La sabiduría no se hereda en silencio.

**La suegra no enseña cosas malas**

Por fin, Pablo y Lucía se mudaron a su casa grande. Una casa enorme, de dos plantas, justo lo que necesitaban con sus tres hijos. Cada uno con su habitación, todos felices. Aunque la pequeña Marisol, con solo un año y ocho meses, aún no entendía lo que significaba tener su propio cuarto.

—Gracias, mi amor, por este sueño hecho realidad. Qué bien se siente ser la dueña de una casa así. Claro, los niños corren por todas partes, pero bueno… ¡Hay que dejarlos crecer! —dijo Lucía, contenta.

Con el tiempo, descubrió que mantener una casa tan grande limpia y ordenada no era tarea fácil, menos con tres niños: Antonio, de siete años, Jaime, de cuatro, y Marisol, la bebé.

Una noche, después de cenar, Lucía lavaba los platos, los niños jugaban y Pablo, tumbado en el sofá, veía la tele. Sonó su móvil.

—Hola, Dani —lo oyó decir—. Todo bien, ¿y tú?

Lucía supo que era su cuñado, el hermano pequeño de Pablo, que vivía en otra ciudad con su madre. Aunque Dani ya tenía treinta, no estaba casado ni parecía tener prisa. Al terminar la llamada, Pablo anunció alegre:

—Dani se casa. Nos ha invitado a la boda.

—¿En serio? —se sorprendió Lucía—. Pensé que nunca lo haría. La verdad, vive como un rey: guapo, las mujeres lo persiguen, su madre le cocina y le lava la ropa… ¿Qué más quiere? Aunque su trabajo no es muy serio, a pesar de tener carrera. Un poco vago, ¿no?

Pablo escuchaba en silencio, pensativo.

—Tú sí que eres un trabajador —continuó Lucía—, ambicioso, con energía… Vaya diferencia con tu hermano. ¿Sigue de DJ en esa discoteca?

—Sí —contestó Pablo.

—¿Y quién es la novia?

—No dio muchos detalles. Se llama Patricia, es profesora de primaria.

Lucía se sentó junto a su marido, notando que algo le rondaba la cabeza.

—¿Y dónde van a vivir? ¿Patricia tiene piso?

—A eso iba —miró Pablo a su mujer—. ¿Qué te parece si mi madre se viene a vivir con nosotros? Tiene un piso pequeño, ¿cómo van a caber ahí? Aquí hay espacio de sobra.

Lucía calló, sopesando la idea de vivir con su suegra. Pablo aguantó la tensión.

Ella se sacudió los rizos y soltó:

—Pues sabes qué… no me parece mal. Me ayudará con los niños.

—Eres la mejor, te adoro —dijo Pablo, dándole un beso en la mejilla.

Lucía no conocía bien a su suegra, Isabel Martínez. Venía de vez en cuando, pero nunca se quedaba mucho. Dormía una noche y se iba. En tan poco tiempo, no se puede conocer a alguien. Pero vivir juntas… eso era otra cosa. La última vez que la vio fue en el bautizo de Marisol, hacía un año, pero apenas estuvo.

Isabel rondaba los sesenta, amable, tranquila, ordenada. Educada y cariñosa con Lucía, adoraba a sus nietos. Aunque Lucía pensaba:

—No puede ser tan perfecta, todos tenemos algo raro. Bueno, ya veremos…

Así estuvo dándole vueltas durante dos meses, hasta que Pablo tuvo que ir solo a la boda de su hermano. Lucía no pudo acompañarlo porque Marisol se puso mala. Se quedó en casa con los niños.

Tres días después, Pablo volvió… con su madre.

—Bueno —pensó Lucía—, no hay vuelta atrás. Ahora somos uno más.

Isabel no llegó con las manos vacías. Trajo regalos para todos: una muñeca grande para Marisol y coches de juguete para Antonio y Jaime. Esa noche hablaron largo y tendido. Pablo contó cómo había ido la boda:

—Patri es maja, guapa e inteligente. Ha metido en cintura a mi hermano, que ahora la escucha en todo, aunque ella es más joven.

