Corría de una habitación a otra intentando meter en la maleta lo indispensable. Cada movimiento era frenético, como si alguien le pisara los talones. El aire le salía silbando de los pulmones y los dedos no lograban cerrar la cremallera de la bolsa desbordada. Hace apenas una hora había recibido una llamada del centro de salud; la voz sorprendida del director del centro sonaba en el auricular, intentando comprender la razón de aquel alta inesperada. La dejaron ir sin más preguntas, pero quedó flotando en el aire una ola de incomprensión que Begoña no tenía fuerzas ni ganas de disipar.
No quiso explicar nada. La idea de pronunciar en voz alta todo lo sucedido le resultaba insoportable. En su recuerdo aparecía la historia de cómo conoció a David, pintada con colores vivos que ahora le resultaban amargos. Se habían cruzado cuando Begoña hacía prácticas en el Hospital de la Ciudad. La chispa que surgió entre ellos se convirtió en un fuego devorador. No tardaron en casarse modestamente pero con sinceridad. Después Begoña consiguió trabajo en el centro de salud y ambos acordaron ponerse en pie primero, construir una carrera, y después pensar en hijos. Primero la estabilidad, lo demás después.
El tiempo pasó y, sin avisar, la cosa se volvió no es momento. Begoña a veces insinuaba casi sin esfuerzo a David que deseaba oír risas infantiles en su casa, pero él siempre escatimaba, hablando de inestabilidad y dificultades. Ahora, al recordar esos momentos, sentía en la garganta un nudo pesado y caliente.
Su mundo lo desmoronó su amiga Verónica, la misma en quien Begoña confiaba todos sus secretos y sueños. Ayer, con una claridad cruel, Begoña comprendió que Verónica nunca había sido una verdadera amiga. Le cancelaron el turno nocturno en el último momento y, al ver la oportunidad de montar una pequeña sorpresa, decidió volver a casa mucho antes. Metió la llave en la cerradura, abrió la puerta y se quedó paralizada en el umbral, como si le hubieran dado un golpe al corazón.
Desde el salón se oía una risa femenina, alegre y conocida.
Siempre me sorprendes, dijo Verónica, con una dulzura en la voz. ¡Ni me imagino lo que inventarás la próxima vez!
Todo es para ti, mi alegría, respondió una voz masculina, familiar y alguna vez cercana. Eres mi universo. Movería montañas sólo para ver tu sonrisa
No se podía seguir escuchando. Cada palabra se clavaba en el pecho como una aguja. Begoña se retiró lentamente, dejando la puerta entreabierta y, como sombra, descendió silenciosa por las escaleras. Esa noche pasó sin dormir, sentada en la guardia vacía, mirando a la nada. Los pensamientos le desgarraban el alma, pero al amanecer surgió una decisión fría y clara: se marcharía. Desaparecería.
Para todos los que la conocían. Para todo el mundo que le había causado tanto dolor. Tenía un sitio donde nadie jamás podría hallarla. Hace años, su abuela le había dejado en herencia una casita pequeña pero muy resistente en un lejano pueblo de la Mancha. Casi nadie la conocía. Tras la muerte de su madre, Begoña se mudó con su padre y el camino a aquel rincón quedó olvidado para siempre. Ahora aquel olvido se convertía en su salvación.
Era hora de recordarlo. En unas horas la maleta quedó finalmente lista. Recorró el piso lentamente; aquel lugar, antes lleno de luz y alegría, ahora parecía gris y desolado, como un lodazal que había tragado toda su fe en la gente y en el amor.
No queda ni una huella de mi alma aquí susurró al vacío, y esas palabras se convirtieron en sentencia.
Dos días después Begoña ya estaba en el pueblo. En el trayecto tiró a la basura una vieja tarjeta SIM y compró una nueva, desconocida para cualquiera. No quería que nadie pudiera rastrearle.
La casa la recibió con un silencio profundo y el aroma a madera vieja y hierbas secas. Al abrir la puerta chirriante, sintió una ligereza inexplicable, casi etérea. Aquí nadie le haría daño. Aquí comenzaba una vida nueva.
Pasaron dos semanas. Begoña se fue recuperando poco a poco. Los vecinos, gente sencilla y sincera, resultaron ser extraordinariamente amables. Ayudaban en lo que podían, sin preguntas. Juntos pusieron en orden la casa: arreglaron el tejado, arrancaron la maleza del patio. La calidez de esos gestos empezó a derretir el hielo de su corazón; el dolor se fue retirando.
Pero el destino le reservó otra prueba, una que pondría a prueba su fortaleza. Una mañana, a su puerta llegó la vecina Valentina, pálida de miedo.
Begoña, querida, lo siento, hoy no podré ayudar en el huerto, ¡me ha pasado una desgracia! Mi Mari su vientre le retuerce sin remedio, no aguanta ni un sorbo de agua, y sus ojos están apagados, como si no fueran suyos.
Necesita una succión de inmediato dijo Begoña al instante, con voz de médica. La niña sufre una fuerte deshidratación, es muy peligroso.
