**ALEGRÍA INESPERADA**
En la facultad de la universidad, ninguno de mis colegas sabía —ni habría creído— que mi marido, Santiago, era un alcohólico perdido. Era mi triste secreto y mi amarga carga.
Soy Valeria Fernández, profesora, doctora y jefa de departamento. En el trabajo me valoraban mucho como profesional. Tenía una reputación intachable. Todos me consideraban una mujer realizada en todo sentido. ¿Cómo no, si Santiago me esperaba a menudo en las escalinatas de la universidad para volver juntos del brazo?
—¡Valeria, qué suerte tienes! Tu marido es tan atento, elegante, guapo… —decían las jóvenes profesoras.
—Ay, chicas, no me envidien —respondía yo, evitando el tema.
Solo yo sabía lo que hacía mi “caballero” en casa. Santiago llegaba borracho, arrastrándose, sucio, irreconocible. Ni siquiera podía meter la llave en la cerradura. Tocaba el timbre, se desplomaba en el umbral y se dormía como un tronco. Yo abría la puerta, lo arrastraba dentro musitando quejas —”mi desgracia, ¿cuándo dejarás de emborracharte?”—, lo tapaba con la manta de siempre para que no pasara frío y volvía a mi tesis. Primero la doctoral, luego la de cátedra. Y siempre dejaba un vaso grande de agua junto a él. Si no, por la noche gritaría:
—¡Valeria! ¡Agua, agua!
Por la mañana, camino al trabajo, sorteaba a mi marido tirado en el pasillo, salía y cerraba la puerta. Llegaba a la universidad y sembraba conocimiento, como si nada. Así pasaban semanas, meses… Hasta que un día, Santiago aparecía sobrio en las escaleras, impecable, sonriente, esperándome. Al terminar la jornada, se acercaba con falsa devoción, me besaba la mejilla y preguntaba:
—¿Cómo te fue hoy, cariño?
—Bien, Santi. Vámonos a casa —contestaba yo, conteniendo un suspiro.
Los colegas nos miraban con ternura. “Qué suerte tiene Valeria”, murmuraban.
Pero al cruzar el umbral de nuestro piso, yo callaba. Era mi venganza. Sabía que el silencio es un arma poderosa. A Santiago le torturaba, aunque con los años aprendió a evadirse: me acompañaba y salía “a hacer recados”. Seguía bebiendo.
Llevábamos 28 años casados. Nuestro amor fue intenso, eterno… hasta que se esfumó como plumas al viento.
Al principio no podíamos tener hijos. Yo me sentía incompleta, inútil. Hasta que nació nuestro hijo, Adrián. Él fue mi consuelo.
Santiago delegó en mí todo: la casa, el niño. Su único cuidado era esconder el alcohol y beber a escondidas. Yo, agotada, tardé en darme cuenta. Era joven e ingenua. Hasta que encontré una botella de whisky en el balcón.
—¿Santi? ¿Esto es tuyo?
—Adivina —bromeó él.
Vinieron las peleas, las lágrimas, las promesas rotas… El guion de siempre.
Con los años, Santiago trabajaba y lo despedían. Solo por la bebida. Yo ascendí profesionalmente. Me resigné. Ya no sentía nada.
Mi alegría era Adrián. Pero él, con sus romances… A los 14, su primer amor. A los 19, otro. Una chica, Lucía, duró cinco años. La llamaba “nuera”. Vivíamos juntos: Santiago, yo, Adrián y Lucía. Hasta que un día, Lucía desapareció.
—Mamá, te presento a Nora —dijo Adrián esa noche.
Una chica de 18 años.
—¿Dónde está Lucía? ¡No permitiré que viva aquí! —protesté.
Se fueron ofendidos.
Pasó un mes. Adrián regresó solo.
—¿Y tu último amor? —pregunté.
—Me dijo: “No soy mora para burro viejo”. Y se fue —se rió—. Mamá, Lucía tiene dos hijos. Lo supe por su exmarido. Cinco años callada…
Me dolió. Lucía era buena chica.
Un año después, Santiago murió de cirrosis. En el cementerio, le confesé a Adrián:
—Tu padre me quitó años de vida… Pero lo volvería a soportar con tal de tenerlo aquí.
En la facultad, por primera vez, me desahogué. “Estoy sola. Mi hijo vive su vida. Ojalá me diera un nieto…”.
Pasó otro año. Me jubilé. Una nochevieja, sola ante la tele, sonó el timbre.
Era Lucía. Con una niña.
—Es su nieta, Valeria. Verónica —confesó.
Me dejó a la pequeña y desapareció. Por la mañana, solo una nota: “Feliz Año Nuevo”.
Ahora Verónica va al colegio. Me llama “abuelita”. Adrián la adora, aunque sigue buscando su felicidad.
Y Lucía nunca volvió.
Esta es mi alegría inesperada.





