Dicen que con la edad te vuelves invisible…
Que dejas de ser importante. Que estorbas.
Lo dicen con una frialdad que hiere
como si dejar de ser vista fuera una cláusula más en el contrato de envejecer.
Como si una tuviera que aceptar su rincón
y transformarse en un objeto más de la sala
callada, inmóvil, apartada.
Pero yo no he nacido para los rincones.
No voy a pedir permiso para existir.
No voy a bajar la voz para no molestar.
No he venido a este mundo para convertirme en la sombra de quien fui,
ni para encogerme y que otros se sientan cómodos.
No, señores.
A esta edad cuando muchos esperan que me apague
yo elijo arder.
No pido perdón por mis arrugas.
Me siento orgullosa de ellas.
Cada una es la firma de la vida
la señal de que he amado, que he reído, que he llorado, que he sobrevivido.
Me niego a dejar de ser mujer
solo porque ya no encajo en los filtros,
o porque mis huesos no soportan tacones.
Sigo siendo deseo.
Sigo siendo creatividad.
Sigo siendo libertad.
Y si eso incomoda
mejor todavía.
No me avergüenzo de mis canas.
Vergüenza sentiría de no haber vivido lo suficiente como para merecerlas.
No me apago.
No me rindo.
Ni abandono el escenario.
Sigo soñando.
Sigo riendo alto.
Sigo bailando a mi manera.
Sigo gritando al cielo que me quedan muchas cosas por decir.
No soy recuerdo.
Soy presencia.
Soy fuego lento.
Soy alma viva.
Soy mujer con cicatrices
que ya no necesita muletas emocionales.
Mujer que no espera la mirada ajena para saberse fuerte.
Así que no me llaméis pobrecita.
No me ignoréis por ser mayor.
Llamadme valiente.
Llamadme fuerza.
Llamadme por mi nombre
con voz firme y la copa alzada.
Llamadme Valeria.
Y que quede claro:
sigo aquí
Erguida, con un alma encendida.





