¿Estás ocupada, Lucía? preguntó su madre asomándose a la habitación de su hija.
Dame un minuto, mamá. Envío este correo y te ayudo contestó la chica sin apartar los ojos de la pantalla.
Me he quedado corta de mayonesa para la ensaladilla y, encima, olvidé el eneldo. ¿Te pasas por el súper antes de que cierre?
Vale.
Perdona por molestarte. Ya te has peinado y todo… Tengo la cabeza loca con tanto preparativo para Nochevieja suspiró la madre.
Estoy Lucía cerró el portátil y se giró. ¿Qué decías?
Se calzó las botas, se enfundó el abrigo pero, ni hablar, el gorro no. Que para una vez que se hacía un buen peinado, no iba a estropearlo. Además, el supermercado estaba en el bloque de al lado: ni para congelarse. Fuera, caía una nevada menuda y el frío era ese justo, como de postal navideña.
En el súper había poca gente, sólo algún que otro despistado resolviendo un olvido de última hora. El eneldo sólo estaba mezclado con perejil y cebollino, medio mustio. Lucía pensó en llamar a su madre para preguntarle si valía, pero… voilà, móvil olvidado en casa de tanto correr. Se lo pensó unos segundos y acabó llevándose el pack de hierbas, rescató el único paquete de mayonesa de una estantería ya temblando y pasó por caja.
No había dado ni tres pasos al salir, cuando un coche apareció a la vuelta y la cegó con los faros. De un respingo, Lucía saltó a un lado. El tacón patinó en una lámina de hielo cubierta de nieve y… adiós glamurosa, lució cañazo monumental en la acera. La bolsa voló por los aires.
Intentó levantarse, pero el tobillo ardía con tal furia que las lágrimas asomaron. Nadie a la vista, el móvil en casa. ¿Y ahora qué? Ni escuchó cómo se cerraba una puerta silenciosa del coche.
¿Te has hecho mucho daño? Al inclinarse sobre ella, un chico joven ¿podrás ponerte en pie? Déjame, te ayudo tendió la mano.
Creo que me he roto el tobillo gracias a ti. Vais como locos con el coche, la calle parece una pista de hielo bufó Lucía entre lágrimas, rechazando el ofrecimiento de ayuda.
La culpa es tuya. ¿A quién se le ocurre ir con tacones de noche?
¡Y tú podrías irte a paseo! se le escapó entre sollozos.
¿Vas a quedarte aquí toda la noche? Mira, no soy un criminal ni nada dijo él mirando a su alrededor . ¿Dónde vives?
Allí apuntó Lucía hacia el portal de al lado.
El chico la dejó un momento cosa que la dejó mosca pero pronto oyó el motor dar marcha atrás hasta situarse junto a ella.
Ahora te levanto, pero apoya sólo la pierna buena. A la de tres y, sin darle tiempo a protestar, la subió de un tirón y la sostuvo en pie. Ella recogió la pierna dolorida.
¿Te aguantas? y, sujetándola con una mano, abrió la puerta del coche con la otra. Apóyate y súbete.
¡La bolsa! gritó Lucía mientras se lanzaba al asiento.
Él recogió la bolsa y la dejó en la parte de atrás. Al llegar al portal, la ayudó a salir del coche y la cogió en brazos como si fuera un costal de patatas de lujo. Cerró la puerta de un puntapié.
En la puerta del portal, pararon.
¿Las llaves están en la bolsa? ¿O hay alguien en casa?
Mi madre.
Pues marca el portero y que te abra.
En su bloque no había ascensor, así que a él le tocó subirla a pulso los tres pisos. Lucía se agarró a su cuello, notando cómo el chico resoplaba. Bajo la luz mortecina pudo ver que le sudaba la frente. Bien hecho, por ir tan chulito con el coche, pensó maliciosa.
Déjame aquí, puedo sola pidió Lucía en el rellano.
El chico ni caso. Resoplaba y seguía. De pronto, la puerta del piso se abrió de par en par y apareció la madre.
¿Lucía? ¿Pero esto qué es?
El chico, a lo ariete, avanzó, la madre no tuvo más remedio que apartarse. Él depositó a Lucía en el suelo y aspiró aire.
Tráigame una silla, por favor pidió a la madre, que estaba pegada a la percha, temblando.
La madre fue a la cocina, trajo una silla y por fin Lucía se sentó, poniendo el tobillo en alto. El chico se arrodilló delante de ella.
¿Pero esto qué demonios pasa? exclamó la madre, atónita.
