbo. Duermo en casa de una amiga, pero tampoco estaré allí mucho tiempo Aquí, en tu casa, es tranquilo. Me siento en paz. No me siento sola.
Nacho la miró despacio y, por primera vez, comprendió lo que era sentirse necesario.
Quédate aquí dijo sin rodeos. La habitación de mi madre está vacía. Sé la dueña de la casa. Yo no te pediré nada: ni palabras, ni miradas. Solo quédate.
El rumor se extendió enseguida. Susurraban en el pueblo:
¿Has visto eso? ¿Una bella y el jorobado? ¡Qué escándalo!
Pero el tiempo pasó. Berta limpiaba, cocinaba puchero, sonreía; Nacho trabajaba, callaba, cuidaba.
Y cuando nació un niño, el mundo se volcó.
¿A quién se parece? preguntaban todas. ¿A quién?
Y el pequeño, Mateo, miraba a Nacho y decía: «¡Papá!»
Y Nacho, que nunca pensó en ser padre, sintió cómo algo cálido brillaba en su pecho, como un pequeño sol.
Le enseñó a Mateo a arreglar enchufes, pescar en el río y leer tebeos. Y Berta, viéndolos juntos, solía decir:
Tienes que buscar una mujer, Nacho. No estás solo.
Eres como una hermana para mí le contestaba él. Primero te buscaré un buen hombre y después ya veremos.
Y apareció alguien. Un joven de un pueblo cercano: trabajador, honesto.
Celebraron una boda y Berta se marchó.
Pero un día Nacho la encontró en la cuneta y le dijo:
Quiero pedirte algo Déjame a Mateo.
¿Cómo? Berta se sorprendió. ¿Para qué?…
Lo sé, Berta. Cuando una mujer tiene un hijo, todo por dentro cambia. Pero Mateo él no es tuyo, verdaderamente. Te olvidarás de él. Yo yo no podría.
¡No te lo voy a dar!
No te lo estoy quitando contestó Nacho, suave. Ven a visitarle cuando quieras. Solo permítele quedarse conmigo.
Berta dudó un instante. Llamó a su hijo:
Mateo, ven aquí. ¿Con quién quieres vivir, conmigo o con papá?
El niño corrió hacia Nacho, iluminado:
¿No podría ser como antes? ¿Mamí y papi juntos?
No, cielo respondió Berta, triste.
¡Entonces me quedo con papá! gritó Mateo. ¡Ven a vernos, mamá!
Así fue.
Mateo se quedó. Y Nacho, por fin, fue padre de verdad.
Pero con el tiempo, Berta volvió:
Nos vamos a vivir a la ciudad. Me llevo a Mateo.
El niño, como un animalillo herido, se aferró a Nacho:
¡No me iré! ¡Prefiero estar con papá! ¡Papá, no me dejes!
Nacho susurró Berta, mirando el suelo. Él en realidad no es tuyo.
Lo sé contestó Nacho. Siempre lo supe.
¡Me escaparé con papá! lloraba Mateo.
Y al final, acababa volviendo. Una y otra vez.
Hasta que Berta cedió:
Sea como sea, ha elegido.
Y comenzó una nueva historia.
A Maruja, la vecina, se le había ahogado el marido. Un borracho, un déspota, un hombre terrible. Dios no les dio hijos porque en esa casa nunca entró el cariño.
Nacho fue a por leche. Luego ayudó a arreglar la valla, el tejado Y después fue entrando solo para conversar y tomar té.
Poco a poco, surgió el afecto. Con calma, con cautela, de adultos.
Berta escribía de vez en cuando. Contó que Mateo ya tenía una hermana: Alba.
Tráela a casa escribió Nacho. La familia debe estar unida.
Al año siguiente, vinieron.
Mateo no se separaba de su hermana. Le cantaba nanas, la llevaba en brazos, le ayudaba a caminar.
Hijo, venid a vivir con nosotros le rogaba Berta. Aquí en la ciudad hay teatro, colegios y oportunidades
No, mamá negaba Mateo. No pienso dejar a papá. Y a la tía Maruja ya la siento como mamá.
Luego llegó el colegio.
Cuando los demás presumían de padres taxistas, militares o ingenieros, Mateo nunca se avergonzó.
¿Mi padre? decía orgulloso. Puede arreglar cualquier cosa y entiende cómo funciona el mundo. Me salvó la vida. Es mi héroe.
Pasó un año.
Maruja, Nacho y Mateo estaban sentados junto a la chimenea.
Vamos a tener un bebé anunció Maruja. Uno pequeñito.
¿Y y no me echaréis? dijo Mateo, bajito.
¡Pero qué dices! exclamó Maruja, abrazándole. Eres como un hijo para mí. Eso es lo que siempre soñé.
Hijo murmuró Nacho, mirando el fuego. Tú eres mi vida entera.
A los pocos meses nació Jaime.
Mateo sostenía a su hermanito como un tesoro.
Ahora tengo una hermana, susurraba un hermano, un papá, y una mamá Maruja.
Berta insistía en llamarle.
Pero Mateo siempre respondía:
Ya estoy en casa. Aquí pertenezco.
Con los años, la gente en el pueblo dejó de susurrar que Mateo no era hijo de sangre. El rumor se apagó.
Y cuando Mateo fue padre, les contaba a sus hijos y nietos la historia del mejor padre del mundo.
No era un hombre guapo decía. Pero tenía más amor que nadie que yo haya conocido.
Cada año, en el aniversario, toda la familia se juntaba en la vieja casa: los hijos de Maruja, los de Berta, los nietos, los biznietos.
Tomaban té, reían, recordaban.
¡No hubo mejor padre que el nuestro! brindaban todos.
Y siempre alguien levantaba el dedo señalando al cielo, a las estrellas y al recuerdo de aquel hombre que, a pesar de todo, supo ser padre de verdad.
El único.
Porque, al final, la familia no se mide por la sangre, sino por el amor y la entrega que une los corazones. Y ese es el hogar más verdadero que uno puede construir.






