Creo que el amor se ha acabado
Eres la chica más guapa de toda la facultad le dijo entonces Daniel, alargándole un ramo de margaritas del mercadillo de San Fernando.
Celia se rió, aceptando las flores. Olían a verano y a algo indefiniblemente correcto. Daniel estaba allí plantado, con esa mirada de quien sí sabe lo que quiere. Y quería a ella.
Su primera cita fue en el Retiro. Daniel trajo una manta, un termo de té y unos bocadillos que había hecho su madre en casa. Se quedaron sentados en el césped hasta que ya no se veía ni una farola. A Celia se le quedó grabada su risa, echando la cabeza hacia atrás. El roce de su mano, supuestamente sin querer. La manera en la que la miraba, como si fuera la única persona de todo Madrid.
A los tres meses, la llevó al cine a ver una comedia francesa que Celia no entendió, pero se rió igual que él. A los seis meses, conoció a los padres de Daniel. Al año, él le pidió que se fuese a vivir con él.
Si total, pasamos todas las noches juntos decía Daniel mientras jugaba con su pelo. ¿Para qué pagar dos alquileres?
Celia aceptó, claro, pero no por el dinero. Era que con él el mundo cobraba sentido.
Su piso de alquiler olía a cocido los domingos y a ropa planchada recién guardada. Celia aprendió a hacerle las albóndigas favoritas de Daniel: con ajo y perejil, igual que las de su madre. Por las noches, él leía en voz alta artículos de revistas de economía y finanzas. Soñaba con montar su propio negocio. Celia escuchaba, con la mejilla apoyada en la mano, y le creía cada palabra.
Hacían planes. Primero ahorrar para la entrada. Luego, su propio piso. Después, un coche. Los niños, por supuesto: dos, uno y una.
Tenemos tiempo de todo decía Daniel, besándole la coronilla.
Y Celia asentía. A su lado, se sentía invencible.
Quince años de vida juntos acabaron cubiertos de objetos, manías y rutinas. Piso en Chamberí, con vistas a una plazoleta. Hipoteca a veinte años, que pagaban adelantado quitándose viajes y cenas fuera. Un Toyota plateado aparcado abajo: Daniel lo eligió, regateó él solo y luego lo pulía cada sábado hasta dejarlo reluciente.
El orgullo burbujeaba, calentito. Lo habían conseguido solos, sin ayuda de los padres, sin enchufe, sin suerte. Trabajando, ahorrando, aguantando.
Ella nunca se quejaba. Ni cuando estaba tan rendida que se dormía en el Cercanías y no se bajaba hasta la última parada. Ni cuando solo quería dejarlo todo e irse a Cádiz a vivir una semana al sol. Eran un equipo. Así lo decía Daniel, y Celia lo creía.
La prioridad siempre era el bienestar de él. Celia aprendió esa norma de memoria, la metió en el ADN. ¿Malo día en la oficina? Ella preparaba la cena, servía té, escuchaba. ¿Bronca con el jefe? Le acariciaba el pelo, le susurraba que todo iría bien. ¿Dudas consigo mismo? Buscaba las palabras para sacarlo del hoyo.
Eres mi ancla, mi refugio, mi hogar decía Daniel entonces.
Celia sonreía. Ser el ancla de alguien, ¿no es felicidad?
Hubo malos momentos, sí. El primero, a los cinco años juntos. La empresa de Daniel quebró. Él estuvo tres meses en casa, mirando ofertas de trabajo y cada vez con peor cara.
La segunda vez, peor aún. Unos compañeros le dieron el cambiazo con unos papeles y no solo perdió el empleo: además tuvo que pagar un buen dinero. Vendieron el coche para saldar la deuda.
Celia jamás le reprochó nada. Ni palabra, ni mirada. Cogía proyectos extra, trabajaba noches, se apretaba el cinturón. Solo le preocupaba una cosa: si él aguantaría. Si no se rompería. Si no perdería la fe en sí mismo.
Daniel salió adelante. Encontró trabajo, aún mejor. Volvieron a comprarse el mismo Toyota plateado. Todo volvió a su cauce.
Un año atrás, en la cocina, Celia se atrevió a decir en alto lo que llevaba tiempo pensando:
¿Quizá ya va siendo hora? Ya no tengo veinte años Si seguimos posponiéndolo
Daniel asintió, serio, reflexivo.
Vamos a por ello.
Celia contuvo el aire. Tantos años soñando, esperando el momento correcto. Al fin, había llegado.
Lo imaginaba una y mil veces: manitas apretando la suya, olor a nenuco, primeros pasos en el salón, Daniel contando cuentos antes de dormir. Su hijo, su hija. Ya era hora.
Los cambios llegaron enseguida. Celia lo repasó todo: dieta, horarios, ejercicio. Se apuntó al médico, se hizo análisis, empezó con las vitaminas. La carrera profesional pasó a segundo plano, justo cuando iban a ascenderla.
