30 de diciembre
Hoy ha empezado esa etapa del año en la que mi paciencia se pone a prueba. No sé cómo lo hacen las familias normales, pero en la mía los nervios siempre andan a flor de piel antes de los Reyes. Mientras removía el cocido, Aurora, mi esposa, me miraba como si acabase de sugerirle pintar la casa de rosa neón.
Le solté, tras darle muchas vueltas:
Aurora, cariño, ¿te importaría si mis padres duermen en nuestro dormitorio estas Navidades? Sabrás que mi padre lleva la espalda regular, las camas del salón no son aptas para su hernia, y mi madre no pega ojo si le da la luz del farol. Podríamos hacer el sacrificio un par de noches, ¿no?
El cacillo se le quedó estático en el aire. El caldo caía despacio de nuevo a la olla. Me giré y me topé con Aurora dándome esa mirada que sólo saca cuando sabe que la voy a liar.
A ver, Pablo, permíteme aclarar. Tus padres vienen a casa todas las fiestas, del 30 al 8, correcto. Pero ahora pretendes que les dejemos nuestra cama, nuestro colchón viscoelástico, ese que nos costó un riñón y tres meses de discusión, y que nos vayamos tú y yo al salón. ¿No?
Le sonreí como quien oculta un as en la manga.
Sí, mujer, ¿qué problema hay? Son mis padres. Hay que ser hospitalarios, tener respeto a los mayores. Además, no puedo ver al abuelo durmiendo doblado en el sillón cama.
Sabes que dormir ahí es una tortura, ni tú ni yo aguantamos. Pero por si no lo recuerdas, yo también tengo la espalda fastidiada desde el accidente. Y la vuelta al trabajo va a ser directa, tengo que cerrar el balance anual.
Solté aire por la nariz, intentando contenerme.
Mira, que ya lo pensé. No usaremos el sofá cama. Le pedí un colchón hinchable a Javier. Es enorme, doble, como una cama de hotel. Lo ponemos en el suelo y, oye, romántico, como de camping cuando éramos jóvenes.
¿Romántico tu suegra madrugando a las seis y cascando cazuelas junto al colchón? me soltó ella, cada palabra como una piedra de hielo. Eso no es romanticismo, eso es masoquismo.
Sí, bueno le pediré a mi madre que tenga cuidado Venga, Aurora. Los niños están ilusionados, los abuelos han comprado los billetes. No seamos egoístas. Ya les prometí que estarían cómodos. Mi madre no paraba de pedir disculpas Vamos a hacerlos sentir como en casa.
Ya has prometido, ¿eh? O sea, tú decides el uso de nuestra habitación sin consultarme.
Las discusiones con Aurora suelen acabar siendo monólogos míos y silencios suyos. Esa vez fue igual. Se fue al baño y ahí se quedó un buen rato, mirándose al espejo, supongo.
La preparación para la invasión así lo llamo ya sin ironía parecía el éxodo a otro país. Aurora vació el armario de nuestra habitación, puso los vestidos en el perchero de la entrada, y recogió de la cómoda sus cremas, las buenas, esas que sólo usa en ocasiones especiales. Mi madre, Carmen, siempre las revisa a escondidas y pontifica sobre olores y texturas.
¡Mira qué bien ha quedado! dije mientras inflaba el dichoso colchón en el centro del salón. ¡Este aguanta lo que le echen!
Aurora dudaba, igual que yo, de si aquel monstruo azul no iba a explotar en plena noche.
Llegaron mis padres a las siete de la mañana, como buen matrimonio ferroviario. Carmen, con su abrigo de visón (heredado de la tía Mercedes y un sombrero imposible), llevaba el aire de quien viene a poner orden.
¡Por fin hemos llegado! El tren una pesadilla, menuda azafata más desagradable. Aurora, hija, ¿mala cara o es que no duermes desde hace días?
Mi padre, Ramón, menos comunicativo, fue directo al asunto: «¿Dónde están las zapatillas?».
La primera inspección fue, cómo no, el dormitorio.
Limpio, sí, aunque le falta alegría a esas cortinas. Y el colchón ¿esto es el famoso colchón ergonómico? No sé yo si será cómodo. Ramón, pruébalo.
Y allá se tumbó mi padre con los pantalones del viaje. Aurora calló, apretó los dientes.
