Cada uno a lo suyo
Mamá, no te imaginas cómo está ahora el mercado decía nervioso Javier, pasando una y otra vez la hoja de impresos, primero ordenándolos en una pila perfecta y luego abriéndolos en abanico sobre la mesa de la cocina. Los precios suben cada semana. Si no entregamos la señal ya, nos van a quitar el piso delante de las narices.
Isabel acercó hacia su hijo una taza de té ya frío y se sentó enfrente. En los papeles bailaban planos, cifras, gráficos de pagos. Un piso de tres habitaciones en una promoción nueva, por fin un cuarto para Mateo y otro para Lucía, habitaciones propias al fin.
¿Cuánto os falta?
Ochenta y dos mil euros Javier se frotó el puente de la nariz. Sé que es mucho. Pero Marta ya no sabe qué hacer, los niños crecen y nosotros seguimos de alquiler, amontonados como sardinas
Isabel miraba a su hijo y veía al mismo niño que hace años le traía ramos de margaritas robadas del parque. Treinta y dos años, dos hijos, y esa arruga entre las cejas seguía igual que cuando se angustiaba por los deberes del colegio.
Tengo unos ahorros en la cuenta dijo tranquila.
Mamá, te lo devolveré, te lo juro. En cuanto estemos asentados empezaré a apartar dinero enseguida.
Ella cubrió la mano de su hijo con la suya, endurecida después de tantos años de limpiar y cocinar.
Javier, esto es para tus hijos, mis nietos. ¿Qué sentido tiene aquí hablar de devolver dinero? La familia pesa más que cualquier euro.
En la sucursal del banco, Isabel rellenaba los formularios con su letra pequeña y precisa, fruto de treinta años de contable. Ochenta y dos mil euros, casi todo lo que había ido guardando en esos años. Por si acaso, para el qué dirán, para nunca se sabe.
Javier la abrazó fuerte frente a la ventanilla, sin preocuparse por la fila de clientes que esperaba.
Eres la mejor madre del mundo, de verdad. No lo olvidaré.
Isabel le dio una palmadita en la espalda.
Anda, ve, que Marta seguro que ya está impaciente.
Los primeros meses tras la mudanza pasaron entre idas y venidas por todo Madrid. Isabel llegaba con bolsas del Día: pollo, arroz, garbanzos, yogures para los niños. Ayudaba a Marta a colgar cortinas, montar muebles, limpiar el polvo de obra de las ventanas.
¡Mateo, ten cuidado con el destornillador! gritaba mientras sujetaba una cortina y explicaba a su nuera cómo salir triunfante con unos buenos canelones.
Marta asentía distraída, mirando el móvil. Javier solo llegaba a casa por las noches, agotado, cenaba corriendo el cocido de su madre y desaparecía rumbo al dormitorio.
Gracias, mamá decía apresurado casi sin mirar. ¿Qué haríamos sin ti?
A los seis meses, apareció su número en la pantalla.
Mamá, verás Este mes nos coincide la cuota de la hipoteca con la avería del coche. Nos faltan tres mil quinientos euros.
Isabel transfirió el dinero sin preguntas. Es normal, los jóvenes lo tienen difícil. Nuevos gastos, los niños pequeños, el trabajo estresante. Ya irán saliendo adelante pensó. Ya me lo devolverán. O no, ¿qué más da cuando se trata de familia?
Los años se deslizaban entre los dedos como arena fina. Mateo cumplió siete y recibió de su abuela aquel Lego por el que llevaba soñando medio año. Lucía daba vueltas y vueltas en su nuevo vestido rosa, con lentejuelas, como el de una princesa de peli.
¡Abuela, eres la mejor! Lucía se colgó a su cuello oliendo a champú infantil y caramelos.
Todos los fines de semana, Isabel se los llevaba al Retiro, al teatro, a la pista de hielo. Compraba helados, juguetes, cuentos. Sus abrigos viejos siempre llevaban los bolsillos repletos de golosinas y toallitas húmedas.
Cinco años transcurrieron en esa generosa, voluntaria servidumbre. Dinero para la hipoteca: mamá, este mes estamos fatal. Días de baja cuidando nietos: mamá, imposible pedir un día en el trabajo. Compras: mamá, ya que vas al súper
Los agradecimientos, cada vez más escasos
Aquella mañana Isabel miraba las manchas que se extendían por el techo de su cocina. El agua del vecino le había destrozado el yeso, y la casa olía a humedad. Habitar allí se volvía imposible.
Marcó el número de su hijo.
Javier, necesito ayuda para arreglar el daño. Me han inundado y no sé cuándo van a pagarme
Mamá la interrumpió Javier, tienes que entender que ahora tengo otras prioridades. Las extraescolares de los niños, Marta se ha apuntado a unos cursos
No te pido tanto. Solo que me ayudes a encontrar unos albañiles. O al menos
Ahora no tengo tiempo, mamá, y menos para esas tonterías insistió él, como si no escuchara. Hablamos otro día, ¿vale?