Él ni caso. Sujetó el tobillo de Lucía y de un tirón rápido le desabrochó la bota. Lucía dio un grito.
¡Ay, por favor!
¿Pero qué hace usted? ¡Le duele! chilló la madre, viendo cómo el tobillo se hinchaba más y más, ya virando a morado debajo de las medias.
Llamo a una ambulancia dijo la madre.
Es sólo una dislocación, soy médico. Tráigame hielo, rápido ordenó él.
Y la madre, sin rechistar, fue a la cocina, volvió con un pollo congelado envuelto en bolsa de plástico.
Póngaselo al tobillo el chico se enderezó y fue a la puerta.
¿Se va? dijo Lucía asustada.
Bajo al coche. Tengo vendas elásticas. Y traigo su bolsa también dijo, y desapareció.
¿Has dejado la bolsa en el coche de ese chico? ¿Quién es? preguntó la madre mientras se la veía sufriendo sólo de mirarle el tobillo a su hija.
Ha salido de la nada en el coche, me he resbalado, caído y me ha traído a casa. Poco más sé.
¿Y si es un ladrón de los de la tele? Cuando se vaya con la bolsa, te quedas sin tarjeta, dinero, llaves… ¿Llamamos a la policía? susurró la madre.
¡Pero mamá, por favor! Si quisiera robarme, me deja tirada en la calle. Además, me ha traído a pulso.
Yo qué sé… la madre seguía dudando.
En ese momento sonó el telefonillo.
Es él. Mamá, abre pidió Lucía.
El chico entró, echó un vistazo a ambas, dejó la bolsa en el mueble del recibidor.
Revísalo si quieres. se quitó la cazadora y se arrodilló de nuevo.
Ahora duele, pero es lo que hay. Hay que recolocar explicó.
Sujetó el pie, Lucía apretó los dientes tan fuerte que casi se le quedan marcados.
Creo que se le quema algo, señora le dijo el chico a la madre.
La señora salió disparada a la cocina.
Aprovechando que ella no estaba, ajustó el hueso de golpe. Un fogonazo de dolor subió desde el tobillo hasta el último pelo de la cabeza. Lucía aulló.
Ya está, ahora irá mejor dijo el chico en voz baja.
La madre volvió, lista para reñir.
Ya está recolocado. Dolerá unos días. No lo apoyes mucho él bajó la pierna al suelo y se puso la cazadora.
Gracias, y perdón por pensar mal de ti se disculpó la madre . ¿Te quedas? Falta nada para las campanadas, y tengo todo a punto.
El chico dudó, pero asintió.
Si no molesto…
¡Qué va! ¡Y de paso abres el cava! la madre sonrió.
¡Mamá! protestó Lucía.
Venga, voy al horno por la carne, y tú, joven, acompaña a Lucía al salón arregló la madre.
Lucía, aferrada al brazo del chico, saltó al sofá de puntillas. Probó tímidamente a apoyar el pie. Dolía, pero se aguantaba. Se sentía hasta bien de tenerle al lado, su mano en la cintura…
Gracias murmuró sentándose y estirando la pierna.
No tienes nada que agradecer. Es culpa mía.
No es verdad, me tiré yo sola dijo Lucía . ¿Cómo te llamas?
Gonzalo. ¿Nos tuteamos?
Claro. ¿De verdad eres médico?
Cirujano. Quería pasar rapidito por el supermercado… se sentó junto a ella.
¿Te espera tu mujer?
Se fue hace seis meses. Hasta los médicos nos dejan: ni fines de semana ni festivos me libra la guardia, así que se fue con la niña a casa de su madre.
Seguro que estoy hecha un cuadro admitió Lucía algo cortada.
Al contrario.
Así los tres celebraron el Año Nuevo. Que dicen que como lo empiezas…
Cuando Gonzalo se marchó, Lucía y su madre se fueron a la cama. Pero Lucía no pegó ojo: seguía sintiendo su mano en la cintura, pensaba en cómo la había llevado en brazos… Al día siguiente, aún con el tobillo como una pelota y el vendaje apretando, fue capaz de caminar un poco.
No pudo disimular la alegría cuando Gonzalo volvió a pasarse. Le quitó el vendaje, miró el tobillo, lo volvió a vendar.
Bien. ¿Puedes apoyar?
Lo intenté respondió Lucía.
¿Un té? ofreció la madre.
A la próxima. En nada entro de guardia.
¿Vendrás otro día? preguntó Lucía deprisa.