Fue un día de locura: entre la compra de última hora, las recetas que mi madre dictaba desde la mesa (mientras Aurora rallaba zanahorias para la ensaladilla, «¡no, hija, así no, mejor a lo grueso!»), y los comentarios mordaces sobre mi nula aptitud para ayudar.
La noche en el colchón fue una prueba existencial. Cada vez que uno se movía, el otro rebotaba. El plástico olía a rueda quemada. La sábana no cubría la superficie y el frío se colaba entre la escayola y los riñones. Aurora miraba al techo, yo intenté disimular, pero acabé roncando (me desperté con ella dándome codazos).
Las visitas nocturnas al baño de mis padres iluminaban el salón con focos cegadores. La ausencia de puerta entre la cocina y el salón nos hizo revivir la época de la vida en comuna.
El último día del año, Aurora arrastraba los pies como si hubiese andado el Camino de Santiago.
Qué mala cara traéis, Aurora Pablo, tienes ojeras como morcillas. ¿Tan mal habéis dormido? preguntó mi madre entre risas.
Hice de tripas corazón y sonreí.
Nada, mamá, la novedad.
Entonces Carmen remató:
¿Has puesto pepinillos encurtidos en la ensaladilla rusa? Yo siempre uso frescos. Y este mahonesa es muy pesado
Aurora, la paciencia personalizada, tembló.
Señora Carmen, lo hago como nos gusta a nosotros. Si desea con pepino fresco, prepare una fuente aparte. Los tienes en la nevera.
Silencio tenso. Mi madre puso cara de dignidad herida. Entendí que la cosa podía ir a mayores.
Quise mediar, pero Aurora se fue a la ducha. Allí descubrió que su champú había sido desplazado para dejar sitio a los botes de mi madre. Lo peor fue abrir el estante donde guardaba la crema cara: un agujero enorme en el tarro, una tercera parte menos.
Regresó con el frasco en la mano:
Señora Carmen, ¿ha cogido usted mi crema?
Ah, esa. Para los talones de Ramón, que los tenía como esparto. Cogí lo primero que vi. ¿Es grave?
¿Talones? ¿Con una crema de ciento cincuenta euros?
¿¡Ciento cincuenta!? Menuda barbaridad, Pablo, ¿lo sabías? Tu mujer tira el dinero y nosotros ayudándote con la hipoteca.
Es mi dinero replicó Aurora, heladora como el cierzo. Y era mi crema.
La tensión llegó a tope.
Mujer, tampoco hay para tanto, mañana te compro otra intenté apaciguar.
Y ahí, Aurora reventó. Agarró la maleta, se metió en la habitación, y al poco rato me encontré el mensaje:
Me voy a un hotel. He reservado dos noches en el Parador, con desayuno en cama y spa. No os preocupéis por la comida: la ensaladilla está en la nevera, el cordero en el horno, sólo hay que encenderlo. Que disfruten los abuelos.
A partir de ahí, caos. Mi madre protestó con ímpetu. Yo traté de hacer malabares entre ella y Aurora, pero no hubo tu tía. La noche de Nochevieja pillé el frío de mi vida. El colchón se pinchó y acabé sobre el parquet helado, mi padre refunfuñando y mi madre suspirando.
Aurora no respondió a mis llamadas hasta el día 2 de enero. Sólo contestó a mi mensaje cuando le supliqué que volviera; hasta le prometí que pondría a mis padres en el salón y que podría volver al dormitorio.
El día 3, Aurora regresó. La casa era un campo de batalla: platos amontonados, el salón hecho un desastre, comidas a medio terminar. Yo estaba hecho polvo. Al verla sentí alivio y vergüenza.
Mis padres, derrotados, aceptaron moverse al salón. Mi madre no discutió más. La autoridad de Aurora en casa quedó restaurada.
Esa noche, cuando volvimos a dormir en nuestro colchón, le pregunté al oído:
¿Realmente gastaste tanto en el hotel?
Ni lo dudes respondió, medio riendo. Y si tengo que repetirlo, lo hago. Pero la próxima vez, repártete tú el colchón hinchable con tus padres.
Sonreí y me prometí a mí mismo que jamás le volvería a pedir semejante sacrificio. Terminé entendiendo que la comodidad y el respeto propio no son negociables, ni siquiera ante la familia. El precio de la paz y del descanso a veces es alto, pero más caro es perder la armonía con quien compartes la vida.
Esta experiencia me ha recordado un valor muy castizo: cada uno, en su casa, es rey. Y quien no lo quiera ver, que duerma en colchón hinchable.






