Un hombre volvió a casa y, sin quitarse ni los zapatos ni la chaqueta, anunció: ‘Tenemos que hablar en serio’

*15 de octubre, Madrid*

Hoy, al llegar a casa, mi esposo entró como un huracán, sin quitarse siquiera los zapatos ni la chaqueta, y soltó de golpe:

Carmen, tenemos que hablar en serio.

Y ahí mismo, conteniendo la respiración, abrió esos ojos suyos, ya de por sí grandes como platos, y dijo sin dudarlo ni un segundo:

¡Me he enamorado!

«Vaya», pensé Carmen, «aquí llega la crisis de los cuarenta. Bienvenido al club». Solo atiné a mirarlo con atención, algo que no hacía desde hacía años (cinco, seis ¿o quizá ocho?).

Dicen que antes de morir ves toda tu vida pasar ante tus ojos. Pues bien, Carmen vio desfilar su vida entera junto a él. Se conocieron de la forma más corriente: por internet. Ella se quitó tres años en el perfil, él añadió tres centímetros de estatura, y así, con ese sencillo (aunque tramposo) arreglo, lograron cumplir con los requisitos de búsqueda del otro y se encontraron.

Carmen ya no recordaba quién escribió primero, pero sí que el mensaje de su futuro marido carecía de vulgaridades y tenía un toque de autocrítica que le gustó. A sus treinta y tres años, consciente de su situación en el “mercado de solteros”, asumió con realismo que no estaba en la última fila, pero casi. Así que para la primera cita optó por no exagerar: se vistió con elegancia discreta, se puso unas gafas de sol rosadas y un sujetador de moda, y en el bolso metió unas magdalenas caseras y un libro de Benito Pérez Galdós.

La primera cita fue sorprendentemente fácil (¡ahí estaba el poder de ir bien vestida!), y su romance avanzó con entusiasmo y velocidad. Se divertían juntos, así que, tras seis meses de citas y la presión constante de unos padres que ya habían perdido la esperanza de conocer nietos, él se armó de valor y le pidió matrimonio. Presentaron a las familias, decidieron casarse en una ceremonia íntima (idea que los padres aprobaron sin rechistar, como si temieran que alguno se echara atrás), y eligieron la primera fecha disponible.

Vivían bien, al menos así lo veía Carmen. En su hogar reinaba un clima tropical, sin grandes tormentas de pasión pero con una calidez constante. ¿Acaso no era eso la felicidad? Él, típico representante del género masculino, dejó caer al poco de casarse el disfraz de “hombre sensible y romántico con manos de oro” y se mostró tal cual era: sencillo, trabajador y cariñoso, siempre en ropa cómoda de estar por casa.

Y Carmen, como buena representante del género femenino, fue soltando poco a poco el corsé de su imagen de “ama de casa intelectual, discreta y sensual”. Un embarazo aceleró el proceso, y en menos de un año ella también se despidió con alivio de sus pretensiones de imagen y se enfundó en un cómodo batín.

El hecho de que, pese a abandonar sus máscaras, ninguno sintiera decepción ni reproches, terminó por convencerla de que habían tomado la decisión correcta. La crianza de dos hijos y el día a día zarandearon a veces su barco, pero nunca lo hundieron, y tras cada tempestad volvían a navegar en aguas tranquilas. Los abuelos ayudaban, el trabajo avanzaba sin prisas pero sin pausa, viajaban, disfrutaban de sus aficiones y, por supuesto, el uno del otro, sin alejarse demasiado de la media estadística.

Y así llegaron a doce años de matrimonio. En todo ese tiempo, él jamás fue pillado en una infidelidad, ni siquiera en un simple coqueteo (y eso que Carmen no era celosa, así que habría tenido margen). A veces se lo imaginaba intentando ligar y soltaba una risa, porque la imagen que se le venía a la cabeza era ridícula. La cuestión es que él, tras varios intentos fallidos de halagar con palabras, había optado por una táctica distinta: elogiar en silencio, quizá mediante ultrasonidos que ella no captaba, limitándose a abrir los ojos como platos.

Con los años, Carmen había aprendido a leer en esos ojos todo su espectro emocional: desde el entusiasmo desbocado hasta la aprobación sosegada, pasando por la sorpresa, la confusión o el enfado total. Así que se imaginó a él soltando piropos a alguna fulana, con los ojos cada vez más abiertos

Bueno, ¿y cómo se llama tu fulana? preguntó, secándose la garganta.

Los ojos de él parecían a punto de saltársele de las órbitas.

¿Cómo? ¿Cómo has? ¡No puede ser! ¿Cómo has adivinado que me he enamorado de una cobaya? ¡Es que es increíble! No pude resistirme cuando la vi Mira qué preciosidad, qué suavecita, qué bonita ¡Es igualita que tú!

Y sacó del bolsillo una cobayita grisácea, con orejitas rosadas, nariz chata y ojitos negros como botones.

Carmen no oyó nada más. Miró a su marido, a su nueva compañera, a los dos abrazándose, y sintió una felicidad inmensa al ver que se había enamorado justo de esta cobaya tan parecida a ella.

**Lección del día:** El amor verdadero no necesita palabras grandilocuentes. A veces, basta con una mirada o una cobaya que te recuerde a tu mujer.

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Un hombre volvió a casa y, sin quitarse ni los zapatos ni la chaqueta, anunció: ‘Tenemos que hablar en serio’