Hace ya varios años escuché de la boca de mi marido una frase que quedó grabada en mi memoria como una cicatriz. Me dijo, sin rodeos: «Vives con tanta previsibilidad que me aburro de ti». Yo, Aroa, creía que, aunque Juan encontraba monótona nuestra existencia, yo estaba satisfecha con ella. Cada mañana me levantaba al alba, tomaba el desayuno, hacía unos ejercicios y me vestía para ir a trabajar. Lo primero que hacía era ayudar a Juan a alistarse, pues él salía temprano, y luego me preparaba yo. Todas las comidas las elaborábamos en casa; empaquetaba en tarros el almuerzo tanto para mí como para él. Cada tarde, al volver del trabajo, pasaba por la tienda de la esquina para comprar algún detalle y luego cocinaba, limpiaba y lavaba la ropa. Antes de dormir nos poníamos una película y nos acostábamos.
Estaba convencida de que mi modo de vida era el correcto. Todo parecía perfecto: Juan estaba bien cuidado, la casa era ordenada y confortable. ¿Qué más podía desear? Cada sábado hacía una limpieza a fondo de toda la vivienda, horneaba algo delicioso y preparaba la comida del día. Por la noche recibíamos a amigos en casa o salíamos a la ciudad. Los domingos íbamos a casa de los padres; la mitad del día estábamos con la madre de Juan y la otra mitad con la mía, ayudando en las tareas, conversando y disfrutando del tiempo en familia.
Al caer la noche descansábamos en nuestro hogar. Nunca discutíamos, nunca nos gritábamos; reinaba la armonía y la tranquilidad. Pero, un día, Juan volvió a decirme que estaba cansado de mí. Durante varias horas me explicó que no estaba satisfecho y citó a sus colegas que vivían a lo loco, se divertían sin medida y se sentían realizados. «Nosotros ni siquiera nos peleamos», me reprochó. Esa misma tarde se marchó sin decir más.
Yo estaba plenamente convencida de que nuestra vida era la adecuada y no quería cambiar nada. Sin embargo, por amor a Juan, estaba dispuesta a intentarlo. Primero decidí transformar mi imagen. Deshice espacio en el armario, gasté el dinero que habíamos ahorrado para la compra de una casa en ropa nueva, me corté el pelo al ras y lo teñí de un tono atrevido. Quería dejar de parecer aburrida. Después busqué otro empleo, pero no uno de oficina; me metí en la organización de eventos y descubrí un mundo lleno de actividades originales.
Una semana después, Juan regresó y quedó pasmado con la mujer que tenía delante. Desde entonces le prometí que cambiaríamos nuestro estilo de vida por completo, y así lo hicimos. Desde entonces casi no volvimos a pisar la casa; estábamos siempre en movimiento, haciendo viajes, conociendo gente interesante. Cada noche nos lanzábamos a un club, a un restaurante, a un bar, a una fiesta, a casa de amigos o a donde surgiera la ocasión. Podíamos ir de campamento, andar en bicicleta, remar en kayak o escaparnos a fin de semana a otra ciudad como Valencia o Granada.
Pasaron varios meses de esta vida sin rutina y Juan empezó a confesar que anhelaba la serenidad, el silencio, simplemente quedarse en casa. Admitió que le hacía falta la comida casera y mis pasteles. Yo, sin embargo, ya no tenía tiempo para estar en la cocina. Me había transformado tanto que él ya no extrañaba mi compañía.
Una semana después, Juan me dijo que no podía seguir con aquel ritmo tan activo; quería volver a los viejos tiempos, al sosiego, a la calidez del hogar. Deseaba pasar las noches en la casa y los fines de semana visitar a los padres para comer platos frescos y caseros, no esos de microondas o de comida a domicilio.
Yo, por mi parte, ya no sentía interés por volver atrás. Había aprendido a adaptarme a las responsabilidades de una vida adulta y no quería renunciar a ella. El estilo de vida actual me satisfacía, aunque también guardaba cariño por el anterior; sin embargo, no lo cambiaría de nuevo. Cuando Juan insistió en reincidir en la vida de antes, estalló una verdadera disputa.
Al final, su deseo de volver a la normalidad provocó que se rompieran platos, que los vecinos llamaran a la policía y que él se marchara con sus pertenencias a casa de su madre, con la esperanza de regresar y encontrarme como antes. Pero eso ya no sería posible. No somos personajes de una película que pueden transformarse a mano. Juan volvió al domicilio y encontró sobre la mesa papeles de divorcio y una nota que decía que me aburría y que no podía seguir viviendo con él.





