Todo lo que sucede, acaba siendo para mejor Inés Victoria es la madre de Blanca, y desde siempre in…

Todo sucede para bien

Querido diario:

Hoy no podía dejar de pensar en mi madre, Inés Fernández. Siempre ha tenido una gran influencia sobre mí. De pequeña, ella solía decir que para lograr el éxito debía seguir su ejemplo y nunca desviarme del camino que ella marcaba. Clara, si quieres llegar lejos, haz exactamente lo que te digo. ¿Me has entendido bien?. Siempre asentía. Quería complacerla y no decepcionarla nunca.

Para mi madre, una mujer fuerte y triunfadora con una empresa de reformas en Madrid, la disciplina lo era todo. Yo trataba de ser su reflejo, aunque a veces me salía regular. Me encantaba jugar, a veces rompía cosas sin querer, me caía y me manchaba, pero en los estudios nunca bajaba la guardia. Un ocho ya era un drama familiar.

Clara, ¿cómo se te ocurre sacar un notable? ¡Qué vergüenza! Por favor, arréglalo cuanto antes me regañaba mi madre, con una mezcla de frustración y exigencia.

Vale, mamá, lo haré respondía resignada, aunque intentaba explicarle que solo era una vez.

No hay excusas, hija. Tienes que ser la mejor, la más inteligente y capaz.

Me esforzaba aunque suspendía mis ganas de decirle que eso me estresaba y al final, siempre acababa con sobresaliente. Terminé el bachillerato con matrícula de honor, como ella esperaba, y entré en la universidad pública de Madrid sin demasiados problemas, para alegría de mi madre.

Muy bien hecho, Clara. Estoy muy orgullosa de ti me soltó una vez, lo cual fue todo un logro viniendo de ella. Tienes que seguir a este ritmo.

De pequeña soñaba con ir a estudiar fuera, quizá a Salamanca, a Barcelona… Pero la idea no duró ni un suspiro. Clara, tienes que estar bajo mi control. ¿Irte a otra ciudad? Me cortó de raíz. Me conformé con la Complutense.

Ya en tercero de carrera, me pasó lo inesperado. Hasta entonces había salido con algún chico, pero nada serio. Pero en la facultad conocí a Nacho, rubio, de ojos claros, con una sonrisa irresistible. Iba a mi clase de Historia Contemporánea. Mi madre lo intuía todo, ni siquiera necesitaba decir palabra.

Clara, ¿estás enamorada?

¿Por qué lo preguntas? me hacía la inocente.

Se te nota en la cara. Tráelo a casa, quiero conocerlo insistió, con ese tono mandón que no admitía réplica.

Nacho vino a cenar. Hasta mi madre estuvo diplomática aquel día. Pero en cuanto se fue, me comentó sin rodeos:

Clara, este chico solo te utiliza. No veo nada especial en él. ¿De verdad te interesa alguien tan del montón?

Estás equivocada, mamá por primera vez la contradije. Nacho es inteligente, curioso, valiente. No hace falta que sea como tú, todos tenemos nuestro encanto y además, es joven.

No es para ti sentenció.

Decidí plantarme. Sea como sea, mamá, me voy a seguir viendo con él. Lo siento.

Ella me miró sorprendida y levantó las cejas. Ya te darás cuenta, tu Nacho no es gran cosa, soltó.

Me casé con Nacho al terminar la carrera, desafiando sus advertencias. Descubrí que los que no destacan en clase suelen encontrar su camino a su manera. Nacho pronto encontró un trabajo estupendo en una multinacional, mientras yo entré a trabajar en el negocio familiar, Obras Fernández. Al principio vivíamos en el piso que los padres de Nacho le regalaron de estudiante en Vallecas y, aunque por fin sentía algo de independencia, mi madre seguía presente en mi día a día laboral.

Un día Nacho llegó rebosante de alegría:

¡Clara! Me han ascendido a jefe de departamento, con contrato fijo tras el periodo de prueba. Creo que lo conseguiré.

