¡Mamá, ¿en serio quieres regalar nuestro piso al hijo de tu hermano? ¿Y luego te vendrás a vivir conmigo? ¡Ni lo sueñes!
¡Ni se te ocurra oponerte! Mamá, ¿estás en tus cabales? ¿No te das cuenta de que en cuanto tenga el piso a su nombre te echará sin pensarlo?
Sofía, ¡no me discutas! ¡He tomado mi decisión!
Al principio, la madre intentó mantenerse firme, mostrando seguridad en sus palabras. Pero al final se echó a llorar, porque en el fondo sabía que estaba siendo injusta con su propia hija.
La cosa era así: Mateo, el hermano menor de Sofía, siempre había sido su favorito. Ocurrió que Elena, su madre, lo tuvo pasados los treinta, mientras que a Sofía la tuvo de joven, casi por casualidad.
Por eso, con su hija siempre tuvo una actitud de “bueno, está ahí, y punto”. La crió más bien su abuela, porque Elena en esos años estaba empeñada en terminar la carrera.
Pero con Mateo fue distinto. Lo planeó conscientemente, cuando se casó por segunda vez, y disfrutó cada momento de la maternidad.
Sofía lo veía todo perfectamente. Solo una cosa no entendía: por qué su madre era tan desc





