Un niño madrileño se despierta sobresaltado por los quejidos de su madre enferma: la historia de Mat…

El chiquillo se despertó por los gemidos de su madre.

Se acercó a su cama:

Mamá, ¿te duele mucho?

Carlitos, tráeme un poco de agua, hijo.

Ahora voy y salió disparado a la cocina.

En menos de un minuto regresó con un vaso bien lleno:

Toma, mamá, bebe.

Se oyó un golpe en la puerta.

Hijo, abre, seguro que es la abuela Pili.

Era la vecina, que apareció sujetando una taza enorme.

¿Cómo estás, Lucía? al tocarle la frente frunció el ceño. Tienes fiebre. Mira, te he traído leche calentita con mantequilla.

Ya he tomado la medicina, Pili

¡Tendrías que estar en el hospital! Allí cuidan bien de la gente. Y deberías comer mejor tu nevera está más vacía que una bodega en enero.

Tía Pili, ya me gasté todo el dinero en las medicinas a Lucía se le llenaron los ojos de lágrimas. Y nada me hace efecto.

Vete al hospital.

¿Y con quién dejo a Carlitos?

¿Y con quién lo vas a dejar si te mueres? No llegas ni a los treinta, sin marido, sin dinero… le acarició el pelo. Anda, no llores, mujer.

¿Y qué hago, tía Pili?

Nada, nada, llamo al médico y sacando el móvil del bolso, marcó el número.

Habló, lo organizó todo.

Dicen que vendrán hoy. Cuando lleguen, que Carlitos venga por mí.

Salió al vestíbulo y el niño fue tras ella:

Abuela Pili, ¿mamá se va a morir?

Hijo eso nadie lo sabe. Habrá que pedirle ayuda al abuelo Dios, aunque tu madre no crea en esas cosas.

¿Y el abuelo Dios ayuda de verdad? los ojos de Carlitos brillaron con esperanza.

Hay que ir a la iglesia, encender una vela y pedirle. Así seguro que ayuda. Me voy, cielo.

***

El niño volvió pensativo junto a su madre:

Carlitos, seguro que tienes hambre y aquí no queda nada de nada. Tráeme dos vasos.

Cuando volvió, la madre llenó ambos de leche:

Toma, bebe.

Se la terminó, pero el hambre le volvió más fuerte aún. Lucía, como si le leyese el pensamiento, se levantó despacio y cogió el monedero del aparador:

Aquí tienes tres euros. Ve a la panadería y cómprate dos bollitos. Cómelos de camino; yo mientras intento hacer algo de comer. Anda, vete.

Le acompañó hasta la puerta y, sujetándose en la pared, fue a la cocina. En la nevera: una triste lata de sardinas de marca blanca, medio paquete de margarina y, en el alféizar, dos patatas y una cebolla.

Habrá que hacer un puré…

El mundo le dio vueltas. Se sentó, agotada, en un taburete:

«¿Pero qué me pasa? No tengo fuerzas ni para pelar patatas. Medio verano se ha ido ya y el dinero, igual. ¿Cómo voy a preparar a Carlitos para el cole si no puedo ni trabajar? Si se pone malo del todo, ¿con quién se queda? Tengo que haber ido antes al médico… Y ahora si me ingresan, ¿qué pasa con él?»

Resignada, se puso a pelar patatas.

***

El niño tenía hambre, pero pensaba en otra cosa:

«Ayer mamá apenas pudo levantarse. ¿Y si de verdad se muere? Tía Pili ha dicho que hay que pedirle ayuda al abuelo Dios». Se paró y giró hacia la iglesia.

***

Seis meses llevaba Tomás de vuelta de la misión. De milagro tenía piernas, aunque iba con bastón. Las cicatrices le cruzaban la cara y el cuerpo entero. Pero eso ya qué más daba. Pensaba mientras caminaba hacia San Antonio. Ni paro me falta. Tengo pensión de sobra y el dinero ahorrado del contrato me alcanza, pero ¿para qué sirve todo esto, solo?

A la puerta de la iglesia había unos mendigos. Tomás sacó un par de billetes de veinte euros y los repartió:

Rezad por mis amigos fallecidos, Roberto y Rafa, por favor.

