**Diario de un Padre**
Hoy he tenido otra discusión con mi hija. No puedo seguir así. Le he dicho claramente: “No recibirás ni un céntimo más de nosotros mientras no dejes a ese holgazán”.
Cada día, nuestra paz se rompe por los gritos. No es por mi esposa ni por mí, sino por mi yerno. Ese hombre que mi hija eligió es la definición de la pereza. Lleva más de un año sin trabajar, salvo algún que otro trabajo esporádico, y se pasa el día sin hacer nada. Mi hija carga con todo: los niños, la casa, la crianza de los gemelos y él, ¿qué hace? Nada. Absolutamente nada.
Le ofrecí ayuda, pero con una condición: no daré ni un euro mientras no se divorcie de ese parásito. Porque ayudarla a ella es, de algún modo, mantenerlo a él. Y no pienso financiar la vagancia de nadie.
Desde el principio, supe que Javier no era buena persona. Esperé que mi hiera, Lucía, despertara, pero el amor y la juventud la cegaron. Ahora pagamos las consecuencias.
Les dimos el piso de la abuela. Antes lo alquilábamos, era nuestro pequeño ingreso en la jubilación. Pero como no podían pagar un alquiler, les cedimos el lugar. Solo les pedí que lo arreglaran un poco, que hicieran algo por los niños.
Y entonces, Javier mostró su verdadero carácter:
Yo no soy manitas. Soy una persona culta. Que lo hagan los profesionales.
¿Con qué dinero, dime? Ni siquiera ha ganado para comprar un destornillador. Todo lo que sabe es quejarse y filosofear. ¿Trabajar por las tardes? “No puedo”. ¿Los fines de semana? “Hay que descansar”. Se ha acostumbrado a que todo caiga del cielo.
Cuando le dije claramente que era un vago, se ofendió. “No me entiendes”. Y Lucía, en vez de apoyarme, me reprochó:
Por tu culpa, hemos vuelto a discutir. ¿Por qué te metes?
Me aparté, pero le dejé claro: si eligió esta vida, que la afronte. No venga después pidiendo ayuda. Pero cuando supe que esperaba gemelos, se me partió el alma. Pensé que Javier reaccionaría, pero no. Todo siguió igual. Terminamos nosotros los arreglos, compramos las cunas, acompañamos a Lucía al médico. ¿Y él? Tirado en el sofá, frente al ordenador.
Lucía hacía lo que podía, pero se notaba que empezaba a ver la realidad. Entre todos, arreglamos el piso como pudimos. A mano, claro. Él, más tarde, compró cuatro cosas en rebajas como si eso bastara. Cuando tienes una familia, actúas como un hombre, no como un niño.
Y luego descubrimos cómo sobrevivían: tenían una tarjeta de crédito. Sin decirnos nada. Hasta que llegó la llamada:
Mamá, no llegamos a fin de mes. Ayúdanos.
Estallé.
¡Lucía





