30 de diciembre, diario personal
Madrid
¿Dónde has puesto las servilletas? Te pedí que sacaras las de dibujo plateado, van mucho mejor con el mantel le dije a Carmen sin apartar la vista del limón que cortaba con paciencia, casi transparente.
Normalmente a estas horas yo ya estaría plantado ante la tele esperando el especial de Nochevieja, pero este año aún no había llegado a casa. Carmen hablaba sola, refunfuñando por costumbre en nuestra cocina tan recogida. Faltaban tres horas para las campanadas. En el horno terminaba de asarse el pato con manzanas reineta, receta familiar de toda la vida. La casa brillaba, el árbol parpadeaba con luces de colores, y sentía ese cosquilleo especial de antes de un milagro, sí, ese cálido anhelo de las cosas buenas incluso pasados ya los cincuenta.
Carmen secó las manos, consultó el reloj. Yo empezaba a retrasarme. Le dije que iba a la oficina a por un regalo que me olvidé, y desaparecí. Ella sonrió para sí. Seguro pensaba que buscaba algo único. Este año celebrábamos nuestras bodas de plata; veinticinco años respirando a la vez. Habíamos decidido pasarlo solos, romántico, sin tumultos, sin los hijos que ya volaban por otras ciudades.
Por fin la cerradura de la entrada hizo el clac inconfundible. Carmen acomodó su moño, se quitó el delantal, dejando al aire el vestido de terciopelo, y salió a recibirme.
¿Pero Rubén, dónde estabas? El pato está casi…
La frase quedó en el aire. Yo no venía solo. A mi lado, sacudiendo los últimos copos de nieve de un abrigo de visón caro, hacía equilibrios una mujer joven, exuberante, con una melena pelirroja y labios rojo encendido. Traía una bolsa con mandarinas. Yo, la botella de cava y una sonrisa culpable, demasiado forzada.
¡Carmenchu, que tenemos invitados! dije demasiado alto para una casa tan silenciosa. Mira, te presento a Rosalía. Rosalía Sánchez, la nueva jefa de contabilidad.
Carmen se quedó de piedra, sintiendo el aire helarsele en la piel. Miró de mí a Rosalía, y de vuelta a mí.
Buenas noches musitó ella con esfuerzo. ¿Esperábamos a alguien?
Rosalía, ni corta ni perezosa, le tendió la mano enguantada.
¡Ay, Carmen, un placer! Menuda historia, madre mía. Esto parece una película de Almodóvar. Rubén… Ay, que Rubén me ha salvado la vida. ¡Le estoy tan agradecida, de verdad!
Me puse a quitarme los zapatos a toda prisa, sin osar mirarla a los ojos.
Carmen, tienes que entenderlo… Fui a la oficina y la encontré llorando. Imagínate, a moco tendido. Se le rompieron las tuberías, se le inundó la casa, se le fue la luz, ni calefacción ni nada, y el técnico no viene hasta después de Reyes. ¿Dónde iba a pasar la Nochevieja? Si aquí no tiene ni familia en Madrid, sola la pobre. Así que le dije: “Ven con nosotros, que Carmen tiene de todo, es una santa y no echa a nadie”.
Carmen soportó mi versión y notó cómo su mundo se resquebrajaba. Veinticinco años, una velada de dos, las velas ya puestas, y esa maravilla envuelta en visón.
Pasad dijo seca, de voz rara. Ya que estáis aquí.
Rosalía revoloteó por la entrada dejando un perfume dulzón que ahogó el aroma del pato y del abeto del salón.
¡Ay, qué monada de casa! revoloteó, escudriñando con descaro. Tienes un aire muy vintage. Mi abuela tenía un aparador igual. Parece un piso-museo de los ochenta.
Carmen rechinó los dientes. El aparador era italiano, de roble auténtico, comprado hace cinco años a precio de oro. Pero no pensaba explicar eso a una cría que podría ser su hija.
