Te lo advierto por última vez, si no cambias el salón del banquete, me niego a casarme contigo dijo la chica mientras sostenía en las manos las invitaciones, temerosa aún de firmarlas. Quedaban apenas dos semanas para la boda.
¿Y ahora qué te pasa, Inés? preguntó su prometido, apenado.
Tengo un mal presentimiento.
Eso es normal respondió él con una sonrisa. No se casa una todos los días. Los nervios pasan, te lo aseguro. Todo saldrá bien, te lo prometo.
¿Cómo puedes prometer algo que ni tú mismo sabes? ¿Tanto te cuesta ceder por una vez? ¿Cómo viviremos juntos si ya ahora no te importa mi opinión?
Inés, no somos tan ricos como para derrochar dinero replicó él, dolido. Ya he reservado el salón, el banquete y pagado la señal. Si anulamos, perdemos la fianza.
Eso no es lo peor, cariño. Simplemente, confía en mí.
No pienso darle vueltas a supersticiones absurdas. Eso, cuanto menos, no es sensato. Y lo máximo que puede pasar es que nos quedemos sin viaje de novios. ¿Vas a decirme, de una vez, qué ocurre?
Vale, escúchame. Pero no digas que esas cosas no existen. El que no creas en algo no significa que no sea posible.
Te lo prometo aseguró el chico.
Hace poco empezó a trabajar con nosotros una compañera muy extraña, se llama Almudena. Es muy reservada, viste siempre de tonos oscuros y evita hablar con cualquiera. Un día vino a mí y me dijo:
Saludos de tu abuela Manuela.
¿Qué? quedé pasmada. ¡Si a la abuela Manuela la enterramos hace ya tres años!
¿Quieres saber lo que ella quiere advertirte? me preguntó Almudena. Pero después del trabajo.
Acepté. Y esto fue lo que me contó:
Hace tiempo, inauguraron en nuestra ciudad un restaurante moderno con un elegante salón de banquetes. Un chico, Fernando, trabajaba de conductor en la obra, ganaba bien. Le propuso a su novia, Carmen, celebrar ahí la boda. Ella, de familia humilde de un pueblo, nunca había entrado en un restaurante, y sus familiares tampoco. Quería impresionar y alegrar a los suyos.
El día señalado, la novia resplandecía, el vestido blanco y el velo le sentaban de maravilla. El novio parecía un galán.
Tras la ceremonia, los coches y el autobús de los invitados enfilaron hacia el restaurante. Todos quedaron asombrados con el salón. Solo una anciana negó con la cabeza y murmuró:
Mira que poner flores artificiales en vez de naturales en una boda… Esto no trae nada bueno.
Nadie le hizo caso, en aquellos años todo era artificial: telas, vajilla, hasta la decoración. La industria química crecía, esto ocurrió por los setenta.
Sin embargo, los invitados trajeron flores frescas y las pusieron en unos jarrones en la mesa de los novios.
Y justo en mitad del banquete, los novios salieron a bailar un vals. Al volver, Carmen se quedó pálida: el ramo de rosas frescas que tenía enfrente estaba completamente mustio.
Los camareros se llevaron el ramo y la fiesta siguió. Pero poco después Carmen se sintió indispuesta y se desmayó. Abrieron las ventanas del salón, diciendo que sería el calor. Pero a Carmen le volvió a doler todo al poco rato. Los murmullos empezaron:
Seguro que está embarazada…
Mientras no sea grave, el embarazo se le pasará pronto bromeaban otros.
Yo vi una mancha de sangre en el vestido de Carmen le comentó un invitado a sus padres.
Estos se acercaron, pero no encontraron nada.
Al rato, corrió el rumor de que alguien había visto una extraña mujer de negro en la puerta. Buscaron por todo el restaurante, pero nunca dieron con ella.
La noche de bodas fue una pesadilla. Ni Fernando ni Carmen lograron dormir: tenían la sensación constante de que alguien invisible rondaba por la habitación. Oían ruidos y pasos, y a Fernando le parecía que una mirada los vigilaba.
Por la mañana, estaban fuera de sí.
Por aquel entonces, no era frecuente el viaje de novios. Los recién casados volvieron al trabajo tras la boda. Pero Fernando no llegó al siguiente fin de semana: murió en un accidente de tráfico. Su coche se desvió a la vía contraria sin causa aparente. Experto y prudente, nadie entendió jamás cómo pudo pasar.
Carmen sufrió muchísimo, decayó rápidamente. Un año después, desapareció sin dejar rastro. Nunca la encontraron.
Vaya historia escalofriante comentó Javier. ¿Y qué tiene que ver con nosotros?
Todo, Javier, ¡todo! Esa boda fue en ese restaurante y en ese mismo salón que has reservado Inés casi rompe a llorar.
¡No tiene sentido! Lo que pasó entonces no tiene nada que ver con nosotros. A saber las desgracias que habrá habido por todo el país…
Dicen que el restaurante se levantó sobre un cementerio antiguo. Y ese salón se ubica justo donde estaba la tumba de una novia que se quitó la vida pocos días tras casarse. Sorprendió a su esposo siéndole infiel y… Ahora entiendes, ¿verdad?
Sigo sin creer en esas cosas.
Su espíritu vengativo busca paz. Se lleva al marido justo después de la boda, y a la esposa al año siguiente. Y, ¿si ahora ha llegado nuestro turno? ¿Y si la advertencia de mi abuela desde el más allá era por algo?
No creo en maldiciones ni en supersticiones Javier se cansó de los temores de Inés. Si tú no quieres, me caso con Clara Clara era la amiga de Inés, firma las invitaciones o cumpliré mi palabra.
Inés dudó un instante más, pero la declaración de Javier sobre casarse con otra la llenó de inquietud y tristeza. Así que decidió cancelar la boda.
Y Javier, tal y como había prometido, se casó en poco tiempo con Clara, quien resultó ser, además, una traidora.
Menos de una semana después, la profecía se cumplió: Javier murió en un accidente de moto, los frenos fallaron sin explicación.
Inés temió por Clara, aunque aún no podía perdonarle su traición. Intentó encontrar a Almudena, la misteriosa compañera, para saber si podía ayudar a su antigua amiga, pero la chica había dejado el trabajo y nadie la localizó en la dirección que aparecía en su ficha.
Se dice que esa boda trágica ocurrió en los años setenta. Nunca hallé documentos que lo demostraran.
Y es lógico: estos sucesos nunca se hacían públicos, pero los vecinos bien los conocían.
La vida a veces nos pone señales extrañas en el camino; ignorarlas por mera razón puede costar muy caro. Debemos confiar en la intuición y en quienes nos cuidan, aunque sea desde más allá.





