Cuando tenía diecisiete años, mi padre se despidió para siempre. Mi madre trabajaba con empeño en dos empleos y apenas llegaba para cubrir lo más básico. Ahorrábamos hasta en el aliento, y en casa la fruta y los dulces eran secretos reservados para la Navidad o para alguna noche mágica de San Juan. Nunca me atrevía a pedirle nada a mi madre. Intentaba ganar algo de dinero para cubrir mis propias necesidades. Tengo una hermana pequeña, y junto con mi madre hacíamos todo lo posible para que no sintiera que le faltaba algo, ni siquiera un poco de luz.
La muerte de mi padre no fue el final de los infortunios. Una tarde fría, mi madre acabó en el hospital de Salamanca por un ictus. Desde entonces, el suelo parecía alejarse bajo sus pies: nunca más pudo caminar. Recibió una pensión por incapacidad, pero aquellos euros parecían evaporarse. La esperanza era tan escasa como el jamón en tiempos de guerra, pero me obligaba a creer en un mañana más claro.
Tuve que abandonar mis estudios en la Universidad de Valladolid y convertirme en el sustento de la familia. Era difícil cuidar de mi madre enferma y de mi hermana, como vivir en un sueño donde las paredes se derriten y las palabras flotan. Muchos conocidos me ofrecieron ayuda, pero siempre rechazaba. Antes del accidentado destino, mi madre era una mujer amable y sincera; después, como si la luna la hubiera transformado, se volvió otra persona.
Primero, se quejaba sin pausa de su destino; luego de mi hermana y de mí. Nada de lo que cocinábamos le parecía sabroso, el polvo nunca desaparecía lo suficiente y los euros gastados en nosotras le parecían oro perdido.
Intentaba no prestar atención a sus palabras retorcidas, consciente de su enfermedad, pero me dolía. Todo lo que hacía parecía invisible para ella. Mis amigos me insistían que contratara a una enfermera y que buscara otro trabajo. Sabía que podía ganar más, pero entonces, ¿quién cuidaría de mamá? ¿Cómo dejar que una extraña la acompañara, a pesar de que tiene dos hijas? Me parecía imposible.
Las quejas de mi madre se multiplicaban. Reprochaba cada compra, por insignificante que fuese. Y nosotras, cortando gastos, apenas respirábamos.
Durante mucho tiempo callé, esperando, siendo paciente. Hasta que algo cambió por completo mi manera de pensar. Enfermé: una fiebre feroz, dolor de cabeza, tos que parecía de otro mundo.
No pude dormir aquella noche de paredes ondulantes, y decidí ir al médico a primera hora. Al verme, mi hermana se preparó para el instituto, me abrazó y me pidió encarecidamente que no retrasara la visita. Mi madre, como si hablara desde un teatro absurdo, insistió en que no necesitaba ningún tratamiento. “Eres joven, el cuerpo aguanta”, dijo. Luego añadió, que ella está mucho peor que yo y necesita más euros. Si gasto el dinero en pruebas y consultas sólo saldrá que tengo un resfriado, y me acusó de querer desatenderla y precipitar su final.
Escuchaba todo eso llorando en silencio, sintiéndome hundida en un sueño donde los relojes nunca marcan la hora. Por ella, abandoné mis estudios y trabajé duro, aunque tenía otros caminos. Tan cansada estaba, que por una vez le grité todo lo que pensaba.
La consulta reveló que tenía neumonía. El médico insistió en hospitalización, pero esa opción me parecía tan surrealista como una catedral bajo el mar. No podía dejar a mi hermana sola con mamá. Compré los medicamentos y me fui a casa de mi amiga Estrella.
Estrella me recibió en su piso de Madrid. Me regañó por vagar por la ciudad en vez de quedarme arropada. Tras largas horas de charla y sueños mezclados, le conté mi situación, le pedí ayuda para encontrar una enfermera, y necesitaba un lugar donde quedarme. El aire era denso, como en los sueños donde las palabras no se entienden.
Estrella me propuso quedarme con ella mientras volvía a casa a por mis cosas. Al llegar, mamá me esperaba, gritando como una loca desde el otro lado del tiempo. No preguntó cómo estaba, sólo volvió a contar y descontar euros. La alimenté y después fui a mi habitación a descansar. Decidí que no podría vivir allí más.
Estrella cumplió rápidamente lo que había prometido. Encontró una enfermera y me acogió en su piso. Cambié de trabajo y no he vuelto a ver a mi madre. Quizá parezca cruel, pero creo que hice todo lo posible. Jamás recibí un agradecimiento. ¿De verdad merece la pena esforzarse tanto? El futuro aún me espera, como una plaza vacía al final de la noche.
Todos los meses envío dinero para cuidar a mamá y pagar a la enfermera. Doy más de lo que piden. Wiktoria, la mujer que ahora cuida de mamá, me cuenta que cada vez nos recuerda menos. Ya ni nos felicita en los cumpleaños, aunque mi hermana y yo sí lo hacemos. Pero eso ya no importa tanto. Conseguí cambiar de trabajo y pronto dejaré el piso de mi amiga. Mi hermana y yo planeamos alquilar nuestro propio espacio. Ella también me apoya y me dice: “Hay que cuidar a los padres, pero no cuando ellos te están consumiendo poco a poco”.