Cumplió. En tres meses le hicieron indefinido. Nacho siempre me decía que mi trabajo con mi madre me coartaba, que nunca podría volar sola si no salía de su radio de influencia.

Clara, sal de la empresa de tu madre. Tienes que empezar a vivir de verdad. No puedes pasar la vida complaciéndola.

Escuchar a Nacho me hería. Sabía que tenía razón. Poco a poco él empezó a distanciarse de mí, a convertirse en alguien más frío y distante. Al principio lo agradecí, necesitaba mi espacio. Al menos seguía a mi lado.

Hasta que un día, regresó serio del trabajo.

He conocido a otra persona. Me he enamorado de verdad. Me voy de casa. Ella es diferente a ti, es auténtica.

Por primera vez perdí los papeles como nunca lo había hecho. Grité, lancé el móvil contra la pared, lloré de rabia, rompí una camisa suya y luego, de repente, me calmé.

Él lo observó todo en silencio y susurró:

No sabía que dentro de ti había este fuego. Lástima descubrirlo tan tarde.

Odiándolo, recogí mis cosas, alquilé un piso pequeño en Chamberí y me fui. Ni siquiera le conté nada a mi madre. Sabía lo que vendría. Logré ocultarle la situación casi un mes, pero me caló enseguida.

Clara, tienes una cara de tristeza ¿Pasa algo con Nacho? preguntó, y casi salté.

No pasa nada, porque no hay Nacho.

¡Lo sabía! Te lo advertí. Por lo menos no tienes hijos con él. Deberías escucharme más a menudo. ¿Entendido?

Pero esta vez me levanté y, sin más, respondí:

Mamá, todo sucede para bien. Y, por cierto, ya no trabajo contigo. Estoy harta de todo. Salí del despacho. Ella se quedó boquiabierta.

Decidí poner tierra de por medio, escapar de su zona de control. Aquella tarde salí a caminar sin rumbo, cogí el tranvía 8, y cuando bajé en mi parada, mi zapato se hundió en un bache y caí, torciéndome el tobillo. Solo faltaba esto, me quejé.

En ese momento, un hombre joven, de pelo castaño y gesto amable, se acercó. El tranvía ya había marchado. Me ayudó a ponerme en pie y dijo:

¿Te duele mucho?

Asentí, casi al borde de las lágrimas. Sin pensarlo, me cogió en brazos, me llevó hasta su coche y me propuso llevarme a urgencias.

Me llamo Eugenio me sonrió mientras conducía. ¿Y tú?

Clara.

En el hospital confirmaron que sólo era un esguince. Me vendaron firmemente el pie y me explicaron cómo cuidarlo. Eugenio esperó conmigo pacientemente y al final insistió en acercarme a casa.

Déjame tu teléfono, por si necesitas ayuda dijo respetuosamente.

No puse objeciones y se lo di. Al día siguiente me llamó.

¿Te acerco algo? Imagino que la pierna aún te duele.

Un zumo, algo de fruta, y pan le respondí intentando bromear.

Llegó a mi piso con un par de bolsas del supermercado, llenas de comida. Le abrí sorprendida.

¡Madre mía, Eugenio! ¿Hace falta tanto?

Es para celebrar nuestro encuentro dijo divertido. Si quieres, preparamos algo juntos. ¿Te parece si nos hablamos de tú?

Me eché a reír. No sentía ninguna tensión a su lado. Eugenio lo hizo todo: puso la mesa, calentó una tortilla de patata en el microondas, preparó zumo No trajo vino, explicó que no bebía alcohol, y la tarde pasó volando entre risas.

Cuatro meses después nos casamos y, al año, nació nuestra hija Jimena. Cuando me preguntaban cómo había encontrado a un hombre tan extraordinario, no podía evitar reír:

Literalmente me recogió en la calle decía entre risas. Si no lo creéis, preguntádselo a él

Gracias por leerme, por vuestro apoyo y cariño. Os deseo mucha suerte en la vida.

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Todo lo que sucede, acaba siendo para mejor Inés Victoria es la madre de Blanca, y desde siempre in…