No puedes permitirte pasar esto por alto

**¿Y si te lo pierdes?**
Lucía, ¿quieres ser mi esposa? Maximiliano, con las mejillas encendidas, le tendió a Lucía una caja de terciopelo. Estaban sentados en una acogedora cafetería donde el aroma a repostería recién hecha se mezclaba con una música suave de fondo. Los ojos del joven brillaban de esperanza, y sus labios temblaban levemente por los nervios. Tras un silencio, al ver su vacilación, añadió: ¿Entonces? ¿Te casarás conmigo o?
Lucía, que hasta entonces había sonreído con calma, se tornó seria. Una sombra de frustración cruzó su rostro. Apartó su copa de cava y suspiró:
Maxi, lo siento, pero no puedo.
¿Cómo que no puedes, Lu? ¿Por qué? él frunció el ceño. Piensa, llevamos cinco años juntos. Ya terminamos los estudios. Tenemos buenos trabajos, nuestro propio piso ¿Por qué no dar el paso? ¿De verdad no quieres que seamos una familia?
Lucía se encogió de hombros:
Maxi, no me siento preparada. Quiero vivir para mí. ¿Sabes? Esos “encantos” del matrimoniolos potajes, los pañales, las visitas familiares los domingosno son para mí ahora. Quiero viajar, salir con mis amigas, hacer lo que me gusta. Soy joven, tengo toda la vida por delante. ¡No quiero atarme todavía!
¿O sea, soy una carga para ti? preguntó él, dolido.
¡No digas eso! Solo tengo otras prioridades. Además, ¿acaso estamos mal así, sin papeles? intentó suavizar el golpe Lucía. Lo importante es el amor, ¿no?
Pero en el corazón de Maximiliano ya hervía la indignación:
¿Otras prioridades? Creía que compartíamos sueños. Pero resulta que aún quieres correr de discoteca en discoteca, como la cigarra de la fábula.
¡Ah, ya veo! ¿Yo soy la cigarra? ¿Y tú el hormiguito perfecto que ya lo ha decidido todo por mí? ¿Te importa tan poco lo que yo quiero? Lucía se levantó de un salto. ¡Vete al infierno!
Sin más, salió corriendo del local, dejando a Maximiliano aturdido.
Furiosa, caminó a paso rápido hasta llegar al parque y se dejó caer en el primer banco que vio. La rabia le ardía en el pecho como lava, lista para estallar.
«¿Cómo se atreve? ¡Cree que puede decidir por mí! Ni siquiera tenemos treinta años, ¡y ya quiere encerrarme en la rutina!», pensaba, agitada.
Tan ensimismada estaba que no notó a la mujer que se sentó a su lado hasta que un olor acre la hizo volver la cabeza. Era una mendiga: sucia, con ropa harapienta y mirada apagada.
¿Puedo coger esto? señaló una botella vacía bajo el banco.
Lucía, aún alterada, la miró con desprecio.
¿Y no has probado a trabajar? Tienes brazos y piernas, podrías esforzarte.
Normalmente, Lucía era compasiva, pero ahora solo quería descargar su ira, que le quemaba por dentro.
La mujer asintió:
Lo haría, pero ¿quién me contrata? No es fácil para gente como yo.
¿Y de quién es culpa?
¡De nadie! la mendiga sonrió, mostrando los dientes faltantes. Sacó un cigarrillo arrugado de su bolsillo, pero, tras dudar, lo guardó de nuevo. Me llaman Manuela la Sin Hogar. Si no hubiera sido tan tonta de joven, no estaría aquí. Tal vez tendría nietos, estaría envasando tomates o planchando para mi marido. Yo también fui guapa como tú. Tosi

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