Promesa
Hoy, mientras volvía a Madrid por la autovía, sentía el volante firme entre las manos. A mi lado, sentado, iba mi compañero y buen amigo, Pablo. El jefe nos había enviado de viaje de negocios a Valencia por dos días.
Pablo, ¡qué bien nos han salido las cosas! Hemos cerrado el contrato por una suma enorme. El jefe va a estar encantado le dije, sonriendo con satisfacción.
Sí, la verdad es que hemos tenido suerte asintió él, compañero mío en la oficina desde hacía años.
Da gusto volver a casa cuando te están esperando le confesé. Mi Laura está embarazada y no lleva muy bien el malestar de los primeros meses. Me da pena, pero los dos queríamos ser padres y ella siempre me repite que aguantará por nuestro pequeño.
Un hijo es una bendición Nosotros, con María, no lo hemos conseguido. No logra quedarse embarazada, y ya nos preparamos para el segundo intento de fecundación in vitro. El primero salió mal me compartió Pablo, casado con María desde hacía siete años. La ilusión por tener hijos nunca les abandonaba.
Me casé tarde, a los treinta y dos; tuve mis historias, pero nunca me sentí realmente enamorado hasta que conocí a Laura. Ella me revolvió el corazón de tal manera que no hubo espacio para otras mujeres. Lo supe enseguida: era ella y ninguna más.
Cuando presenté a Pablo a Laura, y más tarde en nuestra boda, él fue testigo. No pudo evitar sentir, creo, un poco de envidia amistosa. Laura es encantadora, dulce, y él entendía cómo uno podía enamorarse de ella a primera vista.
Fuera lloviznaba suavemente, los limpiaparabrisas apenas rompían el ruido del agua, y nosotros no parábamos de hablar y bromear. De pronto sonó mi móvil; era Laura.
Hola, amor Sí, vamos de camino, estaremos en casa en dos horas. ¿Sigues igual? Descansa, no hagas esfuerzos, ya haré yo todo cuando llegue. Te quiero, hasta pronto.
Pablo me miraba, imaginando a Laura esperando por mí, inquieta. Pensaba en María y en cómo ella nunca le llamaba para saber cómo iba, con una confianza absoluta en su fidelidad. María era más fría, todo trabajo y rutina en casa.
De repente, sucedió lo impensable: una furgoneta, una Mercedes Vito, vino hacia nosotros y no pudimos evitarla. Giré bruscamente el volante; chocamos contra una farola, por mi lado. Salimos disparados de la carretera. Cuando recobré la consciencia, Pablo estaba herido y yo apenas podía moverme.
Nos encontrábamos rodeados de gente; se detuvieron coches y asistieron. Pablo estaba más consciente que yo. Al poco tiempo, vinieron los servicios de emergencia; me sacaron en camilla. Le susurré a Pablo, casi sin aliento:
Cuida de Laura
Nos llevaron al hospital. Pablo tenía el brazo roto y una fuerte contusión. No dejaba de preguntar por mí:
¿Y Javier? ¿Cómo está?
Después la enfermera se acercó con la peor noticia:
Javier ha fallecido…
Pablo quedó destrozado, no pudo ir ni al entierro. María fue y luego me contó que Laura no paraba de llorar, inconsciente todavía de la pérdida, apenas podía sostenerse junto al féretro.
Pablo, después de recuperarse en el hospital, me acompañó junto con María al cementerio. Se quedó mucho rato frente a mi tumba. En silencio me prometió:
No te preocupes, hermano. A tu mujer no le faltará nada, cumpliré tu última voluntad
Dos días después, fue a casa de Laura. Llamó al timbre y, al verme, ella se derrumbó.
¿Cómo podré seguir sin él? Es todo tan vacío No lo acepto, no puedo me decía entre sollozos.
Laura, le prometí a Javier que te ayudaría. Para cualquier cosa, aquí estoy, llámame cuando haga falta. Te visitaré seguido.
El tiempo transcurría. Laura fue estabilizándose, aunque temía mucho perder el embarazo por el estrés. El médico también le advirtió. Pablo la visitaba dos veces por semana: llevaba comida y vitaminas, la llevaba al centro de salud y al supermercado. Laura no abusaba de su ayuda, solo recurría a él cuando era estrictamente necesario.
Pablo, me sabe mal que estés tan pendiente decía a veces.
Ya sabes que no es molestia, además así lo prometí a Javier.
Pablo sentía hacia Laura una admiración difícil de ocultar; en muchos aspectos era la mujer de sus sueños, pero lo abrumaba la situación.
Mientras Laura soportaba los achaques del embarazo, Pablo y María repetían pruebas médicas, nuevas rutinas y esperanzas Su infertilidad ya era una herida diaria. María no supo nunca que Pablo ayudaba a Laura; él se lo ocultaba, y a su número la tenía guardada como “Ayuda Social”, sabiendo que si María veía a “Laura”, sospecharía.
