¡Válgame Dios! exclamé yo, Alejandro, en lugar de un saludo al ver en el umbral de la puerta a una anciana menuda, casi seca, vestida con vaqueros, que entrecerraba los labios en una sonrisa pícara. Detrás de unos párpados entornados chispeaban unos ojos burlones y traviesos.
Es la abuela de Lucía, doña Carmen Fernández, recordé al instante. Pero, ¿cómo es posible que haya llegado sin avisar, ni siquiera una llamada?
¡Hola, chiquillo! dijo ella con la misma sonrisa. ¿Me vas a dejar pasar o qué?
Sí, sí, claro, pase usted respondí apurado.
Doña Carmen rodó una maleta pequeña, de esas con ruedas, hasta dentro de la casa A mí el té, cargadito ordenó cuando le serví una taza. Así que Lucía, en el trabajo; Elena en la guardería ¿y tú aquí, esperando la vida pasar?
Me mandaron de vacaciones forzosas por el trabajo solté con resignación. Dos semanas. Ya veía yo que el descanso soñado se esfumaba. Miré a la invitada con esperanza: ¿Va a quedarse mucho tiempo?
Has acertado asintió ella rompiendo mis ilusiones Para rato vengo.
Suspiré otra vez. De doña Carmen apenas sabía nada. Apenas nos habíamos cruzado en la boda de Lucía y mía, cuando vino desde Valladolid. Pero mi suegro siempre hablaba de su suegra en voz baja, con un aire de respeto temeroso. Se veía que la respetaba hasta temblarle las piernas.
Friega los platos ordenó y vístete. Hoy tocan presentaciones. Quiero que me acompañes a conocer la ciudad.
Ni siquiera traté de negarme. El tono en el que lo dijo me recordó al sargento Velasco, aquel viejo lobo que tuve en la mili. Replicarle salía caro.
¡Quiero ver el paseo del río! mandó doña Carmen. ¿Cómo se llega?
Me cogió del brazo y avanzó, pisando el asfalto con decisión y mirando a su alrededor con viva curiosidad.
En taxi sugerí encogiéndome de hombros.
Sin previo aviso, doña Carmen se llevó los dedos a la boca y soltó un silbido agudo. Un taxi frenó en seco junto a la acera.
Pero, ¿para qué silbar así? ¿Qué va a pensar la gente de usted? protesté mientras le ayudaba a sentarse delante.
Pensarán que tú eres el maleducado, no yo respondió divertida, mientras sacudía sus finos cabellos canosos.
El taxista, al oírla, soltó una carcajada y bromeó un rato con ella, chocando las palmas como si fueran amigos de toda la vida.
Eres un muchacho educado, Alejandro me dijo doña Carmen paseando por la ribera del Manzanares. Seguro que tu abuela es de las que se comportan con dignidad, pero yo nunca he podido ser así. Mi difunto esposo, el abuelo de Lucía que en paz descanse tardó años en acostumbrarse a mi genio. ¡Al final lo logró! Era un hombre reservado, siempre entre libros. Y yo llegué a su vida y cambié todo: me lo llevé a la sierra, le enseñé a saltar en paracaídas eso sí, le tenía pánico al ala delta. Ahí me miraba desde el suelo, esperando, mientras yo volaba en círculos sobre él junto con nuestra hija.
Escuchaba yo sorprendido a doña Carmen. Lucía jamás me había contado la vida tan movida de su abuela. Eso explicaba mucho de su carácter. De repente me clavó la mirada.
¿Y tú, has saltado alguna vez en paracaídas?
En la mili, catorce saltos confesé con un toque de orgullo.
¡Bravo! Eso me gusta aprobó ella, asintiendo con la cabeza y tarareando:
«Largo se hace el descenso,
en cada salto sin red.»
Reconocí el viejo himno y la seguí al momento:
«Nube blanca y sedosa,
se abre y me cubre después.»
La canción derritió el hielo y, poco a poco, empecé a sentirme más cómodo junto a tan singular anciana.
Hay que descansar un rato y comer algo propuso la señora. Vamos a ese puesto, apuesto que ahí hacen las mejores brochetas de cordero, ¿no hueles el aroma?