Entró y compró unas velas. Encendiéndolas, rezó lo poco que recordaba:

Acuérdate, Señor, de

Se santiguaba, murmurando, viendo en sus recuerdos a sus amigos ya desaparecidos.

En ese momento, un niño pequeño, delgado, estaba, encogido, con una vela baratita entre las manos. Miraba perdido, como sin saber qué hacer. Se le acercó una señora muy mayor:

Ven, te ayudo, cielo.

Le encendió la vela y se la puso en un candelabro.

Así, mírame, te haces la señal de la cruz. Ahora cuéntale a nuestro Señor por qué has venido.

Carlitos miró mucho rato el retablo. Luego se animó:

Ayúdame, abuelo Dios. Mi madre está enferma y sólo la tengo a ella. Que se cure, por favor. No tenemos dinero para los medicamentos y ya mismo empiezo el cole y ni cartera tengo…

Tomás, al oírlo, se quedó parado. Sus propios quebraderos de cabeza, que hasta hace un momento le parecían tan serios, ahora no eran nada. Le dieron ganas de gritar:

«¿Es que nadie puede ayudar a este crío, comprarle a su madre unas medicinas y para él una mochila?»

Y el niño, aún, esperaba ante el altar, como esperando un milagro.

Chaval, vente conmigo le dijo Tomás con decisión.

¿A dónde? el niño miraba asustado al señor grandote con la muleta.

Preguntaremos qué medicinas necesita tu madre y vamos a la farmacia a por ellas.

¿En serio?

De verdad, el abuelo Dios me ha contado lo que le pediste.

¿En serio? se le encendieron los ojillos.

Anda, adelante. ¿Cómo te llamas, campeón?

Carlos.

Tú llámame tío Tomás.

***

Desde el piso se oían voces de las mujeres:

Pili, ¡menuda lista de medicinas me han dado! Y son carísimas sólo me queda un billete de cinco euros.

El niño abrió la puerta decidido. Las voces se callaron. Asomó Pili, con cara de susto, al ver al hombre desconocido.

Lucía, mira

Apareció Lucía, que se quedó parada, impactada.

Mamá, ¿qué medicinas necesitas? El tío Tomás nos lleva a la farmacia.

¿Pero usted quién es? preguntó Lucía, sin salir de su asombro.

Todo va a salir bien le sonrió el hombre. Dame las recetas.

Sólo me quedan cinco euros

Carlos y yo nos apañamos le pasó la mano por el hombro al niño.

Mamá, ¡venga, las recetas!

Lucía se las entregó. Y aunque Tomás tuviese una cara más propia de guardia civil que de santo, le pareció bueno.

¡Lucía, pero qué haces! reaccionó Pili, cuando salían del portal. No le conoces de nada.

Tía Pili me da buena espina.

Bueno, ¡allá tú!

***

Lucía, sentada, esperaba a su hijo y al hombre, olvidándose por primera vez de su enfermedad.

Cuando entraron, Carlos fue el primero en aparecer, brillante de felicidad:

¡Mamá! Hemos comprado tus medicinas y un montón de cosas ricas para el té.

Tomás, en el umbral, también sonreía, y su cara era mucho menos terrible así.

Mil gracias se inclinó Lucía, algo sonrojada. Pase, pase.

El hombre intentó quitarse los zapatos, costándole visiblemente. Entró en la cocina.

Siéntese, por favor.

No sabía dónde dejar el bastón.

Déjelo aquí a mano dijo Lucía, ayudándole. Perdone, no tengo nada especial para ofrecerle…

Mamá, compramos de todo Carlos iba sacando las cosas.

¡Ay, de verdad, no era necesario! protestó Lucía, viendo media montaña de dulces. Cuando vio el paquete de té bueno, suspiró. Ahora mismo pongo agua.

Preparó el té. Por un momento sintió que hasta mejoraba, o tal vez sólo le motivaba no parecer tan enferma frente a Tomás. Como adivinándolo, él le preguntó:

Pero, ¿de verdad no le importa? Tiene usted una carita

Estoy bien, de verdad Gracias, de corazón.

