La maleta con las cosas estaba junto a la puerta, cerrada como el último detalle antes de irse. Lucía ajustaba nerviosa el cinturón, lanzando miradas rápidas a su hermana y a su hijo. En el recibidor olía a humedad: fuera lloviznaba y el barrendero empujaba las hojas mojadas hacia la acera. Lucía no quería marcharse, pero explicárselo a Adrián, de diez años, no tenía sentido. Él permanecía callado, mirando al suelo con terquedad. Carmen intentaba mostrarse animada, aunque por dentro todo se le encogíaAdrián viviría ahora con ella.
“Todo irá bien”, dijo, forzando una sonrisa. “Mamá volverá pronto. Mientras tanto, nos arreglaremos”.
Lucía abrazó a su hijo con fuerza y rapidez, como si tuviera prisa por irse antes de cambiar de idea. Luego asintió a su hermanatú lo entiendes. Un minuto después, la puerta se cerró tras ella, dejando un silencio espeso en el piso. Adrián seguía junto a la pared, abrazando su mochila vieja. Carmen sintió de pronto incomodidad: su sobrino en su casa, sus cosas en la silla, sus zapatos junto a sus botas. Nunca habían convivido más de un par de días.
“Pasa a la cocina. La tetera ya está hirviendo”, dijo.
Adrián la siguió en silencio. En la cocina hacía calor: sobre la mesa había tazones y un plato con pan. Carmen sirvió té para ambos, hablando de trivialidadesel tiempo, que habría que comprarle botas de agua nuevas. El niño respondía con monosílabos, mirando más allá de ellaquizá a la ventana con las gotas de lluvia, quizá hacia dentro.
Por la noche, ordenaron sus cosas juntos. Adrián colocó las camisetas con cuidado en el cajón y apiló los cuadernos junto a los libros. Carmen notó que evitaba tocar los juguetes de su infanciacomo si temiera alterar el orden de una casa ajena. Decidió no presionarle.
Los primeros días fueron tensos. Las mañanas antes del colegio transcurrían en silencio: Carmen le recordaba desayunar y revisaba la mochila. Adrián comía lento, casi sin levantar la vista. Por las tardes, hacía los deberes junto a la ventana o leía un libro de la biblioteca. Rara vez encendían la teleel ruido molestaba a ambos.
Carmen entendía: al niño le costaba adaptarse a una nueva rutina y a un piso desconocido. Ella misma notaba que todo parecía provisionalhasta las tazas en la mesa como si esperaran a alguien. Pero no había tiempo que perder: en dos días debía formalizar la tutela.
En el registro civil olía a papeles y ropa húmeda. La cola serpenteaba junto a carteles sobre ayudas sociales. Carmen llevaba bajo el brazo una carpeta con los documentos: la solicitud de Lucía, su consentimiento, copias de los DNI y el certificado de nacimiento de Adrián. La funcionaria tras el mostrador habló con sequedad:
“Necesitamos un certificado de empadronamiento del niño y el consentimiento del otro progenitor”.
“No está. Ya presenté la copia de la partida de defunción”.
“Aún así, requerimos un documento oficial”.
Revisaba los papeles con lentitud; cada observación sonaba a reproche. Carmen notaba desconfianza tras las palabras formales. Explicó la situación una y otra vez, hablando del turno de trabajo de su hermana, mostrando el itinerario. Al final aceptaron la solicitud, pero advirtieron: la respuesta tardaría al menos una semana.
En casa, Carmen disimulaba el cansancio. Llevó a Adrián al colegiopara hablar con su tutora. En el vestíbulo, los niños empujaban junto a las taquillas. La profesora los recibió con reservas:
“¿Ahora es usted su responsable? ¿Tiene los documentos?”.
Carmen le entregó los papeles. La mujer los examinó con detenimiento:
“Debo informar a dirección Y en todo caso, ¿las consultas son ahora con usted?”.
“Sí. Su madre trabaja por turnos. He solicitado la tutela temporal”.
La profesora asintió sin mucha empatía:
“Lo importante es que no falte a clase”.
Adrián escuchaba la conversación con el rostro tenso, luego se marchó al aula sin despedirse. Carmen notó que en casa callaba más, a veces pasaba tardes enteras junto a la ventana. Intentaba entablar conversaciónpreguntaba por sus amigos o las tareas. Las respuestas eran breves; tras ellas, se adivinaba fatiga.
A los pocos días, llamaron de servicios sociales:
“Visitaremos el domicilio para evaluar las condiciones del niño”.
Carmen limpió el piso a conciencia; esa noche, Adrián y ella quitaron el polvo y ordenaron juntos. Le propuso elegir un sitio para sus libros.
“Total, luego volverán a su sitio”, murmuró él.
“No tiene por qué. Puedes colocarlos como prefieras”.
Se encogió de hombros, pero los reorganizó él mismo.
El día señalado, llegó una trabajadora social. En el recibidor, sonó su teléfono; habló con brusquedad:
“Sí, sí, ahora lo reviso”.
Carmen le mostró las habitaciones. La mujer preguntó por los horarios, el colegio, la alimentación. Luego interrogó a Adrián:
“¿Te gusta estar aquí?”.
El niño se encogió de hombros, con mirada obstinada.
“Echa de menos a su madre Pero mantenemos una rutina. Hacemos los deberes a tiempo, paseamos después del colegio”.
La mujer resopló:
“¿Alguna queja?”.
“Ninguna”, respondió Carmen con firmeza. “Si hay dudas, llámeme directamente”.
Esa noche, Adrián preguntó:
“¿Y si su mamá no puede volver?”.
Carmen se quedó quieta, luego se sentó a su lado:
“Lo superaremos juntos. Te lo prometo”.
Calló un largo rato, finalmente asintió casi imperceptiblemente. Esa tarde, por primera vez, ofreció ayudarle a cortar el pan para la cena.
Al día siguiente hubo un incidente en el colegio. La tutora citó a Carmen después de clase:
“Su sobrino se ha peleado con un niño de otro grupo No estamos seguros de que pueda manejar la situación”.
El tono era frío; tras él, se percibía desconfianza hacia una mujer ajena con derechos temporales. Carmen sintió rabia:
“Si hay problemas con su comportamiento, hábleme directamente. Respondo por él legalmente; usted ha visto los documentos. Y si necesita apoyo psicológico o refuerzo, participaré en todo personalmente. Pero no juzgue a nuestra familia sin conocerla”.
La profesora la miró sorprendida, luego asintió secamente:
“De acuerdo Veremos cómo evoluciona”.
De vuelta a casa, Carmen caminó junto a Adrián; el viento tiraba de sus capuchas. Sentía cansancio, pero ya no había dudas: no había marcha atrás.
Esa noche, tras poner la tetera, sacó el pan de la cesta. Adrián, sin que se lo pidieran, lo cortó en rebanadas y las repartió en los platos. La cocina se llenó de un calor acogedorno de la lámpara, sino de la certeza de que allí nadie los juzgaría. Carmen notó que el niño ya no evitaba su mirada; incluso la observaba de reojo, como esperando algo. Ella solo sonrió y preguntó:
“¿Quieres té con limón?”.
Se encogió de hombros, pero esta vez no apartó la vista. Tras la cena, no le apuró con los deberesfregaron los platos juntos, y en ese gesto cotidiano nació una complicidad nueva. La tensión de las primeras semanas empezaba a disiparse.
Más tarde, en su habitación, Adrián se acercó con el cuaderno de matemáticas. Le mostró un problema que no entend







