La suegra regresó con sus cosas
Elena estaba junto a la ventana, viendo cómo la lluvia golpeaba contra el alféizar. A sus espaldas, escuchó los pasos suaves de su marido, que iba de un lado a otro del piso con el móvil en la mano. Llevaba tres horas hablando con alguien, pero tan bajo que era imposible entender lo que decía.
Víctor, ¿qué pasa? preguntó ella, volviéndose hacia él. Llevas todo el día nervioso.
Víctor se detuvo en medio del salón y la miró con culpabilidad. El móvil seguía en su mano, la pantalla parpadeando con mensajes.
Elena, tengo que contarte algo empezó, titubeante. Pero no te preocupes todavía, ¿vale?
A Elena se le encogió el corazón. Después de dieciocho años de matrimonio, conocía cada tono de su voz. Solo usaba ese cuando iba a hablar de algo serio.
Dímelo ya respondió, sentándose al borde del sofá.
Mamá vuelve.
¿Cómo que vuelve? Elena lo miró sin entender. ¿De dónde?
De Sevilla. De lo de Alicia. Se han peleado, y ahora quiere regresar. Con nosotros.
Elena sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Nina, su suegra, se había mudado con su hija menor hacía seis meses, después de otro de sus habituales dramas familiares. Entonces, Elena pensó que, por fin, podría vivir en su casa sin tener que justificar cada decisión.
Víctor, no dijo firmemente. Lo hablamos. ¿Recuerdas lo que pasó la última vez?
Elena, es mi madre susurró él, sentándose a su lado. No tiene a dónde ir.
¡Tiene su propio piso!
Lo tiene alquilado. Lo alquiló a largo plazo cuando se fue. El contrato es hasta final de año.
Elena cerró los ojos e intentó tranquilizarse. Recordó aquellos meses interminables con su suegra en casa. Las críticas a su cocina, a la limpieza, a cómo criaba a los niños. Cada paso suyo era motivo de desaprobación.
¿Y qué pasó con Alicia? preguntó.
No sé exactamente. Mamá solo dijo que no podía seguir allí. No se llevaba bien con su yerno.
¿Y cuánto tiempo piensa quedarse con nosotros?
Hasta que le devuelvan su piso.
Elena se levantó y recorrió la habitación. Cuatro meses. Cuatro meses viviendo con una mujer que siempre la había considerado indigna de su hijo.
Víctor, no puedo dijo, deteniéndose frente a él. No puedo pasar por eso otra vez.
Elena, por favor tomó sus manos. Ha cambiado. Medio año viviendo con extraños le ha enseñado mucho.
Tu madre no va a cambiar nunca. Seguirá echándome la culpa de todo.
Víctor calló. Sabía que su mujer tenía razón. Su madre nunca había aceptado a Elena, siempre encontrándole defectos donde no los había.
¿Cuándo llega? preguntó Elena, exhausta.
Mañana por la mañana.
¿Mañana? Elena dio un respingo. ¿Estás loco? ¿Por qué no me lo dijiste antes?
Me llamó hoy. Dice que ya tiene el billete.
Fantástico negó con la cabeza. O sea, ni siquiera iba a pedir permiso. Nos lo impone.
Elena, ¿qué querías que hiciera? ¿Que durmiera en la estación?
Podría haberse quedado en un hotel. O con alguna amiga.
No tiene dinero para un hotel. Y las amigas ya sabes cómo es su carácter.
Elena lo sabía demasiado bien. Nina había conseguido pelearse con todos los vecinos, con todas sus conocidas. Nada le parecía bien.
Esa noche, durante la cena, se lo contaron a los niños. Diego, de catorce años, se encogió de hombros. Para él, su abuela era eso: una abuela que a veces le daba dinero y a veces le regañaba. Pero Lucía, de once, frunció el ceño.
¿Otra vez va a decir que hago mal los deberes? preguntó.
Cariño, tu abuela solo quiere lo mejor para ti intentó explicar su padre.
Pues que lo quiera desde lejos murmuró la niña, y Elena contuvo una sonrisa.
A la mañana siguiente, Elena se levantó temprano y preparó el desayuno. Quería que su suegra viera orden en la casa, que supiera que era una buena ama de casa. Aunque sabía que era inútil: Nina siempre encontraría algo que criticar.
A las diez y media, sonó el timbre. Víctor corrió a abrir, mientras Elena se quedó en la cocina, frotando platos que ya estaban limpios.
¡Víctor, hijito mío! se oyó la voz de Nina desde el recibidor. ¡Cuánto te he echado de menos!
Mamá, pasa, pasa. ¿Cómo has venido?
Fatal. El tren iba lleno, el aire acondicionado no funcionaba. Y en nuestro vagón había un borracho que no paró de molestar toda la noche.
Elena respiró hondo y salió al recibidor. Nina estaba rodeada de bolsas y maletas. Había tantas que parecía que se mudaba para siempre.
Buenos días, Nina saludó Elena con educación.
La suegra se volvió y la recorrió con una mirada crítica.
Hola respondió secamente. Has adelgazado. ¿Has estado enferma?
No, no he estado enferma.
Qué raro. Tienes la cara demacrada. Seguro que otra vez con esas dietas. Y luego te extrañas de que tu marido ni se fije.
Elena apretó los dientes. Ahí empezaba todo.
Mamá, no empieces rogó Víctor. Vamos a tomar un café y nos cuentas cómo estás.
Hija, estoy fatal Nina entró en la cocina y escudriñó todo con desaprobación. Tu hermana se ha vuelto loca. Vive con un hombre que ni siquiera me dejaba entrar en casa.
¿Cómo que no te dejaba entrar? preguntó Víctor, sorprendido.
Pues eso. Dice que en una casa solo manda uno. Y que me meto demasiado en sus vidas.
Elena pensó que el cuñado de Alicia era un hombre inteligente.
¿Te imaginas? siguió Nina, sentándose a la mesa. Me prohibió corregir a sus hijos. Dice que los abuelos solo deben consentirlos, que la educación es cosa de los padres.
Quizá tenga razón aventuró Víctor con cuidado.
¡Víctor! se indignó su madre. ¿Cómo puedes decir eso? ¿Es que no tengo derecho a opinar?
Claro que lo tiene intervino Elena. Pero cada familia tiene sus normas.
Nina la miró con frialdad.
Por esto no quería volver. Sabía que aquí tampoco me querían.
Mamá, no digas eso protestó Víctor. Siempre serás bienvenida en nuestra casa.
Bienvenida repitió Nina, amarga. En casa de mi propio hijo, soy una invitada.
Elena le sirvió un café y volvió a la encimera. Notaba cómo la tensión crecía en la cocina.
¿Y los niños? preguntó Nina.
En el colegio respondió Víctor. Tienen clase.
Ya. Espero que vayan bien. No como el año pasado, que Lucía suspendió matemáticas.
Van bien dijo Elena. Diego hasta participó en un concurso escolar.
¿Participó o ganó? puntualizó la suegra. Participar puede cualquiera.
Quedó segundo.
Segundo no es ganar. Hay que aspirar a lo





