– Mamá, me caso con Carmen. Dentro de tres meses vamos a tener un hijo mi hijo me lo deja claro de golpe.
No me sorprende demasiado la noticia, ya que antes me presentó a Carmen. Lo que me inquieta es la edad de la novia. Carmen aún no ha cumplido los dieciocho. Y mi hijo todavía tiene que hacer el servicio militar. Son unos críos y ya quieren boda y la niña a punto de nacer.
Durante semanas no lográbamos encontrarle a Carmen un vestido de novia que le quedara. El embarazo, que ya está avanzado, no lo ponía fácil.
Al finalizar la boda, la pareja joven se instala en casa de los padres de Carmen. Sin embargo, mi hijo viene a verme cada semana. Se encierra en su habitación y me pide que no le moleste. Como madre, eso me preocupa.
Llamo a Carmen.
¿Todo está bien con Javier?
Por supuesto, ¿por qué? responde mi nuera, más tranquila que un ocho.
Carmen, ¿sabes dónde está ahora tu marido? intento llegar al fondo.
Seńora Mercedes, ocúpese de sus cosas. Ya nos apañamos solos fue la primera insolencia, pero no la última.
Perdón por haberte quitado tiempo me retiro y cuelgo el teléfono.
Siempre he sido una persona tranquila y conciliadora. Decidí no meterme en su vida. Que hagan su propio guiso, yo no molesto más.
Al cabo de poco Carmen da a luz a una niña a la que llaman Leocadia, un nombre que no me agrada nada, así que yo la llamo por mi cuenta, Basi.
Poco después, Javier es llamado al ejército.
Javier sirve bastante lejos, y durante los dos años de mili voy visitando a la pequeña Basi. Cada vez que iba a casa de Carmen, me daba cuenta de lo guapa que se está volviendo mi nuera. Es de una belleza que impone, demasiado quizás. Y me inquietaba. Carmen ya ha entrado en la universidad, un nido de tentaciones. Llegué a pensar que mi hijo acabaría perdiendo a esa estudiante tan atractiva.
Además, Carmen no es de recibirme con alegría. Cuando voy a ver a Basi, Carmen suspira con intención, me entrega enseguida el carrito y prácticamente me despacha a pasear. Es claro que me preferiría lejos. Incluso con la mirada consigue humillarme. Siempre mostraba desprecio sin tapujos. Carmen sabe lo que vale. Yo no deseo pelear. Prefiero salir pronto de ese hogar tan frío.
Javier termina su servicio y vuelve a la familia. Veo que todo marcha bien. Basi crece, Javier admira a su mujer, Carmen es una belleza hacendosa. Me siento tranquila por fin. Así trascurrieron quince años de falsa calma.
Pero entonces, Carmen parece otra. Empiezan los amantes, muchos. Ya ni se molesta en ocultarlo. Sale de juerga sin pudor. Como dice el refrán, quien quiere amasar, las manos ha de manchar. Javier lo aguanta un par de años más. Ama a Carmen y sufre.
Ella, en cambio, lo araña y se burla. Me quedo fría con su actitud, pero nunca entré a hablarle de moralidad. Debo confesar que, en el fondo, le tengo miedo a Carmen, es de esas mujeres que a su paso arrasan.
Hijo, ¿va todo mal con Carmen? ¿Qué os pasa? intento indagar.
No te preocupes, mamá, todo se solucionará Javier intenta tranquilizarme.
Creo que siente cierta culpa y por eso aguanta. Decido ir a hablar con Carmen. No me da paz su ruptura.
Carmen, ¿puedo preguntarte algo? susurro, para no desatar su ira.
Señora Mercedes, mejor pregunte a su hijo qué hace, o más bien, con quién. Mi tía que trabaja con él me lo ha contado todo, con pelos y señales. Su hijo me ha sido infiel. Él empezó primero grita Carmen.
Dios mío, ¿para qué me metí? No le digo nada a Javier. Que sea lo que tenga que ser. Te ahogas si quieres gustar a todos.
Al poco, Carmen y Javier se divorcian. Basi se queda con su madre.
