Sí, los perros son muy leales. Pero esa lealtad es solo para quienes de verdad les quieren; los traidores nunca la merecen y mucho menos el perdón.
…
Lula corría tras el coche, sin querer quedarse sola en un lugar desconocido. No quería ser abandonada ni olvidada.
Corría detrás de aquel al que amaba y en quien confiaba hasta el final, el hombre al que jamás podría traicionar. Porque ni siquiera sabía cómo traicionar…
Marta, te presento a Lula dijo Samuel, con una amplia sonrisa y los ojos brillando de orgullo por su perra, mientras saludaba a una joven de unos veinte años, que se sostenía con dificultad en unos tacones deslumbrantes de diez centímetros, y aun así era casi una cabeza más alta que él.
Es buena y obediente, estoy seguro de que os entenderéis. Bueno, más que seguro.
Lula se revolvía contenta alrededor de los pies de Samuel, aunque miraba a Marta con suspicacia.
Es natural que los perros sean prudentes con desconocidos, pero aquí había algo distinto. Lula percibía claramente que aquella chica tenía un olor desagradable y falso. No tenía nada que ver con su perfume dulzón y empalagoso, que bien podría estar prohibido por alguna convención; era otra cosa. Los perros tienen ese instinto para detectar a la gente mala, y Lula lo tenía especialmente afinado. Jamás se había equivocado.
Si se cruzaban con gente así por la calle, Lula insistía en alejarse, tirando de Samuel aunque él no quisiera. Se preocupaba por él y su felicidad, porque lo amaba de verdad.
Pero ¿dónde iba a esconderse dentro de un piso de dos habitaciones? Y Samuel trataba a Marta cada vez con más cariño y dulzura.
La abrazaba, la besaba…
Marta, dándose cuenta de la mirada inquieta de Lula, llevó a Samuel de la mano hasta la cocina y, cerrando la puerta, susurró:
¿Por qué no me dijiste que tenías perro?
No había motivo. ¿Te molesta?
Sí, no soporto a los perros y no quiero vivir con uno. ¿Cómo se llama?
Lula.
Lula…
¿Dónde quieres que la deje? ¿Tirarla a la calle? Lleva conmigo cuatro o cinco años, ya ni me acuerdo, pero desde hace mucho tiempo.
Samuel… Marta lo miró de una forma muy clara, dejando zanjado el asunto. Mientras esa perra esté aquí, yo no viviré contigo ni habrá boda.
No me gustan los perros, ¿lo entiendes? No los aguanto. Decide tú: o yo, o el perro.
…
La lluvia caía a cántaros. Los limpiaparabrisas apenas daban abasto y Samuel, conduciendo deprisa por Madrid en plena noche, se sentía peor que el clima, como si le hubieran vertido un cubo de basura en el alma. Como si lo hubieran forzado a hacer algo denigrante, que le dolía.
Pero él amaba a Marta, o eso creía. Ya ni sabía. Lo único importante en ese momento era que el padre de Marta, hombre influyente, le había prometido resolver todos los problemas de su pequeña empresa constructora, que apenas se mantenía a flote. Era una oportunidad real para salir adelante y triunfar por fin. Sería absurdo rechazarla.
Al salir de la ciudad, pisó a fondo el acelerador. El agua golpeaba el cristal, el techo, el capó, como si intentase detenerle, gritando “¡Detente!”.
Lula, en el asiento trasero, miraba las gotas caer por la ventanilla. Lo sentía en su interior: desde la llegada de Marta, Samuel se había vuelto frío, ausente. Ya no le hablaba ni le acariciaba; ya no era el mismo.
Samuel paró en un arcén, encendió un cigarro y dejó que el humo llenase el coche.
Cubriéndose con la capucha, salió afuera. Lula, inquieta, esperaba.
El resto sucedió como si siguiera un mal guion: las puertas traseras se abrieron de golpe. El humo se disipó en la noche. Samuel tiró de Lula y la sacó fuera. La perra gimió.