¿Una succión?, querida, aquí ni siquiera hay médico exclamó Valentina, casi llorando.
Afortunadamente, Begoña llevaba siempre una pequeña pero bien equipada bolsa de primeros auxilios. Le instaló la succión a la niña y, al cabo de unas horas, la mejoró. Al atardecer, Mari ya sonreía levemente y pedía beber.
Al día siguiente todo el pueblo sabía que la recién llegada no era sólo una citadina, sino una verdadera doctora. No pudo seguir ocultando su profesión. Fue entonces cuando Begoña comprendió que no podía renunciar a su vocación. Sólo al ayudar a los demás, entregando una parte de sí, sentía que la vida volvía a tener sentido, auténtico y pleno.
Un mes después ya trabajaba oficialmente en el puesto de salud del pueblo, ese mismo centro donde pocos querían quedarse mucho tiempo. Para ella se había convertido en un refugio: la oportunidad de huir, esconderse y comenzar de nuevo, como partir de una hoja en blanco.
El tiempo siguió su curso, los meses se sucedían. Una madrugada la llamaron por una niña que había subido de temperatura de golpe. Al abrir la puerta del viejo pero bien cuidado caserón, apareció un hombre.
Buenos días, soy David se presentó con evidente nerviosismo. Por favor, ayude a mi hija.
Begoña lo miró un instante: sus ojos profundos, su voz serena y segura. Pero después de todo lo vivido, el pecho le estaba cerrado a los hombres. Sin embargo, mantuvo la compostura profesional.
Lléveme a ella respondió, recuperando su concentración.
La pequeñita yacía bajo una manta de retazos, pálida, caliente, pero con una confianza sorprendente; sus grandes ojos azules le miraban directamente al alma.
Tiene fuertes sibilancias diagnosticó tras examinarla. Necesitará unos medicamentos que sólo se consiguen en la ciudad. Por favor, llame a su esposa, le explicaré el tratamiento
No tengo esposa contestó David con voz queda. Yo crié a Oriana solo. Su madre murió al nacer.
Al ver a la niña de nuevo, algo se encogió en el pecho de Begoña. Cuán injusto era aquel mundo Años había suplicado a su exmarido por un hijo, y ahora una desconocida, una niña que nunca había visto, derretía en ella lo que creía muerto.
Se acercó con ternura a la niña:
Vas a recuperarte, pequeña princesa. Yo me ocuparé de ti.
Orián apenas sonrió, y esa sonrisa valía más que mil palabras. David agradeció con la cabeza.
No sé cómo recompensarle. Permítame llevarla en coche, o al menos traerla cada mañana al trabajo dijo, consciente de lo duro que era el camino a pie.
Begoña quiso rechazar, pero algo dentro de ella la detuvo. No había falsedad en su voz, sólo sinceridad. Y la niña ya había encontrado su sitio permanente en su corazón.
De acuerdo aceptó después de una pausa. Gracias.
El tiempo siguió su marcha. En el pueblo reinaba una vida tranquila y pausada. Begoña se sentó en la vieja banca frente a su casa, con una taza de té de hierbas en la mano. De repente, David se acercó, la abrazó por los hombros y la besó en la mejilla.
Cariña susurró con dulzura. Eres mi siempre.
Begoña sonrió, cerró los ojos y sintió el calor de sus manos. Desde el portal, Ori saltó con un alegre rebuzno, y David, riendo, corrigió:
Perdón, no mía, sino nuestra.
Ambos rieron y su risa se mezcló con la infantil, creando una sola melodía de felicidad.
Pasó un año entero. Fue el periodo más sereno y luminoso de su vida. Gracias a David y a Ori, se atrevió a volver a la ciudad para firmar los papeles del divorcio. Su antiguo marido y Verónica ya vivían juntos; no les importó su regreso, lo cual resultó doloroso pero, al mismo tiempo, liberador. Firmó, salió del juzgado y no volvió la vista atrás.
Ahora su vida era otra: llena de nuevo sentido, confianza y luz. Aprendió otra vez a confiar en la gente, a amar y a permitirse ser amada. Todo ese gran bienestar lo debía a aquel pequeño caserón de la Mancha, legado por su sabia abuela.
Begoña suspiró, apoyó la mano sobre la firme mano de David.
Nos espera toda una vida sonrió, mirando sus cálidos ojos.
Te amo respondió él, apretando sus dedos. Eres mi inspiración, mi puerto tranquilo.
Al caer la tarde, el cielo se vestía con tonos melocotón y lavanda. El arroyo cercano corría, arrastrando sus aguas y borrando las viejas preocupaciones. En esa quietud nació una nueva música: la de un amor que había sobrevivido al dolor. Dos almas, que antes se habían perdido, ahora se abrazaban para cuidarse mutuamente.
Y esa es la mayor verdad sobre el verdadero hogar: no se construye con ladrillos, sino con confianza, apoyo y ese entendimiento que no necesita palabras.