Tras otro intento fallido de quedarse embarazada, la tensión en la pareja fue en aumento. María culpaba a Pablo, mientras él, agotado, ya ni respondía.
María comenzó a notarlo distante, distraído, saliendo a menudo. No pensaba en infidelidades, en ese aspecto nunca le faltó cariño.
En lo profesional, Pablo no dejaba de crecer, finalizó el proyecto que habíamos empezado juntos y firmó otro contrato exitoso.
Laura, con la gestación avanzada, se volvía más vulnerable. Sus padres vivían en Salamanca, lejos; aquí no tenía a nadie cercano. Sufría frecuentes dolores de cabeza y las piernas hinchadas, pero apenas me lo decía a Pablo.
Un día, Pablo fue con la compra y la encontró subida a una escalera, colgando cortinas nuevas.
He limpiado el ventanal y aprovecho para cambiar las cortinas me dijo sonriente.
Baja de ahí enseguida le ordenó Pablo, serio, viendo aquel vientre tan grande. ¿Y si te caes? Piensa en el niño, no es broma.
La ayudó a bajar. Estando tan cerca, Pablo sintió un escalofrío.
Gracias, Pablo respondió ella, pero volvió corriendo al baño por el malestar.
Pablo suspiró y pensó en voz baja:
¿Lo estará viendo Javier, desde donde esté? Me lo pidió él…
Otra vez, Laura me dijo:
Pablo, ¿me ayudas a preparar la habitación del bebé? Después no tendré tiempo. Vi unos papeles muy bonitos en una tienda por aquí.
Pablo aceptó, y juntos remodelaron la habitación infantil. Él no permitía que ella hiciera esfuerzos, se encargó de todo, mientras Laura ayudaba como podía. Entre tanto, María, sumida en la tristeza de su situación, decidió volcarse en el trabajo. Empezó a escribir para revistas, hasta que una de Madrid le ofreció llevar una columna fija. Se sintió por fin reconfortada; recibió un buen pago, fue de compras y volvió a casa feliz, con bolsas llenas de delicias y un par de botellas de vino.
¿Pero qué fiesta tenemos? se sorprendió Pablo al llegar.
Nada, que por fin me pagan bien. Hay que celebrarlo, llevaba meses esperando este contrato.
Preparó la mesa con embutidos, quesos y el vino, mientras el televisor ponía su película favorita.
De repente, sonó el teléfono de Pablo. María vio en la pantalla: Ayuda Social. Él fue rápido a la cocina a contestar.
¿Qué pasa? preguntó preocupado.
Pablo, siento molestarte Creo que ya voy a dar a luz. He llamado a la ambulancia.
Pero aún es pronto.
Estoy de siete meses, a veces pasa me contestaba, aguantando el dolor.
Voy para el hospital.
Se fue deprisa; María lo miraba intrigada.
¿A dónde vas?
A ver al jefe. Quiere hablar conmigo de un asunto social urgente. Ya te explico Créeme, es importante.
Pero ella no compró la historia.
¿Qué jefe ni qué social? Me estás mintiendo, Pablo
Él salió disparado hacia el hospital. Laura ya había llegado cuando llegó. Esperó dos horas hasta que una enfermera le confirmó: Laura había tenido un niño. Aliviado, volvió a casa agotado, pensando:
Menos mal, todo ha salido bien
María no dormía, y al verle entró directa al grano, notando su agotamiento.
Tu labor social te deja hecho polvo, ¿eh?
Pablo se desplomó en el sofá.
Sí, María Laura ha dado a luz. Le prometí a Javier cuidarla. Está completamente sola.
Ahora todo encaja dijo ella despacio, y añadió: ¿Y ahora querrás ayudarle con el bebé, verdad?
Así es respondió Pablo, sincero.
Pues yo no lo soporto. No voy a tolerar que dediques tu tiempo a otra familia. Si con nosotros nunca funciona y ya parece que jamás lo hará, me voy a divorciar. Quién sabe, quizá conozca a otro y consiga ser madre
Pablo la miró, comprendiendo que para ella siempre fue culpa suya no poder ser padres.
Tienes derecho, María. No me voy a justificar. Debo cumplir mi promesa.
Pasó el tiempo. María pidió el divorcio. Pablo se fue a vivir con Laura, ayudó a criar al pequeño Lucas. Al cabo de dos años, se casaron y nació su hija.
Hoy, al cerrar este diario, entiendo que el verdadero sentido de la amistad y las promesas va mucho más allá de las circunstancias. Si algo he aprendido, es que el deber con quienes amamos perdura sobre cualquier dificultad. Y eso, aquí en mi España querida, lo llevo grabado para siempre.







