**”Se te olvidó invitarnos a la fiesta”**
Lucía adoraba a su marido. Consideraba que había tenido mucha suerte al encontrarlo. Iker era atento, cariñoso y siempre hacía lo posible por hacerla feliz.
Pero con su familia la cosa cambiaba. Se dice que en todas las familias hay una oveja negra. Pues en la de Iker, ocurría lo contrario: él era el único cuerdo, y los demás, un desastre.
Su suegro, por ejemplo, cada vez que la veía, soltaba: “¡Ay, hija, cómo te ha crecido la tripa! ¿Seguro que no traes un pasajero dentro?”.
Lo curioso es que Lucía estaba en su peso ideal y no había engordado ni un gramo desde que los conoció. Pero a Eduardo eso no le importaba. Parecía que ese comentario formaba parte de su repertorio fijo, aunque Lucía adelgazara diez kilos.
Además, el hombre tenía un humor peculiar. Frases incómodas, risas fuera de lugar, y su costumbre de pasearse en camiseta de tirantes por la casa como si estuviera en la playa.
Su suegra, Margarita, era otra joya. Adoraba dar lecciones de todo, aunque no tuviera ni idea. “Ese vestido no es apropiado”, “Llévate el pelo así”, “Ese pintalabios te envejece”. Cuando Lucía e Iker se mudaron a su nuevo piso, Margarita se desató. Criticó los muebles, la disposición, hasta el color de las cortinas. Todo estaba mal, según ella.
Luego estaba la hermana de Iker, una joven despreocupada con dos hijos de padres distintos, con los que Carla jamás tuvo una relación seria. Iba con los niños a todas partes y, como madre, exigía que el mundo girara a su alrededor. Que le cedieran el asiento, que la atendieran primero, que todo el mundo aguantara los berrinches de sus pequeños.
Aunque recibía pensiones y ayudas del Estado, y vivía a costa de sus padres, Carla tenía debilidad por lo gratuito. Iba acumulando cosas que ni necesitaba: paquetes de pañales ya inservibles, ropa que le sobraba, juguetes rotos Decía que era para “montar un negocio”, pero en realidad era pura manía de acaparar.
Sus hijos, como era de esperar, eran maleducados. Con una madre así, no podían ser de otra manera. En cuanto entraban en una casa, iban directos a la cocina a buscar chuches, cogían lo que no era suyo y destrozaban todo a su paso. Carla nunca les llamaba la atención.
Lucía recordaba con horror el día en que Carla y sus hijos fueron a su casa de recién mudados. Les regaló un juego de té que, sin duda, había conseguido gratis. Cuando se marcharon, no quedaba ni un dulce, un jarrón nuevo estaba roto y había manchas de algo (esperaba que fuese chocolate) en los cojines.
Así que, cuando se acercaba su cumpleaños, Lucía decidió no invitar a su familia política. Si no, la fiesta sería un desastre. Su suegro con sus comentarios, su suegra con sus clases magistrales, Carla pidiendo cosas y los niños convirtiendo el piso en un campo de batalla.
Se sentía un poco mal por Iker, pero confiaba en que lo entendería.
Cariño, este año quiero celebrar mi cumple en casa dijo. Invitaré a mis padres y a unas amigas.
Me parece bien. Al fin y al cabo, hemos decorado el piso para disfrutarlo respondió Iker, sonriendo.
Exacto. Ahora parece un plató de revista Pero
¿Qué pasa?
No te enfades, pero no quiero invitar a tus padres.
Iker suspiró y asintió.
Lo siento, pero con ellos siempre es complicado. Y en mi cumpleaños, quiero relajarme, no estar a la defensiva explicó Lucía, con cara de pena.
Lo entiendo perfectamente. No son fáciles admitió Iker.
¿No estás enfadado?
Para nada. Es tu día, y debe ser como tú quieras.
Lucía se reafirmó en que su marido era el mejor del mundo. A veces sospechaba que debía de ser adoptado, porque no había otra explicación.
No dijo nada a sus suegros, argumentando que esta vez sería una celebración íntima. Incluso le pidió a Iker que no les contara nada.
Pero, al final, se enteraron. Margarita llamó a la madre de Lucía para hablar de no sé qué, y se le escapó.
¡Así es como nos trata tu nuera! gritó ¿Es que no valemos para nada?
Mamá intentó calmar Iker, solo quería celebrarlo con su familia y unas amigas. Es su día, ella decide. Si hubiese una gran fiesta, os habríamos invitado.
Vale, ya entiendo. Y dile a tu mujer que estamos muy ofendidos.
Colgó, dejando a Iker con un suspiro. Él entendía perfectamente a Lucía. Aunque no fuese correcto decirlo, siempre se había avergonzado un poco de los suyos.
Decidió no decirle nada para no estropearle el día. Ya le contaría lo de su madre después.
Por la mañana, al cumplir los veintiséis años, Iker le regaló un ramo de flores y un vale para un spa. Sabía que este año había sido agotador: la boda, la reforma del piso, el trabajo Necesitaba un respiro.
Por la tarde, empezaron a llegar los invitados. Lucía lo había preparado todo con esmero: comida delPero justo cuando todos se sentaban a disfrutar, sonó el timbre, y al abrir, allí estaban sus suegros, con cara de pocos amigos y una torta que olía sospechosamente a rebaja de última hora.