Rubén, ayuda a la invitada espetó ella, y se encerró en la cocina. Necesitaba recuperar el aire. Le temblaban las manos.
Enseguida llegué a la cocina. Estaba pálido pero terco.
Carmen, por favor. No te pongas así. De verdad, no tiene adónde ir. No seas ogro. Es Nochevieja, hay que ser buenos. Cenar, tomar algo y después le pido un taxi. O si hace falta, duerme en el sofá del salón…
¿En el sofá? ella giró hacia mí con el cucharón en la mano, los nudillos blancos. Íbamos a estar solos. Has traído a una extraña, que encima viene faltando desde el umbral. ¿Museo de barrio?
No lo dijo con maldad. Solo es joven, espontánea. Carmen, hazme el favor… no me dejes mal con la oficina. Ella luego irá contando que la dejé tirada. Y yo tengo que seguir viéndola cada día.
Miró a su marido sin reconocerlo. ¿Dónde estaba aquel hombre atento con quien levantaron este hogar? Solo quedaba un galán trasnochado poniéndose la medalla delante de una joven colega.
Vale resolló por fin. Que siga. Pero como vuelva a mencionar mi casa…
No lo hace, de verdad que no exclamé y quise besarla, pero me lo negó. Ve, disfruta de tu “espontaneidad”. Yo preparo tres cubiertos.
La cena arrancó con un ambiente tan denso que cortaba el aire. Carmen servía en silencio. Rosalía, ya sin pieles, exhibía un vestido ceñido con escote poco apropiado. Sentada de medio lado, balanceando la pierna con un vaso en la mano.
Rubencito, ¿abres el cava ya? Para despedir el año como Dios manda suplicó con ojos de novela. Es que tengo una sed…
“Rubencito”. Carmen estuvo a punto de dejar caer la ensaladera. Puso la ensalada rusa sobre la mesa con ruido.
Aquí en casa el cava solo se abre con las campanadas dijo cortante. Ahora puedes tomar zumo de arándanos, casero.
Rosalía torció los labios.
¿Zumo? Qué monada. Pero lo dulce no me va, hay que cuidar la línea. ¿Tendrás un brut? Dicen que a los que no les gusta el dulzón es porque tienen el paladar más fino.
Me apresuré.
Ahora mismo. Tengo un vino de Jerez excelente. ¿Quieres, Rosalía?
¡Un pelín, venga! Para entrar en calor. Qué frío hace aquí, ¿escatimáis en calefacción?
Carmen se sentó frente a la parejita. Se sintió invitada en su propia casa. Yo hacía de payaso, llenando la copa a Rosalía, sirviéndole caviar, intentando los típicos chistes para romper el hielo, y ella fingía reír a carcajadas.
Y tú, Carmen, ¿no trabajas? soltó Rosalía, dejando a medias el canapé.
Trabajo de jefa de producción en la pastelería Valor contestó serena.
¿Ah, sí? Qué raro. Tienes un aire tan… de puertas para adentro. Como las amas de casa antiguas, las que esperan al marido cocinando pucheros. Rubén dice que tienes unas manos de oro. Que charlar poco, pero dulces muchos. Vamos, que la rutina os ha comido, pero el roscón, de escándalo.
Un silencio nítido llenó el comedor. Solo sonaba el reloj y el zumbido del televisor. Yo me atraganté con el Jerez y tosí.
¡No! ¡Eso no lo he dicho! tartamudeé golpeándome el pecho. Rosalía, te confundes.
Carmen despacio dejó el tenedor. Se rompió algo dentro de ella. Ese hilillo del aguante terminó saltando.
Sigue, Rosalía sonrió con hielo. Cuéntame, ¿qué más te ha contado Rubén? Estoy intrigada.
Rosalía notó el traspié y reculó sin éxito.
