— Viti, perdóname —dijo ella con una voz distinta, serena pero de algún modo nueva—. No pude hacerlo de otra manera.

“Víctor, perdóname,” dijo ella con una voz distinta, tranquila pero nueva. “No podía hacerlo de otra manera.”

“¡Esto es imposible! ¡Te has vuelto loca, Carmen!” Víctor arrojó las llaves sobre la mesa, que tintinearon contra el jarrón de cerámica lleno de galletas. “¡Isabel jamás habría hecho algo así! ¡Ella habría llamado sin dudar!”

“¡Pero si es lo que te estoy diciendo!” Carmen se levantó bruscamente del sofá, el pañuelo resbalando de su pelo canoso. “Anoche salió a la farmacia por tus pastillas para la presión y ¡nada más! ¡Desapareció sin rastro! No pegué ojo en toda la noche, llamé a los hospitales, presenté una denuncia en la comisaría”

Víctor se dejó caer en su sillón favorito, pasándose las manos por el rostro. La cuñada de su hermana siempre había sido nerviosa, pero ahora parecía al borde del colapso: los ojos rojos de no dormir, las manos temblorosas.

“Carmen, cálmate. ¿Y si se fue a casa de alguna amiga? ¿Recuerdas el mes pasado, cuando el nieto de Pilar se puso malo e Isabel pasó toda la noche con ella?”

“¡Ya he llamado a todos!” sollozó Carmen. “A Pilar, a Ana del otro portal, a Laura del trabajo Nadie la ha visto. ¡Víctor, ella nunca desaparece sin avisar!”

Era verdad. Isabel, la hermana de Víctor, llevaba una vida metódica y predecible. A las siete, el desayuno; luego, su trabajo en el ambulatorio, donde llevaba veinte años como enfermera. Por la tarde, las compras, preparar la cena, la televisión. Los fines de semana, limpieza, lavar la ropa, y a veces una visita a Carmen para tomar café y cotillear de los vecinos.

“¿Preguntaste en la farmacia?” Víctor se acercó a la ventana. En el patio, unos niños jugaban, y eso le pareció de pronto inapropiado. ¿Cómo podían reírse mientras Isabel estaba desaparecida?

“¡Claro que pregunté! La farmacéutica, Marta, dice que la vio hacia las ocho. Isabel compró tus pastillas y algo más para la tos. Y después” Carmen abrió las manos, desesperada. “Después, nadie la volvió a ver.”

Víctor guardó silencio, tratando de recordar la noche anterior. Cenó solo porque Isabel dijo que iba a la farmacia. Se puso su gabardina azul, la que compró el año pasado en las rebajas, cogió el bolso y las llaves.

“Vuelvo pronto, Víctor,” dijo desde el recibidor. “Vete echando un ojo a la sopa, que no se queme.”

Fueron sus últimas palabras en aquel piso.

Víctor esperó hasta las nueve, luego hasta las diez. Apagó la sopa él mismo, cenó frío, vio las noticias. Hacia las once menos cuarto empezó a preocuparse de verdad, pero pensó que quizá su hermana se había entretenido con alguna amiga. Raro, pero no imposible.

A la mañana siguiente, Carmen lo despertó con una llamada.

“Víctor, ¿Isabel durmió en tu casa?” preguntó, angustiada.

“¿Cómo va a dormir aquí? Ella vive en su piso,” respondió él, confundido.

“¡No volvió anoche! La cama sin tocar, el bolso con los documentos en su sitio. Pensé que quizá había ido a verte tarde y se había quedado”

Entonces supo que algo grave había pasado.

“Oye, Carmen, ¿y si conoció a alguien?” sugirió, vacilante. “Isabel solo tiene cuarenta y siete, aún es joven.”

Carmen resopló:

“¡Por favor, Víctor! Tu hermana no soporta ni ver a un hombre desde que se divorció de Javier. Cuántas veces le dije: ‘Ve al baile del centro cultural, conoce a alguien decente.’ Pero siempre con lo mismo: no tiene tiempo, está cansada, el trabajo”

“¡Pero la gente no desaparece así porque sí!” Víctor sintió cómo la angustia le apretaba el pecho. “Algo tuvo que pasar.”

