**Diario personal**
Hoy he recibido la visita de mi amiga Alba. Como siempre, llegó impecable, con su elegante vestido y su pelo perfectamente recogido. Nos sentamos en la cocina, donde el olor a café recién hecho llenaba el ambiente. Fuera, la lluvia otoñal de Madrid caía suavemente, pero aquí dentro todo era calor y familiaridad.
—Lidia, no sabes cuánto te agradezco que estés aquí —susurró Alba, sosteniendo la taza con ambas manos—. De verdad, no sabía a quién más acudar.
—No digas tonterías, Alba. Llevamos veinte años de amistad. Cuéntame, ¿qué pasa con tu nieto? —dije, observando cómo sus dedos se tensaban alrededor del asa.
Ella suspiró, pasándose una mano por la frente.
—Es que Adrián se ha vuelto imposible. Suspende en el colegio, llega tarde a casa y ayer encontré unas pastillas en su bolsillo.
—Dios mío —murmuré, llevando una mano al pecho—. ¿Drogas?
—No lo sé. Quizá. Estaba tan asustada… Pero él no me explica nada. Solo me grita que no es asunto mío.
Recordé a Adrián, un chico de diecisiete años que había perdido a sus padres en un accidente. Antes era un muchacho tranquilo, pero ahora…
—¿Qué quieres hacer? —pregunté.
—Necesito dinero para un detective privado —confesó en voz baja—. Quiero saber con quién anda y dónde se mete. Tal vez se ha metido en malas compañías.
—¿Cuánto necesitas?
—Tres mil euros. Sé que es mucho, pero te prometo devolvértelos en cuanto cierre la venta de un piso que tengo pendiente.
No lo dudé ni un segundo. Me levanté y saqué el dinero de mi habitación. Alba y yo nos conocimos trabajando en una tienda de moda en Barcelona, cuando ambas éramos jóvenes y soñábamos con una vida tranquila. Cuando mi marido falleció, ella estuvo ahí, sosteniéndome en mis peores días. Y cuando ella perdió a su hijo, yo no dudé en ayudarla con los trámites y la custodia de Adrián.
—Toma —dije, entregándole el sobre—. Y no me hables de devolverlo. Si necesitas más, dime.
Alba me abrazó con fuerza.
—Eres la mejor, Lidia. No sé qué haría sin ti.
Pasamos la tarde hablando de la vida, de los hijos que crecen y se distancian. Alba me contó lo difícil que era criar sola a un adolescente. Yo le hablé de mi hijo Javier, que ahora vive en Sevilla y siempre anda ocupado.
—¿Y cómo está Javi? —preguntó Alba.
—Bien, gracias. Tiene una familia preciosa. Pero ya sabes, las llamadas son cada vez más cortas…
Alba se fue al anochecer. La acompañé hasta el ascensor y, cuando la puerta se cerró, la casa quedó en silencio. Mientras recogía las tazas, no podía dejar de pensar en Adrián. ¿De verdad se había metido en algo malo?
Al día siguiente, en la consulta del médico, me encontré con mi vecina Carmen.
—Lidia, hace tanto que no te veo —dijo—. ¿Todo bien?
—Sí, tranquila. Ayer vino mi amiga Alba, la que vive en el barrio de Salamanca.
—Ah, ¿la del Mercedes nuevo?
Me quedé helada. Alba nunca me había dicho que tuviera un coche así.
—¿Cómo sabes eso?
—La vi salir de tu portal. Vamos, ese coche no es de cualquiera… —dijo con una sonrisa maliciosa.
¿Un Mercedes? Si tenía dinero, ¿por qué necesitaba pedirme tres mil euros?
Una semana después, Alba me llamó con “buenas noticias”.
—¡Lidia, imagínate! Las pastillas eran solo vitaminas. Adrián estaba tomando suplementos para el gimnasio. Y no hubo detective, al final hablamos y me contó que está enamorado de una chica de su clase.
—Menos mal —suspiré aliviada.
—El dinero te lo devuelvo la semana que viene, palabra.
—No te preocupes, cuando puedas.
Pero no lo devolvió. Ni esa semana, ni al mes siguiente. Cuando le recordé el tema, se hizo la ofendida:
—Lidia, pero si tú misma dijiste que no hacía falta devolverlo. Además, ahora tengo gastos con el tutor de matemáticas de Adrián…
No insistí. El dinero me dolía, pero lo que más me dolía era la mentira.
Pasó un año. Javi, mi hijo, me contó que vio a Alba saliendo de una tienda de lujo en la calle Serrano, cargada de bolsas. Yo misma encontré fotos en redes sociales: Alba y Adrián en un apartamento nuevo, con muebles de diseño.
Al final, una vecina suya me escribió: *”Alba lleva años pidiendo dinero con excusas. No eres la única”*.
Cuando la confronté, se puso fría:
—No sé de qué me hablas. Si tanto te molesta, te lo devolveré cuando pueda.
Pero no lo hizo. Nunca.
Hace unas semanas, un abogado me llamó. Alba estaba siendo investigada por estafas. Presenté cargos, no por el dinero, sino porque nadie debería burlarse así de la confianza de los demás.
El juicio fue largo. Ella recibió una condena condicional, y yo recuperé mis tres mil euros. Pero la amistad se perdió para siempre.
Ahora sé que los verdaderos amigos no te piden dinero. Y si lo hacen, lo devuelven. Alba no fue mi amiga, solo una mujer que supo aprovecharse de mi confianza.
A veces, cuando paso por la calle Serrano, miro los escaparates y me pregunto cuántas de esas bolsas de lujo fueron pagadas con el dinero de gente como yo. Pero ya no duele. Solo queda la lección: hay que saber en quién confiar.
Y por suerte, aún quedan personas que merecen esa confianza.