¿De verdad lo tienes claro? preguntó su jefa, por encima de las gafas. Estas oportunidades pasan una vez en la vida.
Y Celia lo tenía clarísimo. El ascenso significaba viajes, horas de más, estrés. No es plan para quedarse embarazada.
Prefiero que me pasen al barrio dijo.
La jefa se encogió de hombros.
El puesto nuevo estaba a quince minutos de casa. Un trabajo sin brillo, monótono, sin proyección. Pero podía salir a las seis y olvidarse del correo todo el fin de semana.
Celia se adaptó rápido. Los compañeros eran majos, aunque poco ambiciosos. Se llevaba su tartera de casa, caminaba en los descansos, se acostaba antes de medianoche. Todo por el futuro bebé. Por su familia.
El frío llegó sin hacer ruido. Al principio pensó que Daniel andaba liado: trabajaba mucho, se le notaba cansado.
Pero dejó de preguntarle cómo había ido el día. Dejó de abrazarla antes de dormir. Ya no la miraba como al principio, cuando decía que era la más guapa de la facultad.
En casa reinaba el silencio. Un silencio incómodo. Antes hablaban horas del trabajo, de planes, de tonterías. Ahora Daniel se pasaba la tarde en el móvil. Contestaba con monosílabos. Se metía en la cama de espaldas.
Celia yacía a su lado mirando el techo. Entre los dos, un abismo de medio metro de colchón.
Nada de sexo. Dos semanas, tres, un mes Celia perdió la cuenta. Siempre había una excusa:
Muy cansado. Mañana mejor.
Pero el mañana no llegaba nunca.
Una noche, decidió plantarle cara, cortándole el paso al baño.
¿Qué pasa? Pero dime la verdad.
Daniel miraba al marco de la puerta.
Nada, de verdad.
No me lo creo.
Te estás liando. Es solo una temporada. Ya pasará.
Él la esquivó y se encerró en el baño. Se puso la ducha.
Celia se quedó en el pasillo, la mano en el pecho. Dolía. Un dolor sordo, constante.
Aguantó un mes. Luego, ya no más:
¿Tú me quieres?
Silencio. Un silencio largo, de los que dan miedo.
No sé qué siento por ti.
Celia se dejó caer en el sofá.
¿No lo sabes?
Daniel por fin la miró. Había vacío. Desconcierto. Ni rastro del fuego de quince años atrás.
Creo que el amor se ha acabado. Hace mucho. No decía nada para no hacerte daño.
Meses allí, en el infierno, sin saber la verdad. Analizaba sus gestos, sus palabras, buscando causas. Si era por el trabajo. Si sería la crisis de los cuarenta. Si solo estaba de bajón.
Y resultó que simplemente ya no la quería. Y se callaba, mientras ella preparaba su vida futura, renunciaba a su carrera, se preparaba para ser madre.
La decisión vino así, de golpe. Adiós a los “puede”, a los “a lo mejor”, los “hay que esperar”. Basta.
Voy a pedir el divorcio.
Daniel se quedó blanco. El nudo de su garganta subió y bajó.
Espera. No hace falta ir tan deprisa. Podemos intentarlo…
¿Intentarlo?
¿Y si tenemos un hijo? Igual eso lo cambia todo. Dicen que los niños unen.
Celia soltó una carcajada, amarga y fea.
Un hijo solo lo empeoraría todo. No me quieres. ¿Para qué vamos a tener hijos? ¿Para luego divorciarnos con un bebé en brazos?
Daniel guardó silencio. No tenía nada que decir.
Celia se marchó ese mismo día. Metió lo esencial en una maleta, alquiló una habitación a una amiga. Presentó los papeles de divorcio a la semana, cuando las manos ya no le temblaban.
El reparto prometía ser largo. El piso, el coche, quince años de vida juntos y compras a medias. El abogado le hablaba de valoraciones, porcentajes, negociaciones. Celia asentía, tomaba apuntes, intentaba no pensar en cómo su vida entera se resumía ahora en metros cuadrados y caballos de potencia.
En poco tiempo, encontró su propio pisito. Celia aprendía a existir en singular. A cocinar para una sola. A ver series sin nadie que le hiciera comentarios. A dormir ocupando toda la cama.
Por las noches, la tristeza volvía. Se abrazaba a la almohada y recordaba. Las margaritas del mercadillo. Las mantas en El Retiro. Su risa, sus manos, su voz diciéndole eres mi ancla.
El dolor era insoportable. No se tiran quince años de amor como se tira la basura al contenedor.
Pero, atravesando el dolor, llegaba otra cosa. Alivio. Certeza. Había llegado a tiempo. Había frenado antes de atarse a alguien así con un hijo. Antes de encallarse en un matrimonio sin sentido por mantener la familia.
Treinta y dos años. Toda la vida por delante.
¿Da miedo? Muchísimo.
Pero podrá con ello. No le queda otra.







