¡Adónde vais! ¡Hemos venido a visitaros! ¡Odio a tu hermana! exclamó Rosalía frunciendo el ceño. ¡Me saca de quicio!
No eres la única respondió Santiago, apoyando a su esposa.
Se mete en todo y cree que sabe más que nadie. Deberías ver la sonrisa de triunfo que pone cuando logra humillarme murmuró Rosalía entre dientes. Un día critica mi educación, al siguiente dice que mi maquillaje está pasado de moda
Siempre ha sido así se encogió de hombros el marido. Por desgracia, es culpa de mi madre, que la consintió y la malcrió.
Menos mal que vivimos a cien kilómetros de tu familia dijo Rosalía alzando los ojos al cielo.
La suegra, Carmen, y la cuñada, Beatriz, vivían en Madrid, mientras que Santiago y Rosalía residían en un pequeño pueblo cercano.
Ambas mujeres eran viudas y compartían un piso en la ciudad, así que cada vez que Santiago y Rosalía iban a ver a su madre, también se encontraban con Beatriz.
La hermana de Santiago no soportaba a su cuñada, por lo que las discusiones entre ellas eran inevitables.
En las primeras visitas, Rosalía aguantó en silencio, pero al ver que Carmen, débil de carácter, empezaba también a criticarla, decidió contestar.
Cada visita terminaba en escándalo, hasta que la pareja optó por no volver.
Carmen no tardó en notarlo y comenzó a llamar a su hijo para pedir explicaciones.
¿Por qué no venís? Lleváis dos semanas sin aparecer. ¿No crees que tu madre y tu hermana os echan de menos? reprendió.
Tenemos mucho trabajo, no hay tiempo respondió Santiago secamente, evitando entrar en detalles.
¿Qué asunto tan importante os ocupa? preguntó Carmen con recelo. ¿Acaso tu mujer te lo prohíbe? La última vez se fue con cara de haber tragado hiel.
Ya te dije, tenemos cosas que atender replicó Santiago, terminando la conversación.
Sin embargo, una hora después, Carmen volvió a llamar para anunciar que ella y Beatriz irían al pueblo.
¿Por qué? se sorprendió Santiago.
Para visitar a una vieja amiga y de paso veros, ya que vosotros no venís explicó Carmen con seguridad.
El rostro de Santiago se tensó. No había dejado de visitarlas para que ahora aparecieran en su casa.
No creo que estemos dijo, esperando disuadirlas.
¿Adónde vais? preguntó Carmen irritada. Me parece que simplemente no queréis vernos. Si es así, decidlo claro.
Tenemos una boda improvisó Santiago.
Pues id, aunque vuestra madre y hermana no vengan todos los días replicó con amargura antes de colgar.
Santiago sintió remordimiento, pero al recordar cómo trataban a Rosalía, dejó de preocuparse.
No mencionó a su esposa la visita inminente, para no alterarla.
Tres horas después, comprendió su error. Al sonar el timbre, Rosalía abrió la puerta.
Al ver a Carmen y Beatriz, se quedó sin palabras. No esperaba aquella visita.
Santiago, recordando de pronto, corrió al recibidor.
Rosalía, ¿no estás lista? ¿Aún en casa? dijo, fingiendo no ver a las invitadas.
¿Lista para qué? preguntó ella, confundida.
Para la boda. ¿Lo olvidaste? sonrió Santiago con tensión. ¡Ah, madre, Beatriz! ¿Qué hacéis aquí?
Te avisé respondió Carmen con calma. ¿Podemos entrar o seguiremos en el rellano?
No, es que nos vamos. Rosalía, vístete ordenó Santiago, tomándola de la mano.
Ella lo miró extrañada, pero al ver su guiño, entendió la farsa.
¿Adónde vais? ¡Vinimos a veros! dijo Beatriz, cruzando los brazos. ¿No es tarde para una boda?
Debemos llegar antes de las ocho cortó Santiago. En media hora.
¿Irás así? se burló Carmen al ver su ropa de casa.
¡Maldita sea, me olvidé de cambiarme! dijo él, y corrió al dormitorio.
Beatriz y Carmen intercambiaron miradas escépticas.
No creían que tuvieran que irse.
Estaban seguras de que era una excusa para librarse de ellas.
¿No podéis cancelar? preguntó Carmen al verlo regresar.
Imposible afirmó Santiago. Llevamos meses esperando este día. Además, el banquete está pagado. Volved la próxima semana.
Sabía que su madre se negaría, ofendida.
¿Y si esperamos aquí hasta que volváis? propuso Beatriz, mirando alrededor.
No, ¿para qué? rechazó él. Tenéis otro sitio, ¿no?
Tu casa es mejor que la de esa vieja amiga dijo Carmen con risita. Y además, ya fuimos y no le gustó nuestra visita.
¿Os llevo a la estación? sugirió Santiago, queriendo acelerar su partida.
No hay autobuses a Madrid, y no nos llevarás replicó Beatriz con sorna.
Puedo reservaros una habitación propuso él. Es lo único que puedo hacer.
Carmen frunció el ceño, decepcionada.
¿Un hotel? respondió Beatriz, ofendida. ¿Teméis que os robemos?
No, pero preferimos que nadie esté aquí sin nosotros intervino Rosalía.
Os acompaño insistió Santiago.
¡No hace falta! dijo Carmen, saliendo.
Beatriz la siguió, lanzando reproches contra su hermano y cuñada.
Al verlas irse por la ventana, la pareja suspiró aliviada.
La excusa de la boda ya no era necesaria.
Carmen y Beatriz tomaron un taxi de vuelta a Madrid, decididas a romper el contacto con sus ingratos familiares.
Santiago solo pensó en ellas cuando tuvo una cita médica en la ciudad y buscó donde comer.
Beatriz abrió la puerta y, al verlo, dijo secamente que salían y no dejarían a un extraño en casa.
Él comprendió, con amargura, que estaban profundamente ofendidas.
Tras aquel encuentro, las relaciones se rompieron para siempre.





