**OBSESIÓN**
En un grupo de mujeres siempre hay espacio para los chismes. Y, como se sabe, la lengua de una cotilla es más larga que la escalera de un cortijo. En una guardería de Madrid, no paraban de hablar de la vida personal y familiar de Lucía, la educadora. Para aquella mujer joven, eran dos mundos distintos. Lucía, al parecer, disfrutaba dando razones para el murmullo.
Siempre tenía un mar de admiradores. En cuanto aparecía un fontanero, un carpintero o un pintor en la guardería, Lucía, olvidando sus deberes, corría a “ayudar” al profesional. Aunque nunca pasaba de un coqueteo descarado y sonrisas prometedoras, todos estaban seguros de que Lucía “tenía algo que esconder”.
No paraba de parlotear cuando estaba entre hombres. Incluso bromeaba con el vigilante, Antonio, un hombre a punto de jubilarse. Le encantaba “bañarse” en cumplidos, sentirse incomparable entre sus compañeras.
Pero había un detalle: Lucía estaba casada y tenía una hija de siete años, Rosario. Sin embargo, esas circunstancias no la frenaban en su vida personal.
Su marido, Javier, la adoraba. La trataba como a una reina. Sabía de los juegos inocentes de su mujer. *“Bueno, si una mujer es guapa… Es difícil ignorar la atención de otros hombres. Pero mi Lucía me es fiel”*, se consolaba.
Ingenuo. Sobre todo porque Lucía le aseguraba su amor eterno.
…Se había casado por insistencia de su madre, quien decía que Javier, dócil, sería el marido perfecto. Y así fue. Javier era un excelente técnico en equipos eléctricos. Viajaba mucho por trabajo, pero al regreso colmaba a Lucía y a Rosario de regalos y dedicaba todo su tiempo libre a la familia. Pero a Lucía le faltaba algo en ese matrimonio tranquilo. ¿Pasón? ¿Fervor?
Hasta que un día, Lucía se enamoró perdidamente. Todo empezó cuando Antonio se jubiló de repente, y el hijo de la directora, Miguel, un estudiante de cuarto año de medicina, ocupó su puesto. La directora, Carmen López, quería ayudar económicamente a su hijo, así que le ofreció el turno de noche. Miguel aceptó: *“Un euro más nunca sobra”*.
Lucía no pudo resistir visitarlo en su caseta.
Una tarde de invierno, después de que los niños se fueran, entró sin avisar. Miguel, educado, la invitó a sentarse. Pronto, la conversación fluyó sin fin. Él hablaba de sus estudios, sus amigos; ella, de su vida monótona. Sin darse cuenta, Miguel le tomó la mano para consolarla. Cuando salieron, ya era de noche.
Así comenzó su romance vertiginoso.
Lucía no podía contenerse. Miguel, al poco, le declaró su amor. Pronto, todo el personal de la guardería lo supo. *“En boca cerrada no entran moscas”*, pero aquí ya era tarde.
Carmen llamó a Lucía a su despacho:
—Lucía, tienes familia. Déjalo. ¿Qué puede haber entre tú y Miguel? Él tiene que seguir estudiando. ¿O quieres que te despida por conducta inmoral?
—¡Despídame! No voy a dejarlo —replicó Lucía antes de salir corriendo.
—¡No digas que no te lo advertí! —le gritó Carmen.
Al día siguiente, Lucía pidió vacaciones. Carmen firmó el permiso y añadió:
—Espero que recapacites. No quiero una nuera con “equipaje”.
Lucía se fue al pueblo de sus padres con Rosario. Necesitaba pensar. No entendía qué le pasaba: ¿deseo? ¿Pasión? ¿Obsesión?
Allí vivía la curandera Martina, de noventa años. La gente acudía a ella en busca de consejo. Lucía le llevó dulces —Martina no aceptaba dinero— y fue a su casa.
—Dime, niña, ¿cómo vas a llamar a tu hijo? —preguntó Martina antes de que Lucía hablara.
—¿Qué hijo?
—El tuyo. Nacerá en primavera. ¿No lo sabías?
Martina la invitó a pasar. En la humilde casa, con velas e imágenes religiosas, echó las cartas.
—Tu hija se casará con un militar y se irá lejos. Tú, vuelve con tu marido. Él te aceptará. Pero si lo dejas, estarás sola.
Lucía apenas entendió. Regresó a Madrid decidida a dejar a Javier por Miguel.
Pero al volver al trabajo, encontró a Antonio en la caseta.
—Tu novio se fue. Carmen lo envió a Zaragoza con familiares. Pero te dejó su dirección.
Lucía corrió a escribirle. Tres meses después, recibió una respuesta: *“Señora, Miguel es mi marido. No escribas más”*.
Cuando confrontó a Carmen, esta se burló:
—¿Crees que te daré a mi hijo? ¿O es que el niño es de otro?
Lucía viajó a Zaragoza. Miguel, al verla, se sorprendió:
—No tengo esposa. Fue cosa de mi madre.
Resultó que la carta la escribió la tía de Miguel. Él, al enterarse de que Lucía esperaba un hijo, volvieron juntos.
Lucía confesó todo a Javier. Él, con calma, se fue:
—Sé feliz, Lucía.
Miguel se mudó con ella. Carmen, furiosa, al nacer el niño —Pablo—, al principio rechazó verlo, pero luego se derritió. Pablo se convirtió en su vida.
Siete años después, Miguel la dejó por una paciente joven.
Carmen, entonces, pidió quedarse con Pablo. Al principio, Lucía se negó, pero poco a poco, el niño se fue con su abuela.
Y Lucía, sola, empezó a extrañar a Javier.
Su hija Rosario se casó con un cadete militar y se mudó a León.
A los cuarenta, Lucía solo tenía un gato que le regalaron en la guardería. Un día, el felino enfermó. En la clínica veterinaria, se topó con… Javier.
—¿Tú? ¿Qué haces aquí?
—Arreglando un cortocircuito.
El veterinario diagnosticó al gato: —Come demasiado. Parece el gato de *Doraemon*.
Lucía rio, pero quería llorar. Le pidió a Javier que la llamara.
Esa misma noche, el teléfono sonó.
**Lección:** El amor perdido a veces vuelve… cuando menos lo esperas.





