¡Qué esperanzas teníamos de que mi madre por fin se jubilara, se marchara al pueblo y nos dejara su piso de tres habitaciones a mí y a mi marido!
Me gustaría relataros la historia de mi vecina, Consuelo. Por aquel entonces, ya contaba con 68 años. Consuelo siempre había vivido sola en su amplio piso con vistas a la calle Mayor, en pleno centro de Valladolid. No hace tanto que decidió alquilar su piso y marcharse de viaje.
Un día, su hija, Inés, vino a verme, visiblemente contrariada:
¿Pero qué hace mi madre? ¡Menuda desilusión me ha dado! Encima, mi suegra no para de decir que acabaré igual de chiflada cuando envejezca. Siempre está con ese refrán: De tal palo, tal astilla. Y justo ahora, que mi marido y yo acabamos de meternos en un préstamo para el coche Ya llevamos dos meses sin poder pagar. Confiábamos tanto en que mi madre nos ayudaría ¡Pero va y resulta que alquila su piso y se va de viaje!
Escuché a Inés sorprendida. No entendía por qué su madre debía pagar su crédito del coche. Pero Inés no dejó de hablar:
Mi suegra está enfadadísima porque seguimos viviendo en su casa y mi madre, en vez de invitarnos a la suya, la alquila.
En ese momento comprendí que Inés esperaba mi compasión. Sin embargo, en mi opinión, Consuelo obraba como debía. Tiene derecho a vivir como le plazca. ¿Por qué tantos dan por hecho que una mujer, al jubilarse, ha de entregarse completamente al cuidado de hijos y nietos? No me parecía justo. Así que le pregunté a Inés:
¿Por qué no os apoyáis tú y tu marido en vuestras propias fuerzas? ¿Por qué no habéis dedicado estos quince años de matrimonio a compraros vuestro propio hogar? Así tu suegra no podría deciros nada.
Inés me confesó, suspirando:
Soñábamos con que mi madre, al jubilarse, se iría al pueblo, y así mi marido y yo heredaríamos su piso de tres habitaciones…
Entonces, quise bromear un poco para aliviar la conversación:
¿Y si a Consuelo le da por casarse de nuevo? Recuerdo a una amiga suya que se fue de vacaciones a las Islas Canarias, conoció a un hombre y acabó casándose allí. Ahora viven felices en Tenerife. Quién sabe, igual Consuelo hace lo mismo.
Inés me miró atónita después de aquello. Yo, poco después, vi en el periódico local algunas fotos de Consuelo, radiante junto al mar. Contaba cómo estaba disfrutando y saboreando por fin la vida. Me alegré sinceramente por ella. Sigo pensando que hizo lo correcto. Nadie debería creer que la edad es un obstáculo para ser feliz, ni para buscar nuevas y bellas experiencias.







