Querido diario,
Hoy mi hijo Luis se acercó a mí con el semblante cansado y, sin rodeos, me dijo: «Papá, quiero divorciarme. Ya no soporto a mi mujer, la Isabel; es perezosa y me toca cargar con todo». Yo lo miré, respiré hondo y respondí: «Perdóname, hijo».
«¿Perdonarme por qué?», replicó.
«Por no haber sido siempre justo con tu madre. Esa culpa mía ha sembrado en ti una sombra que te lleva a pensar en la separación», le contesté.
«¿No quieres divorciarme?», preguntó, incrédulo.
«No, no te separes. Ni lo pienses jamás», le aseguré.
«¿Deberé soportar todo hasta el último día?», preguntó de nuevo.
«No se trata de soportar, sino de cambiar tu actitud. Si tú cambias, todo a tu alrededor se transforma», le expliqué.
«¿Cómo puedo cambiar?», insistió.
Le dije que observara a su esposa como enseña el Señor. «Ella es un regalo de Dios, tu alegría, tu compañera, la madre de tus hijos. Es una frágil vasija que el Altísimo te ha puesto en manos; cuídala con ternura, con cautela, con dedicación. El resto son nimiedades. Si hoy no sabe algo, aprenderá. Tú tampoco lo sabes todo; aún te faltan habilidades. Si le falta tiempo, cúbrela con tu fuerza y tu amor. Si desconoce algo, cuéntaselo al caer la tarde, con una taza de té y un abrazo al hombro. Vuestro camino es sólo vuestro, vuestro amor sólo vuestro. Quien intente sembrar odio en tu hogar es un enemigo, aunque sea tu madre, tu hermano o tu mejor amigo. No los juzgues; perdónalos y hazles entender que por tu mujer y por tu amor morirías sin pensarlo dos veces, pero jamás permitirías que nadie, ni siquiera con una palabra áspera, toque a tu familia».
Le pregunté si también habían intentado separarnos mi esposa Carmen y yo. Respondió que, sin ayudantes, a veces discutíamos con vehemencia, orgullosos y tercos. Le recordé que nuestra vida es distinta; nadie nos expulsará del cielo. Le aconsejé que pidiera sabiduría a Dios, que se concediera mutuamente, que se compadecieran y se animaran, que la verdadera amor crece y se descubre plenamente en la vejez, cuando al fin, al abrazar a tu esposa al atardecer, ya no hacen falta palabras.
Al final, Luis quedó en silencio. Por primera vez en mucho tiempo, miró a su esposa no como un problema, sino como una persona cansada, con debilidades, que también anhela calor y apoyo. Sentía vergüenza por haber visto sólo sus defectos y no los ojos que alguna vez brillaron de alegría a su lado.
Esa noche, al volver a casa, no dije reproches. Simplemente me acerqué, la abracé y, con voz temblorosa, le dije: «Perdóname, no había visto en ti el mayor tesoro de mi vida». Ella se quedó perpleja, pero en sus ojos se encendió una chispa, la misma que los unió al principio.
No se necesitó mucho discurso; el silencio, el roce y la certeza de que seguimos juntos fueron suficientes. El verdadero amor no desaparece; a veces se oculta bajo capas de reproches y preocupaciones, pero si lo alimentamos con atención, paciencia y ternura, despierta más fuerte que nunca.
Lección personal: la felicidad conyugal no se conquista con palabras grandiosas, sino con gestos cotidianos y la disposición a cambiar antes de que el corazón se enfríe.





