Se cuenta, como se dice en los antiguos relatos del bosque de la Sierra de Guadarrama, que una ardilla llamada Carmen, al hallar una cría desamparada, le ofreció alimento y, tras tres jornadas de observación, se convenció de que aquel pequeño no tenía madre ni padre. Entonces, con el corazón abierto, Carmen lo cuidó, lo alimentó y lo presentó a sus propios retoños, como si fuera uno más de la camada.
La hembra ardilla tiene una costumbre singular: cuando su compañero regresa del bosque cargado de bellotas y piñones, la recibe con besos y mimos, aliviando el cansancio que el trabajo de traer el sustento le ha impuesto. A su vez, el macho, llamado José, no escatima en muestras de cariño; le regala las más hermosas rosas del jardín y las más grandes nueces de nogal y almendras que ha encontrado.
Así, la pareja de ardillas forma una familia ejemplar, pues de su labor depende el futuro de la humanidad: la mitad de las semillas que guardan terminan convirtiéndose en nuevos arbustos y árboles que brotan en el bosque. ¡Cuán maravilloso sería que los hombres aprendieran de esa sabiduría animal!
Algunos datos curiosos que aún se recuerdan sobre la “sabiduría familiar” de las ardillas:
– Cuidan de los huérfanos. Los estudiosos han visto en repetidas ocasiones cómo las hembras adoptan crías abandonadas y las crían como propias, una rareza en el reino animal.
– Son fundadoras de bosques. Aproximadamente la mitad de las nueces y semillas que esconden jamás recuperan; esas se convierten en nuevos árboles y arbustos, como si sembraran bosques con sus propias manos.
– Poseen gran inteligencia. Llegan a memorizar miles de lugares donde ocultan provisiones, usando la memoria espacial y puntos de referencia.
– Comunican amor. Los machos suelen llevar a las hembras las mayores nueces y los frutos más jugosos, como singular “regalo de amor”.
– Demuestran cuidado social. Se saludan oliéndose, rozándose con la nariz y lamiéndose el pelaje, gesto que expresa afecto y confianza.
– Mantienen el equilibrio natural. Sin las ardillas, los ecosistemas forestales perderían diversidad; ellas dispersan semillas de decenas de especies, preservando la armonía de la naturaleza.
De todo ello se extrae una lección para los hombres: la atención a los más débiles, la generosidad al dar y la capacidad de pensar a futuro forjan familias más sólidas y una sociedad más fuerte.