***

Tomaron té y dulces, mirando cómo Carlos no paraba de hablar. A veces se miraban y se sonreían sin decir nada. Los tres se sentían cómodos en esa mesa. Pero lo bueno siempre acaba.

Gracias por todo Tomás se levantó con su bastón. Tengo que irme. Tienes que cuidarte.

No sé cómo agradecerle todo esto de verdad contestó Lucía, levantándose también.

Entrando al recibidor, madre e hijo le acompañaron.

Tío Tomás, ¿volverás a venir?

Por supuesto, en cuanto tu madre se ponga mejor nos vamos todos juntos a comprarte la mochila nueva, ¿vale?

***

Tomás se marchó. Lucía recogió la mesa, lavó los platos.

Hijo, ponte la tele, que yo voy a descansar un rato.

Se tumbó y por fin durmió de verdad.

***

Pasaron dos semanas. La enfermedad ya era historia; las medicinas, caras pero milagrosas. Lucía incluso había trabajado algo extra, la habían llamado de su trabajo por las prisas de fin de mes. Le alegraba, porque ya tocaba preparar la vuelta al cole y no tenía ni para el material.

Ese sábado se levantaron temprano, desayunaron.

Carlos, ¡vístete! Vamos al súper y luego a mirar lo del cole.

¿Ya tienes dinero, mamá?

Hoy no, cariño, pero el sábado que viene. Me han prestado treinta euros para ir tirando y traemos algo de comer de vuelta.

Iban a salir cuando sonó el telefonillo.

¿Quién es? preguntó Lucía.

Lucía, soy Tomás…

No llegó a terminar, porque ella ya estaba dándole al botón.

¿Quién era, mamá? salió Carlos, emocionado.

¡El tío Tomás! y Lucía no pudo evitar que se le notase la alegría.

¡Toma!

Entró apoyándose en su bastón, pero ¡cómo había cambiado! Iba elegante, con unos pantalones caros, camisa planchada y hasta corte de pelo nuevo.

Tío Tomás, te esperaba Carlos le abrazó.

Te lo prometí. Tomás le guiñó un ojo. ¡Hola, Lucía!

Hola, Tomás contestó, feliz, casi sin querer, tuteándole.

¿Estáis listos? ¡Vamos entonces!

¿A dónde? Lucía todavía no había terminado de procesar todo aquello.

¡A comprarle las cosas del cole a Carlos, que ya toca!

Pero Tomás, yo…

Se lo prometí y una promesa hay que cumplirla.

***

Lucía siempre había ido mirando la etiqueta de lo más barato en todos los comercios. Ni familia, ni marido, ni lujos. Aquel novio de la FP que se perdió por ahí, ni contaba.

Y ahora allí estaba un hombre, comprando lo que necesitaba sin preguntar el precio, sólo consultando su opinión y mirando a Carlos como si fuera suyo.

Volvieron a casa cargados de bolsas, en taxi.

Lucía se fue derecha a la cocina.

¡Eh, Lucía! Tomás la interrumpió. ¿Por qué no salimos a pasear, a comer algo los tres?

¡Mamá, vámonos! insistió Carlos.

***

Aquella noche, Lucía tardó mucho en dormirse. Repasaba cada escena del día, volvía a esos ojos llenos de cariño. Su lado racional y su corazón discutían:

«No es guapo, ni joven, ni anda recto», decía la cabeza.

«Es buen tipo, Carlos le quiere, y me mira con verdad», contestaba el corazón.

«Te lleva quince años, mujer».

«Da igual, va a ser mejor padre que cualquiera».

«Podrías esperar a alguien más joven y guapo».

«No quiero jóvenes y guapos. Tuve uno y se fue corriendo. Quiero alguien bueno, firme».

«¿No soñabas con otra cosa?».

«Antes. Ahora he encontrado a quien quiero».

«¿Tan fácil cambias?»

«Es que he encontrado el amor de verdad».

***

Se casaron en esa misma iglesia donde Tomás y Carlos se conocieron tres meses antes.

Frente al altar, Tomás ya no llevaba bastón. Carlos contemplaba la imagen del santo, y le susurró bajo:

Gracias, abuelo Dios.

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