Dos puertecillas se cerraron con estrépito: primero la trasera, luego la del conductor.
Samuel aceleró de vuelta a la ciudad bajo la lluvia.
Lula, de pie en mitad de la carretera, miró hacia donde se alejaba el coche. La lluvia calaba su pelaje y no dejaba ni un rincón seco.
Y corrió tras el coche. No quería quedarse sola, no quería dejar atrás a quien amaba, al que jamás traicionaría.
Pero, ¿cómo podía competir con un coche que iba a cien por hora? A duras penas lograba correr por el peso de su pelaje empapado.
Las luces rojas se perdieron hace mucho en la oscuridad, pero Lula seguía, incapaz de parar.
A veces, cuando no puedes detenerte, el destino interviene y lo hace por ti. No por crueldad, sino porque ya no tiene sentido perseguir el pasado.
Frenazo, golpe sordo. El conductor salió despavorido, llevándose las manos a la cabeza.
Allí, en el asfalto mojado, yacía Lula. Se acercó despacio y miró en sus ojos.
En ellos aún brillaba la esperanza, aunque cada segundo se desvanecía en resignación y tristeza.
Menos mal, ¡está viva! pensó Luis.
Abrió cuidadosamente su coche, puso la chaqueta en el asiento, cogió a la perra de forma que no sufriera y la acomodó.
Era tarde y solo quedaba abierta una clínica veterinaria de guardia en todo Madrid. Allí la llevó. De vez en cuando miraba a la perra, que movía las patas traseras como si aún corriera.
El veterinario la recibió sin cobrar por la primera consulta. Cuando le preguntó qué había pasado, Luis respondió torpemente.
A un hombre curtido como él, no le pasó desapercibido: alguien la había abandonado, algo tristemente frecuente en la ciudad.
Por fortuna, no tenía heridas graves, solo golpes y magulladuras. Recibió una pomada y recomendaciones para bajar la hinchazón.
Luis llevó a Lula al piso, le dejó la chaqueta en el suelo, y la instaló allí.
Será solo temporal le dijo, sintiéndose culpable.
A los diez días, Lula empezó a mejorar. Caminaba aún cojeando, pero caminaba. Y la cojera, con el tiempo, pasaría.
¿Te echaron a la calle, eh? dijo Luis, sentado junto a ella en la cama.
Nunca había tenido perro. De hecho, ni amigos con perro. Y en realidad, ni amigos le quedaban ya. Se había desencantado: uno le robó la novia, otro le jugó una mala pasada en el trabajo y tuvo que declararse en quiebra, el tercero casi le mete en un lío policial serio.
Por suerte, pasó todo y decidió romper con su pasado marchándose a otra ciudad.
Así que para todo lo relacionado con perros, recurría al veterinario, el doctor Enrique, que le dejó una tarjeta para cualquier consulta.
Gracias a los consejos de Enrique, Luis logró bañar a Lula y limpiarla de la mugre con facilidad.
Esperaba pelea, pero Lula permitió el baño tranquilamente, sin resistirse.
Después consultó por la alimentación y llevó a Lula a revisión dos veces, para asegurarse de que no sufría estrés postraumático por el abandono.
A Luis le angustiaba verla tan decaída: comía poco, pasaba el día echada y apenas le prestaba atención.
Es normal le explicó Enrique.
Le aconsejó sacarla más a menudo para ayudar a su recuperación.
Sácala y no le pidas nada a cambio. Dale tiempo y acabará confiando en ti. Puede que incluso os hagáis amigos.
Así fue. Las heridas, físicas y emocionales, fueron cicatrizando y, tras mes y medio juntos, Luis y Lula se hicieron inseparables.
Quizá aún no los mejores amigos, pero Lula ya confiaba en él y comía mejor. Ahora, sin embargo, tenía otro nombre: Vera.
Nueva vida, nuevo nombre. El cambio le costó poco; quizá porque sonaba parecido al anterior, quizá porque ya necesitaba romper con el pasado.
