Madre que cría a su bebé con amor y su marido no lo acepta.
Cada mañana despierto con el llanto tierno de Lucía. Es tan pequeña, tan hermosa. Sus deditos se agarran a los míos cuando la recojo, y siento que todo en el mundo vuelve a tener sentido.
Buenos días, mi vida le digo en voz baja, levantándola de la cuna. ¿Has dormido bien?
Desde la cocina oigo los pasos firmes de Javier. Siempre ha sido un hombre callado, pero desde que nació Lucía se ha vuelto aún más distante.
¿Otra vez hablando sola? pregunta desde el umbral, con esa mirada que no logro entender.
No estoy hablando sola, le hablo a Lucía.
Él suspira y se pasa la mano por el pelo.
Isabel, tenemos que hablar.
Luego respondo, meciéndola con cuidado. Ahora tengo que darle el biberón.
Lo veo marcharse, y por un instante me remuerde la conciencia. Sé que Javier está pasando por algo difícil, pero Lucía me necesita. Es tan delicada, tan dependiente de mí.
Durante el día, mientras él trabaja, Lucía y yo tenemos nuestra rutina. Le canto nanas, la baño con esmero, le leo cuentos. Ella me mira con esos ojos brillantes que parecen comprenderlo todo.
Tu papá te querrá le digo mientras le cambio el pañal. Solo necesita tiempo para acostumbrarse.
Cuando Javier vuelve por la noche, siempre encuentro una excusa para llevármela a otra habitación. Él no la mira, no pregunta por ella. A veces lo oigo llorar en el baño y no entiendo por qué.
Una noche, después de acostar a Lucía, encuentro a Javier sentado en el sofá con una foto en las manos.
¿Qué es eso? pregunto.
Él levanta la vista, y sus ojos están rojos.
¿Te acuerdas de esto?
Es la ecografía. Nuestra primera ecografía, hace ocho meses. Recuerdo ese día como si fuera ayer: la alegría, los planes, los nombres que elegimos juntos.
Claro que me acuerdo digo, sentándome a su lado. Fue cuando supimos que venía Lucía.
Javier cierra los ojos y las lágrimas caen por su rostro.
Isabel… Lucía no está aquí.
¿Qué dices? Está durmiendo en su cuarto.
No, cariño. No hay cuarto de bebé. No hay cuna. No hay Lucía.
Me levanto de un salto.
¡Estás loco! ¡Claro que está! ¡Acabo de acostarla!
Corro hacia la habitación, pero Javier me sigue. Cuando abro la puerta, él enciende la luz.
La habitación está vacía. No hay cuna, no hay móviles colgando, no hay la ropita que juré haber lavado esa mañana. Solo hay cajas polvorientas y muebles viejos.
Lucía… murmuro.
Perdimos a Lucía hace seis meses, Isabel dice Javier con voz temblorosa. A las 32 semanas. ¿No te acuerdas? El cordón umbilical… los médicos dijeron que no podían hacer nada.
Las imágenes vuelven como trozos de cristal: el hospital, los monitores en silencio, mis brazos vacíos.
Pero si la recojo todos los días… le doy de comer… me sonríe…
Javier me abraza mientras me derrumbo.
Has estado cargando una manta, amor. Hablándole a una manta. Te he visto mecerla, cambiarle el “pañal”. He esperado que lo recordaras, que volvieras a mí.
Miro mis brazos vacíos y por primera vez en meses los siento realmente vacíos. El peso que creía sentir, las voces que creía oír, todo se desvanece como el humo.
Lucía… mi Lucía…
Sé que duele susurra Javier. A mí también me duele cada día. Pero tenemos que seguir adelante juntos, sin ella, pero juntos.
Esa noche lloro por primera vez desde el funeral que no recordaba. Lloro por mi hija que nunca llegó a casa, por mi marido que me vio perderme en un sueño y esperó con paciencia a que despertara, por todos esos meses robados al verdadero duelo.
Pero también lloro de alivio, porque al fin puedo empezar a sanar.
Y Javier está aquí, esperándome, como siempre lo ha estado.