El parrillero, un hombre moreno de mediana edad, ensartaba con destreza los trozos de carne adobada en la brocheta. Su aire sugería que, con la misma mirada feroz, podría atravesar a un enemigo con el cuchillo y no perder la sonrisa. Al verlo, daban ganas de gritar ¡Olé! y bailar una jota hasta quedarse sin fuerzas.
Al sentarnos, doña Carmen entonó de repente con sorprendente voz clara:
«Salud y alegría, mi buen amigo,
Qué bien cantar en la boda conmigo.»
El parrillero lanzó una carcajada, encendió la mirada y siguieron a dos voces:
«Cantar en bodas es fiesta segura,
Salud y alegría, que viva la juerga.»
Sirvan unas brochetas, doñita dijo el dueño, mostrando una dentadura inmensa mientras llenaba la mesa de brochetas, pan y ramitos de perejil fresco. Nos sirvió dos copitas de vino de Rueda, guiñando un ojo y llevando la mano al pecho como antaño.
El olor del asado atrajo desde unos arbustos cercanos a un gatito gris, que se acercó despacito, mirándonos con ojos grandes y hambrientos.
Justo lo que nos faltaba sonrió doña Carmen. Ven, pequeñín. Pidió, volviéndose al parrillero: Hombre, tráenos un poquito de carne fresca para este amigo, pero córtala pequeñita.
Mientras el gatito comía con ansia de la cazuela, doña Carmen me reconvino:
Si tenéis una hija, y más siendo niña, ¿cómo vais a enseñarle a ser buena y generosa si no hay un gato en casa? Este chiquitín os lo llevará por buen camino.
Tras el paseo, doña Carmen se dedicó a bañar al encontrado, y a mí me mandó a comprarle juego de arena, boles, rascador y camita, todo según su larga lista. Cuando regresé con los brazos cargados, la casa estaba llena de risas femeninas. Lucía y Elena se colgaban del cuello de la abuela, y ella, feliz, las besuqueaba. El gatito, desde el respaldo del sofá, observaba asombrado a sus nuevos dueños.
Para ti, Elenita, un conjunto veraniego con pantalón corto iba repartiendo regalos la abuela y para ti, Lucía, nada sube más la autoestima de una mujer casada que unas braguitas de encaje, hija
El resto de la semana, Elena no pisó la guardería. Por las mañanas, desaparecía de paseo con la abuela y regresaban al mediodía contentas y satisfechas. En casa les esperábamos yo y el gato, a quien se bautizó León. Por las tardes, se nos unía Lucía y salíamos todos de paseo con León correteando.
Quiero hablar contigo, Alejandro dijo doña Carmen una noche, seria por primera vez. Mañana me marcho, ya toca. Esto, dáselo a Lucía después de mi partida. Me puso en la mano un sobre de plástico con unos papeles. Es mi testamento. La casa y las cosas se las dejo a ella. A ti, la biblioteca que mi esposo reunió toda la vida. Hay primeras ediciones y ejemplares con dedicatorias de grandes escritores
¡Pero, doña Carmen! protesté, pero ella me paró con un gesto.
A Lucía no le he dicho nada, pero a ti sí. Estoy mal del corazón; cualquier día, esto se acaba. Hay que estar prevenidos.
¡No puede irse sola! me quejé. Alguien debe acompañarla.
Siempre tengo a alguien cerca sonrió. Además, mi hija, la madre de Lucía, vive en la ciudad de al lado. Cuida de Lucía y cría a Elena. Eres buen chico y responsable. Al final, soy doblemente tu suegra, ¿eh? me dio una palmada en el hombro y rio con ganas.
¿De verdad no quiere quedarse un poco más? le pregunté suplicante.
Ella sonrió con gratitud y negó con la cabeza.
La fuimos a despedir en familia, hasta León en brazos de Elena parecía ponerse triste. Doña Carmen puso los dedos en la boca, silbó fuerte y un taxi frenó en seco.
Vámonos, yerno, llévame a la estación ordenó y, tras besar a Lucía y Elena, ocupó el asiento delantero. El taxista la observaba sorprendido.
¿Qué pasa? mascullé yo. ¿Nunca ha visto usted mujeres honradas?
Doña Carmen, meneando sus rizos grises, soltó una carcajada y chocó su mano con la mía, fuerte y clara.