Salían todos los días a pasear, hiciera el tiempo que hiciera, y compartían momentos de tranquilidad.
Solo durante la lluvia los ojos de Vera se volvían tristes y húmedos, no por el agua, sino por los recuerdos.
Olvidar lo ocurrido era casi imposible. Un perro no será una persona, pero comparte emociones humanas. Quien diga lo contrario, nunca ha tenido perro.
Un día, mientras paseaban por el Retiro, Vera se lanzó tras un gato cuando Luis se detuvo a comprar café.
Noviembre era frío y el café ayudaba algo a entrar en calor. Cuando se volvió, la perra no estaba.
Dejó el café en el mostrador y salió corriendo a buscarla, angustiado sin saber en qué dirección ir.
Mientras tanto, Vera ladraba a un gato encaramado a un árbol, desafiándole a bajar para seguir el juego.
Entonces, un todoterreno negro se detuvo cerca. Bajó Samuel.
Iba hacia una tienda, pero se quedó de piedra al ver a Vera.
¡Lula!
La perra no reaccionó de inmediato, pero al oír otra vez aquel nombre y reconocer la voz, se giró y se quedó mirándole fijamente.
¡Lula, ven! Samuel se agachó, sonriendo y llamándola con cariño.
A Vera le costaba moverse. ¿Qué estaría pensando? Nadie lo sabe, pero seguro que pensaba algo.
¿Acaso no la había traicionado y abandonado? ¿O sería que le buscó todo este tiempo y por fin la encontraba?
Su cola se movió apenas, entre la duda y el instinto.
Viendo su indecisión, Samuel saltó la verja y se acercó, extendiendo la mano.
¡Lula! ¡Lulita! Estoy tan feliz de encontrarte… Ven, anda…
La acarició y abrazó, y ella no se resistió, pero tampoco mostró la felicidad de antes. No le bailaba alrededor ni movía el rabo.
Algo le frenaba.
Luis apareció y vio cómo un tipo intentaba llevarse a Vera a la fuerza.
¿Qué haces? ¡Es mi perra!
Le agarró del hombro y le hizo darse la vuelta.
¿Qué haces? repitió, ahora firme. ¡Es mi perra!
¿En serio?
¿En serio qué? ¡Vera, ven aquí!
Trató de acercarse, pero Samuel la mantenía sujeta.
¿Qué Vera? ¡Es Lula! La he criado yo desde que era un cachorro, y luego…
¿Luego qué? preguntó Luis, vislumbrando la verdad.
¡No es asunto tuyo! Es mi perra y me la llevo, ¿entiendes?
No, no lo entiendo. La perra es mía y así seguirá. No acepto discusiones. Y no me provoques.
¿Qué?
Samuel enrojeció y amenazó con darle un golpe, pero entonces Vera, que observaba indiferente, se puso a gruñirle y, tras un par de tirones, mostró los dientes.
Samuel se paralizó.
No era miedo, sino sorpresa. Lula jamás le había gruñido ni le había mirado así, decidida a luchar, a defenderse.
Soltó la correa y retrocedió.
Vera, tranquila. Vamos dijo Luis en voz baja.
La perra fue hacia él, acercó el hocico y agachó la cabeza para que le pusiera la correa.
Se alejaron por un paseo cubierto de hojas, no miraron atrás ni una vez. Samuel les observó alejarse, apretando los puños de rabia frustrada.
Con Marta, al final, no hubo boda, ni ayuda del suegro. Vendió la empresa para pagar deudas y jamás pudo perdonarse lo que hizo esa noche. Pero ya no había remedio.
Sí, los perros son leales pero su lealtad es solo para quienes realmente los quieren. Y a los traidores, nunca los perdonan.
Hoy, mientras escribo todo esto, sé que he aprendido algo: la lealtad no se puede comprar; solo se merece a base de cariño y honestidad. Al igual que Vera, yo también he dejado de perseguir un pasado que ya no existe.






