Trabajaba en mi propia tienda de ropa, y una tarde, justo antes de cerrar, entró una mujer embarazada. Ya estaba a punto de echar el cierre, pero ella seguía mirando vestidos. Empezamos a hablar, y me contó que su marido la había abandonado con dos niños. Lo estaba pasando mal, tenía que irse del piso de alquiler y mudarse con sus padres. Con ellos tenía algo de apoyo, pero luego resultó que además estaba embarazada. Era tarde para abortar, tenía que seguir adelante. No tenía nada que ponerse, “todo le quedaba pequeño”. La historia me sonaba ajena, pero entendí que buscaba lo más barato y ni siquiera podía permitírselo. Cansada, pensé que no me iba a arruinar por regalarle un vestido. La mujer se emocionó muchísimo, estaba feliz y agradecida. Se fue, y con el tiempo olvidé esa historia.
Un día normal, entró una señora sonriendo. Intenté recordar quién era. Sacó de su bolso humilde un paquete y me dijo: “¿Te acuerdas? Vine embarazada, sin dinero para comprarme aquel vestido, y tú me lo regalaste. Hablamos, me dijiste que todo iba a salir bien, que en la vida no hay nada que no podamos superar. Tu apoyo me dio fuerzas, y la verdad es que logré salir de ese momento tan duro. Di a luz, estoy sola con tres niños, pero voy tirando. Y creo que irá a mejor. Gracias por aquel gesto, fue muy importante para mí”. Nos abrazamos, nos deseamos lo mejor, y se marchó.
Abrí el paquete. Dentro había unas alas, unas simples alas de ángel. Me sentí rara, porque recordé que le di aquel vestido más por quitarme un problema de encima que por otra cosa. Pero sin querer, en ese momento, me convertí en su apoyo, en un ángel que la escuchó, le dio unas palabras de aliento y un vestido sin más.
Qué poco hace falta a veces para sacar a alguien de la oscuridad. Un par de palabras amables, una sonrisa… y ya está.