Tuu, tuu, tuu
Isabel dejó el teléfono sobre la mesa. En la pantalla apareció la foto del último fin de año: ella, Mateo y Lucía. Todos sonríen.
Ese dinero que él tomó sin pensarlo. Esos fines de semana regalados a sus nietos. Ese esfuerzo, el tiempo, el cariño todo fue antes. Ahora había otras prioridades.
Una gota de agua cayó del techo sobre su mano. Fría.
Al día siguiente, Marta fue quien llamó, poco habitual, suficiente para que Isabel intuyese algo extraño antes siquiera de escuchar su tono:
Isabel, Javier me ha contado vuestra conversación. Tienes que entender que cada uno debe solucionar sus cosas. Bastante tenemos con nuestra hipoteca
Isabel casi se rió. La hipoteca. Esa que ella pagaba cada tres meses. La señal compuesta casi toda con su dinero.
Por supuesto, Marta respondió con voz neutra. Cada uno a lo suyo.
Así mejor. Es que Javier estaba preocupado, pensaba que te habías enfadado. ¿No estás enfadada, no?
No. Para nada.
Tuu, tuu, tuu
Dejó el móvil sobre la mesa y se quedó contemplándolo, como quien observa un insecto raro. Miró después por la ventana, pero la ciudad tras el cristal sucio no ofrecía consuelo alguno.
Las noches se volvieron largas, como cuentas de un rosario, incapaz de conciliar el sueño mientras repasaba esos cinco años uno a uno.
Ella misma había criado en su hijo la certeza de que una madre es un pozo sin fondo del que sacar siempre más.
Por la mañana, Isabel llamó a una agencia inmobiliaria.
Quiero vender la finca con casa en la sierra. Seiscientos metros, cerca de Guadalajara, con luz y agua.
Esa casa de campo, que construyó junto a su marido a lo largo de veinte años. Los manzanos, plantados mientras todavía tenía a Javier en el vientre. El porche de tantas tardes veraniegas.
Un comprador apareció en un mes. Isabel firmó los papeles sin dejarse dar tiempo a la nostalgia. El dinero entró en su cuenta, y lo repartió sin titubear: obras en su piso, un nuevo depósito, algo para emergencias.
La cuadrilla empezó las obras la semana siguiente. Isabel eligió ella misma las baldosas, las cortinas, los grifos. Por primera vez en muchos años, gastaba en sí misma sin pensar en por si acaso ni a quién tendría que acudir a ayudar.
Javier, ni una llamada. Dos semanas. Tres. Un mes. Isabel también guardaba silencio.
La llamada llegó justo cuando las obras acabaron. La nueva cocina blanca relucía, ya sin humedades, sin goteras ni óxido.
Mamá, ¿por qué no vienes? Lucía te pregunta.
Estuve ocupada.
¿En qué?
En mi vida, Javier. Mi propia vida.
Fue a visitarlos a la semana siguiente. Llevo a los niños un libro a cada uno, buen regalo, pero sin esa antigua generosidad. Dos horas de charla, hablando del tiempo y del cole de Mateo. Se negó a quedarse a cenar.
Mamá, ¿puedes quedarte con los niños el sábado? Javier la detuvo en el recibidor. Marta y yo
No puedo. Tengo planes.
Isabel notó la sorpresa en el rostro de su hijo. Él aún no entendía.
Los meses pasaban, y el entendimiento comenzó a llegar. Sin las transferencias de su madre, la hipoteca se llevó un tercio del sueldo familiar. Sin niñera gratuita, los hijos dependían de las agendas agotadas de Javier y Marta.
Isabel, mientras tanto, abrió una cuenta de ahorro. Se compró un abrigo nuevo bueno, cálido, de temporada. Se fue quince días al balneario. Se apuntó a senderismo.
Recordaba cómo los padres de Marta siempre supieron poner límites: saludaban con educación en Navidad, visitaban cada dos meses, ni dinero, ni favores, ni sacrificios. Y su hija jamás se quejó.
¿Quizá siempre tuvieron razón?
Las visitas con los nietos quedaron en lo justo. Isabel llegaba, dejaba un detalle, charlaba sobre amigos y deberes. Se iba pronto, sin quedarse a dormir, sin llevarse a los niños de excursión.
Un día Mateo preguntó:
Abuela, ¿por qué ya no nos llevas al parque?
La abuela ahora tiene muchas cosas que hacer, Matías.
El niño no entendió. Pero Javier, que escuchaba desde la puerta, pareció por fin comprender.
Isabel regresaba a su piso recién reformado, lleno del olor a pintura y muebles nuevos. Preparaba buen té, se sentaba en su butaca, comprada con el dinero de la finca.
¿Culpa? Sí, a ratos, en las noches largas. Pero cada vez menos. Porque Isabel al fin aprendió una verdad sencilla: querer no es lo mismo que sacrificarse hasta desaparecer. Especialmente cuando nadie lo ve ni lo agradece.
Eligió su vida. Por primera vez en treinta y dos años de ser madre.