Le regresó una sonrisa.
Dos meses después, Lucía se mudó con él.
No está divorciado, ¿y si vuelve la ex? refunfuñaba la madre mientras su hija hacía la maleta.
No va a volver, mamá. Además, Gonzalo me ha dicho que la ex tiene otro.
No lo veo claro. Vas muy rápido…
El año pasó volando, y fue un año feliz, aunque Lucía se moría de celos cuando él iba a ver a su hija. Sabía que se veía también con la ex una mujer guapa, para qué negarlo, la vio en fotos. Empezó, poco a poco, a entender a la anterior esposa: a Gonzalo lo reclamaba el hospital día sí día también; las guardias, fiestas, siempre alguien pidiendo algo. Y, para colmo, rodeado de enfermeras. ¿Quién no iba a enamorarse? Pero cuando estaba con ella, Lucía sentía que le llegaba la felicidad hasta la raíz del pelo.
Un año después, Gonzalo seguía sin firmar el divorcio. Eso a Lucía le fastidiaba. Y la madre no paraba: que hables con él, que aclares las cosas… Pero Lucía no se decidía.
La tarde del treinta y uno de diciembre, Lucía estaba trajinando en la cocina. En el salón relucía el árbol, el vestido nuevo descansaba en la cama. Ella comprobó la carne, cuando sonó el móvil. Al entrar, vio a Gonzalo hablando junto a la ventana.
Vale, voy ahora dijo él, y se giró.
¿Otra vez te reclaman en Urgencias? la voz de Lucía apenas era un susurro cargado de lágrimas.
No. Es la ex. Dice que la niña me espera, que llora, que no quiere dormirse sin mí. Voy y vuelvo.
Gonzalo, faltan menos de tres horas para las uvas la voz de Lucía se quebró.
No tardo, tranquila. La acuesto y vuelvo, le doy el regalo, y ya está. Le plantó un beso en la mejilla y salió.
Lucía trataba de convencerse de que no debía ponerse celosa, pero costaba. Lo dejó todo listo, se puso el vestido, y las agujas del reloj corrían sin que Gonzalo regresara. No quiso llamar ¿y si iba conduciendo?. Le mandó un mensaje; nada, ni leídos.
Desesperada, dio un repaso triste a la mesa, apagó las velas. Por primera vez entendió a la exmujer. ¿Y si volvía con ella? ¿Qué sería de Lucía? Porque sí, estaba enamorada.
Esperar y escuchar cada ruido en el pasillo era un tormento. Entonces recordó a la vecina del bajo, una señora mayor, sola de toda la vida. Gonzalo le contó que nunca estuvo casada ni tuvo hijos. Ahora ella misma estaba sola; recibir el Año Nuevo en soledad le pareció cruel. Lucía cogió dos tuppers en la cocina ensaladilla en uno, trozo de roscón en otro y bajó.
La vecina tardó en abrir. Lucía explicó atropelladamente el porqué de su visita. Al fin, la mujer la dejó pasar, medio bizca de la sorpresa.
Te traigo ensaladilla y roscón, lo hice yo. ¿No te importa que te haga compañía?
Pasa dijo la vecina.
La casa era pequeña, limpia y cálida. No había árbol ni mesa vestida de celebración, sólo un televisor encendido bajito.
Gracias, siéntate, yo voy por el té y se marchó a la cocina.
¿Vives con Gonzalo? preguntó luego, sirviendo infusión.
Sí asintió Lucía.
La señora pareció aprobar.
La otra nunca saludaba ni veía a nadie. Tú eres diferente. ¿Hoy se lo han llevado ya?
Fue a ver a su hija.
De nuevo asintió la señora.
Volverá, tranquila. Es un hombre cabal.
¿Y usted está sola?
Siempre. Por tonta. De joven me enamoré y mi amiga me lo quitó.
¿Cómo fue?
Yo me fui a estudiar enfermería a Madrid, y mi novio, Federico, se quedó en el pueblo. Aquella Nochevieja quise ir a verle… el bus se estropeó, nos dejó tirados en la carretera y ya oscurecía. Ni móviles para avisar. El chófer se fue a buscar ayuda al pueblo más cercano y yo, como no quería perderme las campanadas con mi Fede, tiré andando. Empezó a nevar y, claro, monté la mía. Llegué con la cara y los dedos como cubitos, con fiebre cuatro días. Cuando me recuperé, resulta que mi amiga me dijo que estaba embarazada de Federico. Nunca la perdoné. Marché al fin de vuelta a Madrid, y no le vi más. Años más tarde supe que lo del embarazo era inventado. Y Federico se entregó a la bebida y se murió solo, congelado un invierno en el porche. Era buen chico suspiró la vecina.