Ay, no te ofendas. Es que los hombres… siempre buscan chispa. Rubén el viernes en la cena de empresa, fue el alma de la fiesta. Bailamos una rumba, todo el equipo aplaudiendo. Dice que en casa no baila porque a su mujer le duelen las piernas de tanto trajín.
Carmen miró sus piernas bajo la mesa. No le dolían, salvo después de tres días cocinando para un marido entregado.
Yo estaba ya a merced de las circunstancias.
¡Venga, brindemos! dije por salir de allí. Por la paz mundial.
No, espera Carmen no le quitaba el ojo a Rosalía. ¿Y lo de las tuberías? ¿Qué pasó?
¿Las tuberías? Ah, claro, ¡reventaron! Una cascada de agua hirviendo. Fue terrorífico. Llamé a Rubén… bueno, Rubén Luis. ¡Todo un caballero! Nada que ver con mi ex…
Qué raro musitó Carmen. Esta noche hace cinco bajo cero. Si se te inundó la casa y sin luz, no estarías aquí tan impoluta; olerías a humedad y cañerías, no a salón de belleza y ganas de robarle el marido a otra.
Rosalía se puso roja.
¡Carmen, qué atrevimiento! Soy tu invitada. Rubén, dile algo.
Me pegué a la silla.
No seas así, mujer. Igual se cambió antes…
Calla, Rubén dijo Carmen, tan suave como cortante. Se levantó. Llevo veinticinco años tragando tus flirteos de despacho y tus horas extra. Pensé que valorabas la familia, que éramos compañeros. Pero resulta que soy la cocinera de la que no tienes nada que hablar.
Fue hacia la ventana, corrió la cortina y miró el patio.
Esto se acabó se giró. Rosalía Sánchez, recoge las mandarinas y lárgate.
Rosalía abrió la boca para gritar pero, al ver la expresión de Carmen, se atragantó. Había tanto temple que helaba.
¡Rubén! ¿Vas a dejar que me eche a la calle de noche? alcanzó a chillar ella por última vez.
Me armé de valor, o quizá fue el Jerez, y di un golpe en la mesa.
¡Basta, Carmen! ¡Esta casa también es mía! He traído una invitada. Rosalía se queda. Aquí vamos a pasar la Nochevieja como personas iba a terminar normales.
¿Como qué? insistió Carmen.
¡Como brujas! exclamé sin pensar.
Carmen asintió, tranquila. Se fue al aparador, sacó la bolsa grande que usaba para llevar los regalos de Reyes a los nietos y volcó dentro las cajas de polvorones.
¿Tu casa, dices? Perfecto. Me voy yo. Detalle: el piso es de mis padres, solo estás registrado. El lunes mismo pido el divorcio y tu baja del padrón. Pero ahora, los dos fuera.
¿Cómo? Carmen, ¿qué dices? ¿A dónde vamos?
A buscar la chispa. A casa de Rosalía, o a donde sea. Allí que ayudes con la inundación. Eres el héroe fiable. Aquí sobra la rutina. Aquí solo hay museo de barrio.
Carmen, espera. Perdona. He sido un idiota. Rosalía es colega, nada más. ¡Que se vaya y seguimos tú y yo!
Ella me miró con desdén. Un instante antes estaba dispuesto a defender su honor, y de pronto se bajaba del barco cuando la cosa se ponía fea.
No, Rubén. La ensaladilla rusa ya está pasada. Como lo nuestro. Empieza a recoger. Te doy cinco minutos.
Rosalía, viendo que todo estaba perdido y las broncas no le convenían, se puso el abrigo y se dirigió a la puerta.
Loca… masculló. Me pido el taxi, Rubén. Vete tú como puedas. No quiero líos.
Puerta, portazo, y solo quedó el eco de su perfume barato.
Yo me quedé allí, plantado, con la bolsa vacía.
Carmen… empecé flojito. Ya se ha ido. Olvidemos esto. El pato se enfría.
