La hija del marido de su primer matrimonio
Las vacaciones de Navidad estaban llegando a su fin. Después de tantos días de comilonas, las ensaladillas, los turrones y los canapés ya habían hartado, así que para desayunar, Lucía preparó unas gachas de avena. Era hora de volver a la comida normal y sencilla.
Estaban los tres desayunando cuando, desde la habitación, sonó el tono de llamada del móvil de su marido. Él salió de la cocina. Lucía, sin querer, intentó adivinar por sus respuestas quién llamaba y por qué.
Cuando Javier regresó, Lucía notó que no parecía disgustado. Preocupado, sí, pero no alterado.
—Mmm… —empezó él—. Ha llamado mamá. Quiere que vaya, tiene la presión alta.
—Claro, ve —asintió Lucía.
Mientras su marido se vestía, recordó sus palabras al teléfono: *”¿Ahora mismo? ¿No será mejor que no? Bueno, vale, vale.”* Cuando su suegra llamaba exigiendo que fuera, Javier solía salir disparado sin rechistar. *”Me estoy rayando otra vez”*, se reprendió Lucía.
—Vuelvo pronto —gritó Javier desde el recibidor antes de que la puerta se cerrara de golpe.
—Come, anda —apremió Lucía a su hijo, que jugueteaba con la cuchara, esparciendo las gachas por el plato.
—¿Vamos a la colina? Lo prometiste —dijo Mateo, cogiendo un poco de avena con la punta de la cuchara y mirándola fijamente antes de llevársela a la boca.
—Cuando vuelva papá, iremos. ¿Vale? —Le sonrió—. Pero trato: termina las gachas.
—Vale —respondió el niño sin entusiasmo, acercando la cuchara de nuevo a la boca.
—Si en cinco minutos el plato no está limpio, no iremos a ningún sitio —dijo Lucía con firmeza, levantándose para fregar los platos.
Estaba planchando mientras Mateo jugaba en el suelo con sus coches cuando se oyó el clic de la cerradura de la puerta.
*”Por fin”*, pensó Lucía, dejando la plancha en su soporte y escuchando el roce de la ropa en el recibidor. *”Qué raro, tarda en entrar.”* Se dirigió hacia la entrada.
En el umbral apareció una niña de unos diez años, observándola con curiosidad. Detrás de ella estaba su marido, con expresión culpable. Apoyó las manos en los hombros de la niña y levantó la barbilla con actitud desafiante.
—Esta es mi hija, Claudia —dijo Javier, bajando la mirada hacia la nuca de la niña—. Mamá me pidió que la trajera hasta mañana.
—Ya veo. ¿Y su madre? ¿Se ha ido al sur con otro novio? —soltó Lucía con sarcasmo.
Javier encogió los hombros, pero no tuvo tiempo de responder porque Lucía ya había vuelto a la tabla de planchar.
—Pasa —oyó decir a su marido, y por el rabillo del ojo vio cómo la niña se acercaba a Mateo, que seguía jugando en el suelo.
—¿Queda más avena? —preguntó Javier.
—Yo no quiero avena —respondió Claudia al instante—. Quiero macarrones con salchichas.
Javier miró a Claudia desconcertado, luego a su mujer. Lucía se encogió de hombros y señaló con la mano hacia la cocina, como diciendo: *”Ve, cocínalo tú, yo estoy ocupada.”*
Poco después, Javier la llamó desde la cocina.
—¿Tenemos macarrones? No los encuentro.
—Sí. Ahí están las sobras. Acabo de planchar, iré al supermercado —dijo Lucía con reproche.
—No me mires así. Yo tampoco sabía que…
—¿En serio? ¿Y tu madre no te dijo para qué te llamaba? —Javier bajó la mirada, y Lucía supo que había acertado—. ¿No podías habérmelo preguntado? ¿Por qué no me avisaste? A Mateo también habría que haberle preparado para esto. Ahora van a empezar a competir por ti.
Como si lo confirmara, desde la habitación llegó el llanto de Mateo. Lucía corrió hacia allí, seguida de cerca por Javier.
—Ya está. Ahora arréglalo —Lucía abrió los brazos.
Mateo se acercó a su madre y se abrazó a ella. Claudia permanecía de pie, mirando al suelo con gesto hosco.
—¿Qué ha pasado? —Javier se acercó a su hija.
A Lucía le molestó que fuera hacia Claudia y no hacia su hijo.
—Ella me quita… el coche… —logró decir Mateo entre lágrimas.
El sonido del agua hirviendo escapándose de la olla hizo que Javier volviera corriendo a la cocina. *”Y no puedo decirle nada. Es la invitada. La pobrecita, como la llama mi suegra. ¿Y yo qué hago?”*
—¿Quieres ver dibujos? —Lucía hizo un esfuerzo y se dirigió a la niña con calma.
Claudia asintió, y Lucía encendió el televisor con alivio. Claudia y Mateo se sentaron en el sofá.
—¿Tu madre ha vuelto a las andadas? ¿Quiere destruir nuestra familia? Tiene obsesión por volver a uniros con su ex. Me contaron cómo gritó cuando nació Mateo, que no tenía otro nieto que Claudia. ¿Quiere ponerme a prueba, ver cómo trato a tu hija? —susurró Lucía al regresar a la cocina.
—Está realmente mala —defendió Javier a su madre.
—¿Y por qué no se quedó la niña? Podría haberle traído agua, haber llamado a una ambulancia. Con ella estaría más segura, por si acaso. Yo a su edad ya hacía tortillas sola —insistió Lucía.
—¡Basta! —la interrumpió Javier, dejando la cuchara sobre la encimera con estrépito—. ¡Claudia, ven a comer los macarrones! —gritó hacia la habitación.
—Papi, tráemelos aquí —respondió Claudia sin inmutarse.
—”Papi” —repitió Lucía burlona, poniendo los ojos en blanco—. Vamos, corre hacia ella. —Salió de la cocina y, sin mirar a Claudia, empezó a guardar la tabla de planchar, dejando que su marido se ocupara de su hija.
Javier logró llevarse a Claudia a la cocina. Lucía contuvo las ganas de soltar una pulla. Se sentó junto a Mateo frente al televisor, pero no veía nada. Su hijo se acurrucó contra ella, buscando su mirada. *”No pasa nada, hay que aguantar —se convenció—. Mateo lo entiende. Ve que no me gusta la niña. No puedo hacer esto.”* Le sonrió forzadamente.
La irritación crecía dentro de ella. No podía librarse de la sensación de injusticia, de rabia. Desde la cocina llegaban las voces de Javier y su hija. Ella y Mateo estaban solos, olvidados. *”Tengo que tener cuidado. Ella se lo contará todo a mi suegra, y esta volverá a meterle en la cabeza que se equivocó al divorciarse, que yo destruí su familia…”*
—Mamá, ¿cuándo vamos a la colina? —Mateo interrumpió sus pensamientos.
—Ahora no lo sé. ¿Ves? Tenemos visita —acarició a su hijo.
Se oyeron pasos, y Claudia se acercó al sofá, masticando. En la cocina, el agua corría. *”¿Javier está lavando el plato de su hija? Nunca lo ha hecho por mí ni por Mateo. Los dejaba en el fregadero. Vaya. Así que sabe que ha metido la pata”*, pensó





