Sabes ese refrán de nadie es un libro abierto, hay que leerlo poco a poco? Pues Carmen Rodríguez siempre decía que eso eran tonterías, que ella de personas sabía mucho, ¡y a ella no la engañaba nadie!
Su hija, Alba, se casó hace un año. Carmen estaba ilusionadísima pensando que encontraría un buen chico, que pronto llegarían los nietos y que ella, como buena abuela y matriarca, organizaría toda la familia, como ya hacía antes.
El muchacho, Jaime, la verdad es que era espabilado y le iba bastante bien económicamente. Tenía su propio piso en Chamberí y parecía muy satisfecho con ello. Pero desde que se instalaron allí, se notaba que no pedían casi consejo, como si lo tuvieran todo bajo control y a Carmen cada vez la tenían menos en cuenta. ¡Eso a ella le hervía la sangre! Según ella, Jaime no era buena influencia para Alba.
Y claro, esa relación no encajaba en absoluto con los planes de Carmen. Jaime la empezó a poner realmente nerviosa.
Mamá, no lo entiendes decía Alba medio llorando a veces. Jaime creció en un hogar de acogida, y todo lo que tiene, se lo ha currado él solo. Es fuerte, es buenísimo, de verdad, es alguien noble.
Pero Carmen fruncía el ceño, rebuscándole defectos con lupa. Según ella, Jaime no era quien aparentaba, y como madre, tenía que abrirle los ojos a Alba antes de que fuera demasiado tarde.
Para Carmen, él no tenía suficiente formación, era cerrado, y nada le interesaba. Encima, los fines de semana se echaba en el sofá a ver el fútbol como si estuviera agotado de la semana. ¿Y con alguien así mi hija va a pasar la vida? ¡De eso nada! pensaba Carmen, convencidísima de que algún día Alba acabaría dándole las gracias por intervenir.
Y luego estaba el tema de los nietos: ¿Qué les va a enseñar un padre como ese?.
Total, que Carmen estaba decepcionada y eso Jaime lo notaba, así que empezó a evitar casi cualquier trato con ella. Los encuentros entre las dos familias se hicieron cada vez más raros y Carmen incluso dejó de visitarles. El padre de Alba, Luis, que era un bonachón y ya conocía a su mujer, prefirió mantenerse al margen.
Una noche, bastante tarde, Alba llamó a su madre con la voz alterada:
Mamá, no te lo conté, pero estoy en Barcelona dos días por trabajo. Jaime cogió frío en la obra y volvió antes del curro, me dijo que no se encontraba bien. Le llamo y no coge el teléfono.
Alba, ¿y a mí qué me importa eso ahora? ¡Vosotros vais a vuestra bola y parece que ya ni os importamos tu padre y yo! Si me encuentro mal, ni os preocupáis… ¿Y ahora me llamas para contarme que Jaime está pachucho? ¿De verdad me llamas para esto a estas horas?
Mamá, perdona la voz de Alba tembló, se notaba que estaba preocupadísima. Me duele que no entiendas que nos queremos. Crees que Jaime no es suficiente, pero yo lo amo, ¡mamá! ¿Cómo puedes pensar que yo me enamoraría de alguien malo? ¿No confías en tu hija?
Carmen se quedó en silencio.
Mamá, por favor Tienes llave de casa. ¿Puedes pasarte? Me da miedo que a Jaime le haya pasado algo. Por favor, mamá.
Vale, pero solo por ti le dijo Carmen, y despertó a Luis.
Cuando llegaron a casa de Alba y Jaime, nadie respondía al timbre. Carmen usó la llave. Todo estaba oscuro; parecía que no había nadie.
Igual se ha ido o no está dijo Luis, pero Carmen lo miró muy seria porque el desasosiego de su hija se le había pegado.
Entró al salón y se le fue el alma a los pies. Jaime estaba tumbado en el sofá en una posición extraña, sudando a mares y empapado en fiebre.
Llamaron al 112 y el médico les tranquilizó:
No se preocupen, tiene una complicación leve de la gripe. ¿Trabaja mucho, no? conversó el médico amablemente mientras tomaba la temperatura a Jaime.
Sí, demasiado asintió Carmen.
Nada, que repose y continúen tomando la temperatura, y si va a peor, avísennos dijo el doctor antes de marcharse.
Jaime, vencido por el calor, dormía. Carmen se sentó a su lado, algo incrédula de estar ahí cuidando, precisamente, de su yerno.
Tumbado e indefenso, Jaime parecía un chaval, la cara relajada, nada que ver con la imagen distante de siempre. Y de repente, medio dormido, buscó su mano y murmuró:
Mamá no te vayas, mamá
Carmen casi ni respiró, pero tampoco apartó su mano. Y así aguantó sentada, velando su fiebre, hasta que amaneció.
A primera hora, Alba volvió a llamar:
Mamá, perdona, ya vuelvo enseguida, no hace falta que os quedéis, seguro que no es nada.
No te preocupes, cariño le respondió Carmen con una sonrisa. Ya va todo mejor, estamos aquí cuidando de Jaime. Quédate tranquila.
*****
Cuando nació su primer nieto, Carmen no dudó en ofrecer toda la ayuda que pudieran necesitar.
Jaime, emocionado, le dio un beso en la mano:
¿Ves, Alba? Y decías que tu madre no querría echarnos una mano le dijo con gratitud.
Mientras paseaba por la casa con el pequeño Mateo en brazos, Carmen no cabía en sí de felicidad:
Mira, Mateíto, la suerte que tienes: ¡te ha tocado la mejor familia y los abuelos más molones de Madrid! Qué suerte tienes, chavalín
Por eso, al final el refrán tenía razón: nadie es un libro abierto, hay que leer poco a poco. Y solo el cariño te enseña de verdad cómo es alguien por dentro.







