El marido envió a su esposa al campo para que adelgazara, porque había perdido la cabeza, y así poder dedicarse libremente a los placeres con su secretaria.

El marido mandó a su mujer al campo para que adelgazara, porque se le había ido la cabeza, y así él podía disfrutar a sus anchas con su secretaria.

«Esteban, no entiendo qué quieres», dijo Lucía.

«Nada del otro mundo», contestó él. «Solo necesito estar solo, descansar un poco. Vete al campo, relájate, pierde unos kilos. Si no, te has quedado completamente deslucida».

Le lanzó una mirada despectiva a la silueta de su esposa. Lucía sabía que había engordado por el tratamiento, pero no dijo nada.

«¿Dónde es ese campo?», preguntó ella.

«En un sitio muy pintoresco», sonrió Esteban. «Te gustará».

Lucía decidió no discutir. También necesitaba descanso. «Quizá estamos cansados el uno del otro», pensó. «Dejémoslo en su ocio. Y no volveré hasta que él mismo me lo pida».

Empezó a preparar sus cosas.

«No estás enfadada conmigo, ¿verdad?», aclaró Esteban. «Es solo un tiempo, para que descanses».

«No, todo bien», respondió Lucía con una sonrisa.

«Pues me voy», dijo Esteban, dándole un beso en la mejilla antes de salir.

Lucía suspiró hondo. Sus besos hacía tiempo que habían perdido el calor de antes.

El viaje duró más de lo esperado. Lucía se equivocó de camino dos veces el GPS se volvió caprichoso y no había cobertura. Al final, apareció un cartel con el nombre del pueblo. El lugar era remoto; las casas, aunque de madera, estaban cuidadas, con bonitos adornos tallados.

«Aquí no hay comodidades modernas», pensó Lucía.

Y no se equivocaba. La casa parecía medio en ruinas. Sin coche ni teléfono, se habría sentido transportada al pasado. Lucía sacó el móvil. «Le llamaré ahora», se dijo, pero seguía sin señal.

El sol se ponía y Lucía estaba agotada. Si no encontraba la casa, pasaría la noche en el coche.

No tenía ganas de volver a la ciudad, ni de darle a Esteban la oportunidad de decir que no sabía apañárselas sola.

Bajó del coche. Su chaqueta roja destacaba cómicamente en el paisaje del pueblo. Se sonrió.

«Bueno, Lucía, no nos vamos a perder», se dijo en voz alta.

A la mañana siguiente, el estridente canto de un gallo la despertó mientras dormía en el coche.

«¿Pero qué alboroto es este?», refunfuñó Lucía bajando la ventanilla.

El gallo la miró con un ojo y volvió a cacarear.

«¿A qué vienen tantos gritos?», exclamó Lucía, pero vio una escoba pasar veloz ante el cristal y el gallo calló.

Un anciano apareció en la cuneta.

«¡Buenos días!», la saludó.

Lucía lo miró, sorprendida. Aquellos vecinos parecían sacados de un cuento.

«No le hagas caso a nuestro gallo», dijo el viejo. «Es bueno, pero cacarea como si lo estuvieran desplumando».

Lucía se echó a reír, el sueño se esfumó al instante. El anciano también sonrió.

«¿Te quedas mucho con nosotros o solo pasas?»

«A descansar, hasta que se acabe», respondió Lucía.

«Pasa, niña. Ven a desayunar. Conocerás a la abuela. Hace unas tartas y no hay quien se las coma. Los nietos vienen una vez al año, los hijos igual»

Lucía no lo dudó. Tenía que conocer a los vecinos.

La mujer de Pedro resultó ser una abuela de cuento llevaba delantal y pañuelo, sonreía sin dientes y sus arrugas transmitían ternura. La casa estaba limpia y acogedora.

«¡Es maravilloso aquí!», exclamó Lucía. «¿Por qué no vienen más los hijos?»

Ana se encogió de hombros.

«Somos nosotros los que les decimos que no vengan. Las carreteras son un desastre. Tras la lluvia, hay que esperar una semana para salir. Hubo un puente, pero era viejo. Se cayó hace unos quince años. Vivimos como recluidos. Pedro va a la tienda una vez por semana. La barca ya no aguanta más peso. Pedro es fuerte, pero la edad»

«¡Estas tartas son celestiales!», exclamó Lucía. «¿Nadie cuida de vosotros? Alguien debería hacerlo».

«¿Para qué? Solo somos cincuenta. Antes éramos mil. Pero todos se han ido».

Lucía reflexionó.

«Qué raro. ¿Y la administración, dónde está?»

«Al otro lado del puente. Y con el rodeo, son 60 kilómetros. ¿Crees que no hemos pedido ayuda? La respuesta siempre es la misma: no hay dinero».

Lucía supo que había encontrado un proyecto para sus vacaciones.

«Decidme, ¿dónde está la administración? ¿O me acompañáis? No parece que vaya a llover».

Los ancianos se miraron.

«¿En serio? Has venido a descansar».

«Lo estoy. El descanso puede tomar muchas formas. ¿Y si llueve? También debo pensar en mí».

Los viejos sonrieron con cariño.

En la administración le dijeron:

«¡Hasta cuándo nos vais a dar la lata! Nos hacéis quedar como los malos. Mirad las calles del pueblo

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El marido envió a su esposa al campo para que adelgazara, porque había perdido la cabeza, y así poder dedicarse libremente a los placeres con su secretaria.