“¡Exacto, algo pasó!” Carmen le agarró del brazo. “¿Y si la asaltaron? ¿O si unos gamberros la atacaron? ¿Te acuerdas del mes pasado, cuando le robaron el bolso a María del octavo?”

“Entonces estaría en el hospital o en comisaría. Dices que llamaste a todos lados.”

“¡Llamé, llamé! ¿Y sabes qué me dijeron? Que un adulto tiene derecho a irse donde quiera. ¡Que solo pueden buscar a alguien después de tres días! ¡Tres días, Víctor! Y si”

No terminó, pero él entendió. Ambos pensaban en lo peor.

Llamaron a la puerta. Carmen corrió a abrir, con una ráfaga de esperanza en la mirada.

“¿Isabel?” gritó, forcejeando con el cerrojo.

Era la vecina del primero, doña Pilar, con una bolsa de la compra.

“Carmen, ¿qué pasa? Anoche te oí llorar Y ahora las voces”

“Isabel desapareció,” respondió ella, secamente. “Salió anoche y no volvió.”

Doña Pilar se llevó las manos a la cara.

“¡Dios mío! ¡Si yo la vi ayer! Cerca de las siete y media, bajaba por las escaleras y ella subía. Nos saludamos, dijo que iba a la farmacia.”

“¿Nada más? ¿No dijo otra cosa?”

“Nada especial. Solo que” Doña Pilar frunció el ceño. “Estaba rara. Ni triste ni contenta, sino como como si hubiera tomado una decisión. ¿Sabes? Como cuando alguien resuelve algo importante.”

Víctor y Carmen se miraron. ¿Qué decisión podía haber tomado Isabel? Nunca fue impulsiva; lo pensaba todo mil veces.

“¿Tal vez algo en el trabajo?” sugirió doña Pilar. “Oí que en el ambulatorio van a hacer recortes.”

“No,” negó Carmen. “Isabel lleva veinte años allí, sería la última en irse. Hace poco me contó que contrataron a una enfermera nueva, una chica joven, y que ella la estaba formando.”

Víctor recordó cuando su hermana habló de su aprendiz, una chica llamada Lucía, recién salida de la escuela de enfermería.

“Es lista,” decía Isabel, “pero quiere vivir demasiado deprisa. Lo quiere todo ya: carrera, matrimonio, hijos. Y yo le digo: ‘Tómatelo con calma, la vida es larga, ya llegarás.'”

Ahora esas palabras sonaban amargas.

Doña Pilar se fue, prometiendo preguntar a otros vecinos. Víctor y Carmen se quedaron solos.

“Vamos a su piso,” propuso él. “Quizá encontremos alguna nota, algún teléfono”

“¡Si ya lo he registrado todo!” Carmen hizo un gesto de frustración. “Nada de notas, nada raro. Todo en su sitio, ordenado como siempre.”

Pero Víctor insistió. El piso de Isabel estaba en el edificio de al lado. Carmen abrió con sus llaves las hermanas tenían copia por si acaso.

La casa estaba en silencio, impecable. En el recibidor, los zapatos alineados; en el perchero, el abrigo. En el alféizar, las violetas que tanto cuidaba Isabel.

“Mira,” dijo Carmen señalando el escritorio. “Te lo dije. Todo aquí: el DNI, la libreta del banco, hasta el monedero. Solo tenía veinte euros, pero”

Víctor abrió un cajón, sacó la agenda de su hermana. Números de compañeros de trabajo, amigas lo normal.

“¿Y esto?” preguntó, señalando un papel que sobresalía de la guía telefónica.

Carmen lo desdobló. Era un folleto de una agencia de viajes: “Rutas

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— Viti, perdóname —dijo ella con una voz distinta, serena pero de algún modo nueva—. No pude hacerlo de otra manera.