Javier se desmanda y cambia de pareja cada dos por tres. Castañas, rubias, pelirrojas… la cama de mi hijo nunca está vacía.
Carmen enseguida se casa de nuevo. Es Javier quien me lo comunica, hasta se le escapan las lágrimas. Carmen ha sido una esposa entregada.
La siguiente mujer de Javier es Isabel, pequeña, coqueta y muy decidida. Javier tiene treinta y cinco, ella cuarenta. Mi hijo vive en las nubes y no se cansa de complacer a Isabel, que pronto conquista su alma y su cuerpo.
Ella le pone condiciones: la boda en el registro civil, un piso para su hija, garantía de manutención completa.
Javier se derrite ante su segunda esposa.
Isabel, a diferencia de Carmen, se empeña en que seamos amigas, me llama Mercedes, me trata de tú, y se acerca demasiado para mi gusto. Sin embargo, no me gustan las discusiones, así que lo acepto sin más. Los regalos que trae Isabel, comprados con el dinero de mi hijo, están olvidados en el armario, sin que me entusiasmen en absoluto.
Todo en Isabel es fingido: la sonrisa, las palabras, incluso el amor por Javier. Es una interesada. Ha encontrado en mi hijo un cajero automático y le exige a placer, actuando con astucia. Qué diferencia con Carmen. Discutía conmigo, sí, pero de frente, y quería a Javier de verdad.
Isabel no cocina, prefiere los productos precocinados del supermercado. Un día le hago una sugerencia:
Isabel, podrías al menos preparar un caldo para Javier. Siempre coméis de cualquier manera.
Mercedes, no me digas cómo tengo que bailar, cada una sabe cómo moverse me contesta.
Sus amigas siempre están primero. Todas son iguales: ir a un balneario caro, sentarse a perder el tiempo en la cafetería, pasear por las tiendas de ropa. Si algo no le gusta, monta un drama, lloros, histeria.
Dale a Isabel un huevo y además que esté pelado. No entiendo cómo puede aguantarla mi hijo. Creo que fue un error fatal que se encontraran.
Cada día recuerdo más a Carmen, tan diligente. Comparo. No olvido sus merluzas al pil pil, sus croquetas, sus tartas insuperables… ¿Por qué mi hijo estropeó su vida con la primera mujer? No supo conservarla. Él se lo buscó. Me consuela que mi nieta Basi no me abandone y me agasaje con pequeños detalles.
Carmen sigue siendo mi nuera, aunque ya no lo sea formalmente. Solo se valora lo bueno cuando se pierde. Isabel no deja de ser una nuera postiza. Me duele por mi hijo. Creo que, en su corazón, aún vive Carmen. Pero ya no hay camino de vueltaUn domingo cualquiera, Basi llega a casa con una caja de pasteles y una noticia inesperada.
Abuela, hoy comemos juntas. Tengo algo para ti.
Sus ojos son los de Carmen cuando era joven, pero la dulzura es solo suya. Inventan risas en la cocina mientras llenan de azúcar la mesa y de historias los recuerdos. Basi habla de su madre, Carmen, de las fuerzas y los errores, pero sin rencor. Me cuenta también que Javier, por fin, parece descansar: vive solo, se ha reconciliado consigo mismo, cocina su propio caldo, se ríe otra vez. No quiere ni otra Isabel ni otra Carmen. Dice que basta con paz y la familia que ha durado.
Cuando la tarde termina, Basi me besa la frente y, antes de irse, dice:
Gracias por no irte nunca de mi lado. Por quererme aunque fui la nieta difícil de pronunciar.
La veo marcharse, y de pronto lo comprendo todo. No era Carmen, ni Isabel, ni Javier siquiera. La vida siempre trae mujeres que arden y hombres que se apagan, pero también trae a quienes, como Basi, recogen los trozos y escriben la historia a su manera.
Me quedo sola, pero no me siento vacía. Al fondo, detrás de la ventana, hay un aroma a croquetas imaginarias y una promesa: que aún queda vida por repartir y dulce por saborear, aunque ahora el azúcar lo pongan otros. Sonrío. Y cierro la puerta, por primera vez sin miedo a lo que venga.