La suegra asentía, sin decir nada malo de su nueva nuera. Hasta Lucía, en su interior, la alabó. Le asignaron una habitación, e Isabel estaba encantada.

La primera semana, Lucía la observó, pero su suegra parecía la abuela perfecta: leía cuentos, jugaba con los niños, ayudaba en la casa y hasta cocinaba.

—Mamá, la abuela me ha enseñado a atarme los cordones —dijo Jaime, orgulloso.

—Y yo ya leo sin parar —se jactó Antonio, que empezaría el cole en otoño—. La abu me ayuda.

Lucía estaba satisfecha. Hasta pensaba: *”Esta suegra no traerá problemas”*. Todo tranquilo.

Hasta que un día, Isabel dijo:

—Lucita, estás agotada. Déjame encargarme de la cocina.

—¡Gracias, mamá! —casi le saltó al cuello Lucía—. La cocina me quita mucho tiempo.

Pablo también estaba allí.

—Compramos comida una vez a la semana, pero si necesitas algo, pídelo. Por cierto, ¿sabes usar el ordenador?

—Un poquito —respondió Isabel con modestia—. Puedo pedir online.

Esa noche cenaron pollo asado con arroz. Hasta los niños, que nunca lo comían, se lo devoraron. Lucía estaba impresionada.

—Cariño, con la abuela aquí, ¿por qué no salimos? Hace siglos que no vamos a ningún sitio —propuso Lucía.

Antes le daba pánico dejar a los niños con alguien, pero ahora tenían a su abuela.

—Claro, id —apoyó Isabel—. Todo estará bajo control.

—Solo hay que darles de cenar, bañarlos y acostarlos —indicó Lucía.

Pablo y Lucía salieron. Pasearon, entraron a un bar con música en vivo… hasta bailaron.

—¡Pablito, qué bien! Hacía tanto que no salía… Esto es genial. Me alegro de que tu madre esté aquí.

Él también estaba contento. Al principio temía que no se llevaran bien.

Los hombres del trabajo siempre se quejaban de sus suegras. Pero, como decía su madre: *”Cada casa tiene su lío”*.

Volvieron a las once. Al entrar, oyeron:

—¡Muere! ¡Tú también! ¡No escaparás!

—Dios mío, ¿qué es eso? —exclamó Lucía, horrorizada.

Isabel estaba en el salón, jugando a un videojuego de disparos.

—Mamá —Pablo se quedó de piedra—, ¿juegas a eso?

—¡Ah, habéis vuelto! Sí, ¿qué pasa? Los niños están durmiendo arriba. Cenaron, se bañaron, todo en orden. No puedo salir ahora, estoy en partida online…

Pablo y Lucía se miraron y subieron. No tenían hambre.

Los niños dormían plácidamente.

—Vaya, mi madre… gamer —murmuró Pablo.

—Bueno, cada uno con sus rarezas —dijo Lucía.

—Podría ser peor… alcohol o cosas así.

Dos días después, Isabel soltó:

—Chicos, ¿me dejáis salir esta noche?

—¿Adónde vas? —preguntó Pablo, sorprendido.

—A dar una vuelta por la ciudad.

—¿Sola? —preguntó Lucía—. Qué aburrido…

—Lucita, soy independiente. No os preocupéis.

Llegó la medianoche, y no volvía. Pablo llamó, pero no contestaba.

—¿Dónde estará? —se inquietó.

—¡Llama a la policía! —sugirió Lucía.

De pronto, Isabel respondió.

—¿Dónde? ¡¿En una discoteca?! —exclamó Pablo—. Dice que no nos preocupemos, que vuelve en taxi.

Esperaron despiertos hasta las dos de la madAl día siguiente, Isabel apareció en el desayuno con gafas de sol y una sonrisa de satisfacción, murmurando: “La juventud no es solo cuestión de edad, queridos”.

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MagistrUm
La sabiduría no se hereda en silencio.