Carmen abrió el horno, sacó la fuente. Olía a manzana y canela; aquel aroma que antes nos unía ahora la repelía.
¿Olvidar? Has traído a una pretendienta en nuestro 25 aniversario, has hablado mal de mí, me dejaste quedar como una idiota.
Agarró la fuente de barro.
Rubén, vete. En serio. Si no sales ahora, llamo a la policía. Diré que estás borracho y me amenazas. Hazme caso, me creerán.
Sabía que iba en serio. Dentro de esa mujer discreta se había activado una fuerza que no imaginé.
Me arrastré hasta el dormitorio, metí lo primero que encontré en la bolsa, y andando, sin dignidad, abrigo a medias, la manga de la camisa asomando.
¡Te arrepentirás, Carmen! grité antes de irme, para salvar lo poco de orgullo que me quedaba. ¡Te vas a quedar sola! ¿Quién te va a querer con cincuenta?
A mí mismo contestó. Y cerró.
Silencio. Un silencio querido, incluso musical. Carmen se apoyó en la puerta y bajó al suelo. Creía que iba a llorar, pero ni una lágrima. Solo silencio, como si hubieran sacado de la casa un mueble viejo y de golpe respirase mejor.
Fue a la cocina. La mesa puesta para tres, los platos, el pato. Todo parecía de mentira, atrezzo para una función cancelada.
Recogió el plato de Rosalía, con un mordisco marcado de carmín, y lo lanzó a la basura con fuerza. Crash. Música celestial.
El mío, igual. Crash.
Dejó solo su plato favorito con ribetes dorados. Se sirvió el cava bien frío.
En la tele, el presidente daba su discurso. Las campanadas estaban listas para marcar el fin del año, un año que le quitó las ilusiones, pero le devolvió el amor propio.
Feliz año, Carmen se dijo al reflejo de la ventana negra.
Cortó la mejor parte del pato. Se sirvió ensaladilla rusa, que, para su sorpresa, estaba más buena que nunca.
El móvil sonó. Un mensaje de su hija, Lucía: ¡Mamá, feliz Nochevieja! ¡Os queremos! Los nietos van en una semana.
Carmen sonrió. La vida sigue; los hijos, los nietos, el trabajo, la casa. Lo que se fue, es porque ya olía a podrido.
Bebió cava de un trago. Las burbujas revoloteaban en la nariz, mareando dulcemente. Por primera vez en años no atendía, no rellenaba copas. Solo sentía el presente.
En el piso de al lado gritaban ¡Viva! y lanzaban petardos. El mundo celebraba. Y Carmen, también. Su libertad.
Tras una hora, empaquetó la comida buena y la guardó en tuppers. Mañana la repartirá entre la portera, Manuela, y el barrendero, Pablo. Que gocen, se lo merecen.
El resto del pato, se lo reservó para ella. Bien ganado.
Se lavó la cara ante el espejo. Ahí estaba una mujer bella, arreglada, con el brillo de quien ha llorado y superado. Nadie la llamará nunca maruja.
Le faltaba chispa a Rubén sonrió. Ahora la va a probar: buscar piso, bufete, dar la cara ante los hijos.
Se tumbó en la cama, que parecía el doble de grande. Sábanas limpiecitas, aroma a lavanda.
Por la mañana la despertó el sol. Su primer pensamiento: Hoy me tomaré un café y un pastel en la nueva cafetería de la esquina. Y esa idea ya era maravillosa.
No sabía el futuro, habría broncas, papeles, reparto de cosas. Pero eso sería luego. Ahora tenía un día para ella sola, con comida rica y serenidad. Nadie volvería a llamar a su hogar un museo, ni a su vida, triste.
Esa noche aprendí que la soledad, bien llevada, es libertad. Y que nadie tiene el derecho de tratarte como invisible, ni siquiera el amor de toda una vida. Se puede empezar de nuevo, incluso en Nochevieja, a los cincuenta.