Y así… se pasó la vida. Yo sólo le quise a él. Si pudiera volver, hubiera hablado con él, le habría perdonado. Todo habría sido distinto se sorbió las lágrimas.
Viendo por la ventana, nunca vi a Gonzalo tan feliz como contigo. Si lo quieres, perdónale, no tengas celos. Y, si puedes, vete con él a otro sitio. Ella no os va a dejar en paz; no repitas mis errores. Haz lo que te diga el corazón.
Lucía volvió al piso, guardó todo en la nevera. Gonzalo regresó al día siguiente.
Perdona, no sé ni cómo pasó. Sigo con un dolor de cabeza horroroso. Creo que me echaron algo en el té, te lo juro.
¿Por qué no te divorcias de una vez? ¿La sigues queriendo?
Ni de lejos. Si la conocieras, no preguntarías. Sólo quiero a mi hija. Sé que esperabas otra cosa de mí esta noche. ¿Me crees cuando te digo que no pasó nada?
Lucía se acercó, le abrazó y le miró a los ojos.
Vámonos, aunque sea a Cuenca. Hay hospitales en todas partes. Eres un buen cirujano
Ahora no tengo cabeza para hablar. Luego, ¿vale? Te quiero.
Él cayó rendido y Lucía, tumbada a su lado, recordaba las palabras de la vecina del bajo.
La niña es pequeña y olvidará todo rápido. Llevan medio año sin vivir juntos. Si la ex está haciendo todo esto para que yo le deje, lo lleva claro. Yo lucharé por estar con él. Al despertar, hablaremos
Lucía apagó las luces del árbol y se acurrucó junto a Gonzalo.
Te quiero. Es que decirlo no basta. Te quiero. Te quiero. Hay mil maneras de decirlo, pero yo te quiero.
Cuando se quiere de verdad, se puede perdonar todo… Menos una cosa: que dejen de quererte.
Annie HallAl amanecer, Lucía despertó antes que Gonzalo. Sintió su respiración tranquila y el peso de su brazo rodeándola. Se levantó despacio, preparó café y miró por la ventana: la ciudad amanecía blanca y brillante, un nuevo año naciendo bajo la nieve. Decidió, entonces, que su vida no iba a estar a merced de los miedos ni de las ausencias.
Cuando Gonzalo se incorporó, desorientado pero sonriente, lo supo sin palabras. Él la miró y esta vez, fue Lucía quien habló primero:
O nos vamos juntos, o yo me quedo, pero voy a pelear por nosotros. Ya he perdido demasiadas cosas por callarme. No pienso perderte así.
Gonzalo se quedó un instante callado, luego la besó, despacio, como si quisiera que ese momento durase para siempre.
Lo arreglaremos, Lucía. Voy a pedir el traslado, a divorciarme, haré falta donde haga falta, pero tú vienes conmigo. Estoy cansado de medias vidas susurró él.
El reloj marcado por las campanadas de la noche anterior seguía sobre la mesa. Lucía, por primera vez en muchos meses, sintió el tiempo a favor, no una amenaza. Recordó la ensaladilla de su madre, la historia de la vecina y el miedo de Federico a quedarse solo. Ella elegiría: no se dejaría arrastrar por el pasado ni el destino de otro.
Esa tarde abrieron el ordenador y buscaron plazas vacantes en ciudades pequeñas. No sabían adónde irían, pero no importaba. Cuando cruzaron la puerta unas semanas después dos maletas, una promesa, una vida nueva Lucía se detuvo un segundo y miró atrás. El pasillo olía a las cenas de infancia y al eco de las advertencias de su madre.
Sonrió para sí. Esta vez, no iba a quedarse esperando a que la felicidad regresara. Salió al frío nevado, cogida del brazo de Gonzalo, y cerró la puerta para siempre.
En la calle la nieve seguía cayendo, luminosa y tranquila, como una puntada más en el tapiz de su propia vida. Tal vez la felicidad pensó Lucía no era aguardar a que vuelva quien se va, ni temer a una llamada, ni vivir comparando el amor con los errores ajenos. Tal vez era elegir. Elegir quedarse, elegir marcharse, pero sobre todo: elegir amar sin miedo.
Y así, bajo la nieve, comenzó su verdadero año nuevo.







